«Automatizar una decisión no la exime de autoría; la firma sigue siendo humana»: Elena Orteu y la responsabilidad ante la IA

El sector redefine las competencias humanas frente a la IA y aboga por los contratos colaborativos para superar el modelo tradicional de confrontación.

El Dato
La IA asume el diseño y cálculo en 2026, pero la firma y la auditoría técnica siguen siendo estrictamente responsabilidades del profesional.

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El sector de la edificación se encuentra en un punto de inflexión estratégico en este año 2026. La madurez de la Inteligencia Artificial (IA) generativa y la exigencia de una colaboración multidisciplinar real están redefiniendo de manera sin precedentes las atribuciones y roles de todos los profesionales.

En este contexto de transformación técnica y operativa, Construnews presenta las reflexiones de Elena Orteu como parte del Monográfico coral: El Nuevo Paradigma Profesional y Reputacional de la Construcción, un análisis profundo sobre el nuevo rol profesional, la gestión de la responsabilidad ante los algoritmos, el relevo generacional y el reto urgente de transformar la imagen pública del sector para atraer el talento joven.

Con la IA generativa asumiendo gran parte de las fases de diseño, optimización geométrica, presupuestación y cálculo normativo en 2026, ¿cuáles consideran que son las competencias genuinamente humanas que hoy definen el valor añadido de un profesional del sector?

Mi respuesta tiene dos ejes – y los dos pasan por la inteligencia emocional. El primero es la relación humana en toda su complejidad. No me refiero solo a gestionar conflictos o facilitar acuerdos. Me refiero a algo más difícil y más valioso: la capacidad de estar presente con el cliente, de entender lo que no dice, de leer el miedo detrás de una objeción técnica o la ilusión detrás de un programa de necesidades mal redactado. La IA puede optimizar un plano. No puede sentarse con una familia que está a punto de construir la casa de su vida y hacer que ese momento sea lo que merece ser. Cuidar, atender, acompañar eso no es un complemento del trabajo del arquitecto. Es el núcleo de su valor cuando todo lo demás puede automatizarse.

El segundo eje es la creatividad. Pero con un matiz importante. No la creatividad como generación de formas – ahi la IA ya compite, y en algunos registros gana. Me refiero a la creatividad como acto de interpretación: la capacidad de entender qué quiere realmente el cliente cuando no sabe expresarlo, de encontrar la pregunta correcta antes de buscar la respuesta, de proponer algo que el cliente no había imaginado pero que, al verlo, reconoce como exactamente lo que necesitaba. Eso requiere empatía, contexto y experiencia vivida. La IA entrena con datos. El arquitecto entrena con vida. En definitiva: el valor del arquitecto en 2026 no está en lo que sabe hacer. Está en lo que siente, interpreta y decide en presencia de otro ser humano. Y eso, por ahora, sigue siendo nuestro.

La IA puede optimizar un plano, pero no puede sentarse con una familia que va a construir la casa de su vida. El arquitecto entrena con vida.

La gestión del dato y la analítica predictiva mediante IA están transformando la dirección de ejecución, el control de calidad y la seguridad. ¿Cómo está mutando el rol del técnico y del constructor a pie de obra en este nuevo ecosistema tecnológico?

La IA es una herramienta que facilita, y mucho, la dirección de ejecución, el control de calidad y la seguridad, precisamente porque trabaja con datos y los analiza con una rapidez que nos supera. Pero ahí está también el riesgo: confundir la capacidad de procesar información con la capacidad de seleccionarla con criterio. La clave no está en la herramienta está en la elección de los datos de origen. Solo desde la profesionalidad y expertise del técnico se puede decidir qué indicadores son realmente relevantes, deben seguirse en el tiempo y pueden generar predicciones útiles y focalizadas. Sin ese juicio previo, la analítica predictiva produce ruido, no inteligencia. El técnico que entiende esto no se siente desplazado por la IA: la convierte en multiplicador de su propio criterio.

A medida que delegamos decisiones complejas (constructivas, estructurales o de costes) a algoritmos predictivos, ¿dónde debe trazarse la línea de la responsabilidad del profesional (sea arquitecto, ingeniero o constructor)? ¿Cómo gestionan la auditoría de estos resultados?

La línea no se mueve. La responsabilidad sigue siendo, íntegramente, del profesional que ha tomado la decisión de delegar y eso incluye la decisión de en qué delegar, bajo qué condiciones y con qué nivel de verificación posterior. Renunciar a esa responsabilidad no cabe, ni ética, ni legalmente. Automatizar una decisión no la exime de autoría. El profesional que firma un proyecto o dirige una obra no puede transferir su responsabilidad a un algoritmo del mismo modo que no puede transferirla a un colaborador junior. La herramienta ejecuta; el criterio, la auditoría y la firma siguen siendo humanos. Cualquier marco regulatorio o deontológico que no parta de esta premisa estará construyendo sobre una base equivocada.

¿Cómo están conviviendo los perfiles profesionales más veteranos con los nuevos «nativos digitales de la IA» dentro de las estructuras de los estudios, promotoras y constructoras? ¿Qué estrategias de capacitación están resultando más efectivas?

Todavía existe recelo – y, sobre todo, miedo. Un miedo comprensible, porque tiene tres caras: el desconocimiento de la herramienta, el cambio en la manera de trabajar y el temor a quedarse fuera del mercado. En el fondo, las tres caras son la misma. Esto no es nuevo. Cada vez que se produce un cambio radical en la sociedad aparece ese rechazo de forma natural. La respuesta más efectiva – y la más honesta pasa por desvelar la utilidad con objetividad, aceptar lo inevitable y reaccionar adaptándose, no resistiendo. Pero hay algo más que quiero subrayar: cada generación aporta un valor distinto, y los equipos que mejor funcionan no son los más homogéneos – son los que han aprendido a combinarse. La experiencia acumulada de un profesional veterano y la fluidez digital de un recién incorporado no son competencias en conflicto: son complementarias. Las organizaciones que crecen de forma sostenida no apuestan por la edad. Apuestan por la complementariedad.

La complejidad climática y tecnológica de 2026 exige que promotores, diseñadores, ingenieros y constructores colaboren desde la fase de anteproyecto. ¿Cuáles siguen siendo las principales barreras culturales y de gestión para que esta colaboración multidisciplinar sea fluida?

Hay dos barreras que se retroalimentan. La primera es cultural: la resistencia de algunos profesionales a ceder protagonismo. La segunda es económica o más bien, de percepción económica: incorporar a todos los agentes desde la fase de anteproyecto significa retribuir a más profesionales desde el inicio, y eso puede parecer un encarecimiento del proceso. Es una lectura corta. Lo que aporta la colaboración multidisciplinar temprana no es solo una mejora directa en el resultado es una mejora que se prolonga en el tiempo, que reduce errores en fases posteriores, que evita costes de corrección y que genera un proyecto más robusto desde su origen. El coste de no colaborar rara vez aparece en ninguna partida presupuestaria, pero existe y suele ser mayor.

Incorporar a todos los agentes en el anteproyecto evita sobrecostes posteriores; el coste de no colaborar suele ser el mayor de la obra.

Los contratos colaborativos donde todos los agentes comparten riesgos y beneficios desde el inicio están ganando terreno. ¿Cree que nuestra cultura empresarial actual está preparada para dejar atrás el modelo tradicional de confrontación en la obra?

Debería estarlo y creo que una mayoría ya lo está. El cambio de mentalidad se ha producido en un tiempo relativamente corto, impulsado tanto por la complejidad creciente de los proyectos como por la evidencia de que el modelo de confrontación genera pérdidas para todos. El problema no es la voluntad: es la velocidad de adaptación. Las empresas, los profesionales y el propio marco normativo están yendo a la zaga. Los contratos colaborativos donde todos los agentes comparten riesgos y beneficios desde el inicio son una respuesta lógica y madura a esa realidad pero exigen una cultura de confianza que no se legisla: se construye, proyecto a proyecto, relación a relación.

A pesar de la digitalización y la industrialización, la percepción pública general sigue vinculando a la construcción con conceptos obsoletos (poca cualificación, opacidad, impacto ambiental negativo). ¿Cuál es el error de comunicación más grave que hemos cometido como sector para no haber logrado revertir esta imagen?

Tal vez el más grave sea un comportamiento poco solidario: la tendencia a señalar y magnificar los errores de otros agentes del sector sin ver que esa narrativa nos afecta a todos. Cuando la construcción aparece vinculada a escándalos, incumplimientos o mala calidad, la imagen que se deteriora no es la de una empresa o un profesional concreto la del sector en su conjunto. La poca cualificación en ciertos oficios es un problema real que genera errores e incumplimientos, y no tiene sentido negarlo. Pero también es real que la industrialización lleva décadas transformando los procesos constructivos, con resultados que merecen más visibilidad de la que tienen. A eso se suma otro freno que conviene nombrar: un exceso normativo que, con la intención de regular, acaba poniendo trabas a la investigación y la innovación. Es un arma de doble filo que el sector debería tener más presente en sus conversaciones públicas.

La descarbonización y la economía circular son el eje del sector en 2026. Sin embargo, el ciudadano medio suele recibir estos mensajes con escepticismo. ¿Cómo se debe comunicar nuestro compromiso ambiental para que sea creíble, medible y comprensible para la sociedad?

El primer paso es dejar de comunicar la sostenibilidad como un valor añadido como si su presencia fuera un mérito especial. En 2026, su ausencia es lo que no tiene sentido ni cabida. Ese cambio de marco es fundamental: no se trata de presumir de lo que hacemos bien, sino de demostrar que lo que no cumple ciertos estándares ya no debería tener lugar en el mercado. La credibilidad no se construye con mensajes: se construye con datos. Los compromisos en materia de sostenibilidad deben demostrarse con indicadores concretos, verificados de forma independiente y comunicados con el mismo rigor con el que se presentan los resultados económicos. El ciudadano que percibe greenwashing no está equivocado: ha aprendido a desconfiar de las palabras. La única respuesta válida es la evidencia.

Sufrimos una falta alarmante de relevo en los oficios y una fuga de talento técnico hacia otros sectores. ¿Cómo podemos utilizar la narrativa de la «nueva construcción tecnológica» como un imán para atraer a las nuevas generaciones?

Empezando por tratar al sector con el mismo respeto que se le otorga a otros entornos profesionales de alta cualificación. No como un recurso de segunda opción, sino como un ámbito que combina rigor técnico, impacto social real y una transformación tecnológica que lo hace más relevante, no menos. La narrativa existe el problema es que apenas se cuenta. Construir en 2026 implica dominar herramientas de simulación energética, fabricación digital, gestión de datos en tiempo real y diseño paramétrico. Implica trabajar en entornos multidisciplinares complejos y tomar decisiones con consecuencias físicas que duran décadas. Eso no es poco atractivo para una generación que busca trabajo con propósito y proyección. Lo que falta no es el argumento: es la voz que lo diga con convicción y en los canales adecuados.

Construir en 2026 implica dominar fabricación digital, simulación energética y diseño paramétrico; una opción atractiva si se comunica con rigor.

¿Hasta qué punto todos los agentes del sector (desde la promoción hasta la obra) debemos asumir un rol activo en la divulgación pública? ¿Qué canales o formatos consideran que faltan para conectar realmente el valor de nuestro trabajo con el bienestar del ciudadano de a pie?

Los profesionales del sector deberíamos ser interlocutores naturales en todos los foros que tengan que ver con habitar y construir el futuro desde la planificación urbana hasta las políticas de vivienda, desde la eficiencia energética hasta el bienestar de las personas. No como técnicos que responden cuando se les pregunta, sino como voces que participan de forma activa en la conversación pública. Para lograrlo, primero tendremos que ganarnos ese lugar. Y la única forma es aportando valor de manera consistente: compartiendo conocimiento con generosidad, comunicando sin jerga, y demostrando que nuestra perspectiva técnica tiene algo relevante que decir sobre las grandes decisiones que afectan a la sociedad. La divulgación no es una tarea secundaria – es parte del rol profesional que el momento nos exige.

Elena Orteu expone que la consolidación de la IA en 2026 sitúa la responsabilidad jurídica y el criterio de auditoría exclusivamente en el técnico humano, exigiendo un cambio cultural hacia contratos colaborativos basados en la confianza mutua y la demostración de la sostenibilidad mediante datos independientes y verificables para mitigar las pérdidas operativas sectoriales.

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