El arquitecto Teodoro Cabrilla, fundador del estudio Teodoro Cabrilla Arquitectos, analiza el papel del clima como materia prima de la edificación. Cabrilla plantea la urgencia de rescatar soluciones pasivas tradicionales, como el zaguán, el patio y la ventilación cruzada, para reinterpretarlas mediante herramientas digitales contemporáneas. Esta estrategia busca responder al desafío térmico del patrimonio histórico y a la vulnerabilidad de las redes energéticas urbanas.

Este texto forma parte de «Horizontes Abiertos», una serie de publicaciones comisariada por Luis Sans Llopis para Construnews que aprovecha el periodo estival para invitar a destacados arquitectos e intelectuales a compartir su visión teórica sobre el presente y futuro de la disciplina. Pensada para disfrutarse con calma durante el verano, la iniciativa trasciende la mera descripción de proyectos para ofrecer una mirada holística, panóptica y profunda que pone en el centro la reflexión personal sobre la tecnología, la filosofía del oficio, las dinámicas socioambientales y la escala humana.
El clima como material
Quien haya cruzado en pleno agosto el zaguán de una vivienda antigua, en Andalucía o en cualquier otra orilla del Mediterráneo, conoce una experiencia cada vez menos frecuente: la luz cae de golpe y los ojos tardan un instante en aceptar la penumbra; el aire cambia de estado; el ruido de la calle queda atrás, amortiguado por el espesor del muro.
El zaguán fue siempre la pieza que negociaba entre la calle y el interior, entre el sol y la sombra, entre el ruido y el silencio. La antesala de un mundo que todavía no se ve, pero ya se siente. No desapareció de golpe: sencillamente, dejó de formar parte de la vivienda contemporánea. Lo sustituyeron la entreplanta, el rellano del ascensor o el acceso desde el garaje: espacios de paso que resuelven la entrada, pero sin la misma gradación entre la calle y el interior.
Con el zaguán no se perdió únicamente una pieza. Se perdió una función.
Aquella penumbra fresca no era una figura literaria. Era una diferencia térmica y lumínica real, producida sin mediación mecánica por el espesor de los muros, la altura de los techos y la sombra que un patio administraba al fondo. Esa penumbra fresca es, en el sentido más estricto de la palabra, arquitectura.
Escribo durante uno de esos veranos europeos que empiezan a dejar de ser excepcionales. Entre todo lo publicado estas semanas, me interesa especialmente una cuestión que parece menor, pero no lo es: los tejados de París han entrado en el debate climático. Esos tejados grises y plomizos, por los que salta Quasimodo en la memoria de unos y los personajes del videojuego Assassin’s Creed en la de otros, están cubiertos en buena parte por planchas de zinc. Durante más de un siglo y medio han definido la silueta de la ciudad, hermosos bajo la lluvia de noviembre y cada vez más problemáticos durante los episodios de calor intenso, especialmente sobre antiguas buhardillas transformadas en viviendas. El zinc respondía al clima y al uso para los que fue concebido. Hoy, bajo veranos distintos y sobre espacios que ya no cumplen su función original, ese equilibrio se ha roto. Lo que era estampa se ha convertido en un problema de materiales, usos y adaptación.
Un edificio que solo puede funcionar con todos sus equipos permanentemente en marcha no es un edificio plenamente adaptado; es un edificio intubado.
Y la respuesta no es sencilla, porque ahí está nuestro patrimonio.
Lo digo sin ambigüedad: el patrimonio histórico se defiende, entero y sin rebajas. Pero la dificultad europea es de otra naturaleza, y conviene nombrarla: nuestro patrimonio no se conserva como un museo, se vive. En Sevilla, uno de los mayores cascos históricos de Europa, decenas de miles de personas desarrollan su vida cotidiana entre muros protegidos. Las normativas que impiden instalar equipos en fachadas protegidas por su valor histórico y patrimonial cumplen una función necesaria; sin ellas, muchos centros históricos estarían ya cubiertos de aparatos. Pero proteger un edificio en el que vive gente exige algo más que impedir. Exige resolver cómo hacerlo compatible con un clima distinto al que conoció durante buena parte de su historia, respetando su valor y permitiendo que siga formando parte de la vida cotidiana. Esta no es una cuestión que pueda delegarse únicamente en las instalaciones. Es un encargo de proyecto. Muchas ciudades europeas fueron construidas para unas condiciones climáticas que están cambiando y cada verano lo descubren con unos grados más de claridad.
La cuestión que me ocupa no es cómo hemos llegado hasta aquí, sino qué puede hacer la arquitectura ante algo tan elemental como el calor. Porque la arquitectura tiene respuestas. Las ha tenido siempre. Durante siglos, civilizaciones enteras construyeron en climas extremos utilizando los recursos disponibles: técnica, materia y conocimiento del entorno. Sin embargo, nuestro oficio padece a veces una urgencia por crear y firmar lo nunca visto que solo nos permite mirar hacia delante. En esa urgencia olvidamos reutilizar, redefinir y adaptar soluciones que funcionaron durante generaciones y que dejamos caer porque parecían antiguas. Como si la novedad fuera un mérito por sí sola y la memoria, un lastre.
Hablo del clima como material con toda la intención. No porque el clima sea un material en el mismo sentido que el hormigón o la piedra, sino porque se puede proyectar con él: tiene propiedades, variaciones y comportamientos que deben conocerse. El sol, el aire y el agua se estudian y se proyectan. La masa de un muro, la profundidad de un hueco o la posición de una sombra determinan cómo se relaciona un edificio con esas fuerzas. Quien las incorpora desde el primer boceto trabaja con una materia tan real como cualquier otra, aunque tenga una particularidad que quizá explique parte de su descrédito: muchas de sus decisiones no aparecen como una partida independiente en el presupuesto.
La historia de la arquitectura podría releerse como la historia de su respuesta al clima y no únicamente como una sucesión de estilos. Vitruvio ya advertía que no debía construirse de la misma manera en Egipto que en el Ponto y que los edificios debían trazarse según el cielo que les correspondía. El patio aparece hace milenios en las viviendas de Mesopotamia y Persia y recorre después las distintas orillas del Mediterráneo. La domus romana lo integra en una secuencia de espacios y umbrales que gradúan la entrada de la luz y del aire. La vivienda andalusí perfecciona ese sistema: agua que evapora, vegetación que filtra, aire que cruza y muros que amortiguan. Incluso la calle estrecha de los cascos antiguos funcionaba como un dispositivo de sombra compartida, en el que los edificios se protegían unos a otros durante gran parte del día.
Proteger un edificio en el que vive gente exige algo más que impedir; exige resolver cómo hacerlo compatible con un clima distinto al que conoció, respetando su valor y permitiendo que siga siendo habitado
Nada de aquello fue pintoresquismo. Fue conocimiento del entorno. Ese saber no desapareció. Quedó relegado.
Durante el siglo XX, la climatización permitió sacar la temperatura del tablero de dibujo y trasladarla a la sala de instalaciones. Conviene reconocerlo sin ironía, porque supuso una liberación real. Permitió proyectar en Oslo y en Sevilla como si el clima pudiera convertirse en una cuestión secundaria: la misma fachada, el mismo vidrio, la misma planta.
La forma quedó parcialmente exenta de su obligación térmica. Y aquello que la forma deja de hacer termina por olvidarlo.
El patio pasó a considerarse pintoresco; el porche, un añadido; la celosía, un motivo ornamental; el muro grueso, una pérdida de superficie vendible. Una inteligencia acumulada durante siglos quedó clasificada bajo la palabra “vernáculo”, que a menudo es la manera educada de nombrar aquello que creemos superado.
Entretanto, las condiciones climáticas están cambiando con una velocidad que vuelve cada vez más frágil nuestra dependencia exclusiva de los sistemas mecánicos. Cuando una ciudad entera enciende simultáneamente la refrigeración, la red se tensa y los equipos expulsan al exterior parte del calor que extraen de los interiores. El remedio contribuye, en cierta medida, a alimentar la fiebre urbana que pretende aliviar. No escribo contra el aire acondicionado. Seguirá siendo necesario y, durante los episodios extremos, salva vidas. Escribo contra la idea de que baste. Un edificio que solo puede funcionar con todos sus equipos permanentemente en marcha no es un edificio plenamente adaptado. Es un edificio intubado.
Lo que propongo es menos heroico que inventar y bastante más laborioso: recuperar principios conocidos y volver a proyectarlos con las herramientas contemporáneas. Recuperar no significa reproducir. Se trata de comprender por qué funcionaban determinadas soluciones y adaptarlas a otras tipologías, otros sistemas constructivos y otras formas de vida. La trayectoria del sol, la ventilación de un edificio o el comportamiento térmico de un cerramiento pueden hoy calcularse y simularse antes de construir. Los instrumentos nunca fueron mejores. Lo que falta es devolver estas cuestiones al principio del proyecto. Orientación, sombra y sección: o están presentes en los primeros dibujos o difícilmente aparecerán después. Ninguna de esas decisiones puede resolverse al final como un añadido técnico.
En nuestro estudio llevamos años trabajando sobre una de esas posibles adaptaciones. En The Sky Marbella, la propia ladera condicionaba la sección del edificio: la parte trasera de las viviendas quedaba apoyada contra la montaña y necesitaba una forma de recibir luz. Incorporamos entonces el patio en el interior de cada apartamento, no como una cita de la arquitectura tradicional, sino como una respuesta a esa condición concreta. El patio lleva luz hasta el fondo de la vivienda, introduce sombra y favorece el movimiento del aire. Cambia la tipología, cambia la forma de vivir, pero permanece el principio.
El aire no cruza porque sí: se le dirige, estudiando por dónde entra, por dónde asciende, por dónde sale y qué sombra lo acompaña. La tecnología actual permite anticipar parte de ese comportamiento, pero la decisión sigue perteneciendo al proyecto.
Es nuestra aportación, una entre las muchas posibles. Cada cultura constructiva conserva elementos que pueden reinterpretarse frente a las condiciones que vienen. El sur pone sobre la mesa el patio. Otros territorios pondrán otras piezas, otros materiales y otras formas de administrar el agua, la sombra o el aire.
Ahí se separa la adaptación de la cosmética.
Se confía mucho en la vegetación urbana, y con razón, pero un árbol necesita tiempo para levantar la copa que un porche ofrece desde el momento en que se termina. No es un argumento contra los árboles, sino una cuestión de plazos y de complementariedad. Necesitamos vegetación, pero también arquitectura capaz de producir sombra desde hoy. Se habla asimismo, quizá demasiado, de “sostenibilidad”, una palabra tan utilizada que ha terminado por sostener casi cualquier discurso. Cuando se retira la etiqueta, lo que queda debajo son decisiones físicas: una orientación, una profundidad, una sección, un material, una corriente de aire. Decisiones que se toman en el plano, se comprueban en la obra y finalmente se sienten en la piel. Aprendimos a climatizar cualquier edificio en cualquier latitud. Olvidamos proyectar para necesitar menos.
La trayectoria del sol, la ventilación o el comportamiento térmico de un cerramiento pueden calcularse hoy con precisión; lo que falta es devolver estas cuestiones al principio del proyecto.
No conozco un programa más urgente para los próximos años de este oficio que recuperar esa responsabilidad. No se trata de regresar al pasado, sino de reconocer qué conocimientos siguen siendo útiles y cómo pueden transformarse. Volver a proyectar, con las capacidades de hoy, aquello que el zaguán sabe desde hace siglos.




