El arquitecto Rafael Urquiza Sánchez, socio fundador de SYSTEM Arquitectura, analiza las sucesivas transformaciones tecnológicas que han redefinido la práctica del proyecto en las últimas tres décadas.

Desde los primeros trazados a tinta en la Escuela de Arquitectura de Granada hasta la aplicación de diseño computacional, metodología BIM y modelos de IA en obras complejas como la sede de Mayoral o el centro de entrenamiento para la Federación Saudí de Fútbol en Yeda, Urquiza defiende el criterio humano y la integración disciplinar como los auténticos ejes rectores del oficio.
Este texto forma parte de «Horizontes Abiertos», una serie de publicaciones comisariada por Luis Sans Llopis para Construnews que aprovecha el periodo estival para invitar a destacados arquitectos e intelectuales a compartir su visión teórica sobre el presente y futuro de la disciplina. Pensada para disfrutarse con calma durante el verano, la iniciativa trasciende la mera descripción de proyectos para ofrecer una mirada holística, panóptica y profunda que pone en el centro la reflexión personal sobre la tecnología, la filosofía del oficio, las dinámicas socioambientales y la escala humana.
APRENDER LA MISMA PROFESIÓN CUATRO VECES
Cuando comencé a estudiar Arquitectura en 1998, pensaba, como tantos estudiantes, que estaba aprendiendo una profesión. Con los años he comprendido que aquella profesión exigiría varios aprendizajes completos. Mi generación ha pasado del tablero de dibujo al CAD, del CAD al BIM, del modelo digital al diseño computacional y la fabricación automatizada, y de ahí a la inteligencia artificial. Cada etapa ha modificado los procesos, el lenguaje y las expectativas del oficio. Esta experiencia pertenece también a médicos, abogados, ingenieros, periodistas, docentes y empresarios. Muchas profesiones han cambiado varias veces durante la vida laboral de una misma persona. Las herramientas evolucionan a una velocidad que obliga a revisar hábitos, certezas y maneras de relacionarnos con el conocimiento. La arquitectura ofrece un buen observatorio para entender esa transformación, porque en ella el pensamiento termina convertido en materia y espacio.
Recuerdo mi llegada a la Escuela de Arquitectura de Granada, instalada entonces en el antiguo Hospital Militar. El edificio conservaba una presencia austera y una rehabilitación muy limitada. Aquella primera impresión resultaba extraña para un estudiante que llegaba lleno de expectativas. Con el tiempo entendí que la escuela también enseñaba desde sus propias carencias: un arquitecto aprende a mirar lo existente, a reconocer sus posibilidades y a imaginar una realidad distinta. En aquellos años trabajábamos con escuadra, cartabón, lápiz, Rotring y maquetas. Cada línea requería atención. Las correcciones dejaban huella. El tiempo dedicado al dibujo formaba parte del proceso de pensamiento. Aprendimos a observar, medir y decidir con lentitud, una cualidad que conserva todo su valor en una época marcada por la inmediatez.
Uno de los primeros ejercicios consistía en diseñar una carpeta para guardar los trabajos del curso. La mayoría de los alumnos recurrió al cartón y a la cartulina. Yo elegí aluminio plegado y metacrilato, y escribí sobre ella una frase: «La tecnología llevada al diseño». Conservo aquella carpeta casi treinta años después. Hoy la veo como el indicio temprano de una curiosidad compartida por muchos estudiantes de aquella generación: la búsqueda de herramientas capaces de ampliar las posibilidades del proyecto. El ordenador apareció de forma gradual. Aprendimos AutoCAD y Photoshop gracias a compañeros, familiares y muchas horas de ensayo. La enseñanza reglada todavía tardaría en incorporar aquellas aplicaciones con normalidad. El cambio resultó práctico desde el primer momento. Podíamos probar alternativas, corregir con mayor agilidad y dedicar más energía a desarrollar una idea. El lápiz mantuvo su lugar como herramienta inmediata de pensamiento y el ordenador amplió las formas de representar y comunicar.
La fabricación digital permitió que un archivo de ordenador se convirtiera en una pieza física milimétrica; el diseño, la fabricación y la construcción pasaron a formar un proceso continuo.
En aquel primer curso conocí a Rafael Roa, el compañero junto al que me senté el primer día de clase y que, años después, se convertiría en uno de mis socios. Compartíamos una curiosidad especial por la tecnología. Juntos preparamos un pequeño recorrido virtual para presentar una vivienda cuando ese tipo de recursos apenas aparecía en las escuelas. La experiencia pasó casi inadvertida y el resultado académico fue bastante modesto. Con el tiempo, aquella anécdota adquirió otro sentido: las innovaciones necesitan un problema real, un contexto adecuado y una cultura capaz de integrarlas. Tras terminar la carrera sentí la necesidad de ampliar mi formación. Mi mujer, Lucía, y yo solicitamos una beca para estudiar fuera de España con un compromiso claro: viviríamos en la misma ciudad. Las admisiones nos llevaron finalmente a Melbourne. Aquella decisión, nacida de un acuerdo personal, abrió una etapa decisiva en nuestra vida y en mi forma de entender la arquitectura.
En la Universidad de Melbourne entré en contacto con CRIDA, Critical Research in Digital Architecture. Allí convivían el diseño computacional, la programación, el BIM, el corte láser, el mecanizado CNC y las primeras técnicas de impresión 3D. Muchas de aquellas prácticas parecían alejadas de la realidad cotidiana de los estudios españoles de mediados de la década de 2000. Mi formación anterior me llevaba a examinarlas con escepticismo, hasta el punto de recibir el apodo de the non-believer. La fabricación digital transformó aquella percepción. Un archivo generado en el ordenador podía trasladarse a una máquina y convertirse en una pieza física con precisión milimétrica. El modelo digital adquiría continuidad material. Diseño, fabricación y construcción empezaban a formar un proceso conectado. Esta relación abrió una manera distinta de proyectar: la geometría podía surgir de reglas, adaptarse a condicionantes y conservar su coherencia durante el desarrollo técnico.
En uno de los primeros ejercicios fabriqué mediante corte láser una superficie de doble curvatura. Todavía dominaba poco la programación y resolví buena parte del proceso con procedimientos manuales. La pieza funcionó y el profesor valoró el resultado. Aquella experiencia confirmó una idea que sigo considerando esencial: cada herramienta amplía el repertorio del arquitecto y la creatividad aparece en la capacidad de relacionar conocimientos, intuiciones y recursos disponibles. Melbourne también fue mi primer contacto serio con Revit y con la metodología BIM. En 2007 desarrollé con ella una vivienda en New Hope, Nueva Jersey, incorporando recursos de diseño computacional para unos invernaderos. El proyecto quedó en fase de propuesta, aunque representó un punto de partida. El edificio empezaba a entenderse como un conjunto coordinado de información, relaciones y decisiones, con una capacidad de integración muy superior a la del dibujo aislado.
Al regresar a España en 2009, el sector atravesaba una crisis profunda. Las conversaciones sobre BIM, diseño paramétrico y fabricación digital encontraban un campo profesional con pocos proyectos y una enorme incertidumbre. Aquel contexto nos llevó a combinar investigación, formación y práctica. Organizamos cursos y talleres junto a la Escuela de Arquitectura de Málaga y trasladamos a nuestro entorno parte del espíritu de las reuniones de Smartgeometry, en las que universidades, ingenierías, industrias y estudios internacionales trabajaban sobre problemas comunes. En esa etapa volví a trabajar con Rafael Roa. La relación iniciada en la escuela encontró una nueva forma profesional en la voluntad de crear un estudio donde investigar, proyectar y enseñar pertenecieran a una misma cultura. Más adelante se incorporó Alberto Urquiza, ingeniero industrial y tercer socio. Su mirada añadió conocimiento sobre procesos, industria, instalaciones, fabricación y organización técnica. El estudio fue construyendo así una inteligencia colectiva formada por perfiles complementarios.
Esa forma de trabajo explica el nombre SYSTEM. Entendemos cada proyecto como una red de relaciones entre espacio, estructura, instalaciones, envolvente, materiales, industria, economía, construcción y uso. Las herramientas digitales permiten conectar esas variables y mantener la coherencia entre distintas escalas. La calidad del resultado nace del criterio compartido, de la coordinación y de la capacidad del equipo para formular reglas claras. La rehabilitación y ampliación del complejo de Intelhorce para Mayoral ofreció una oportunidad para aplicar esa cultura a un proyecto de gran complejidad. El diseño paramétrico, el BIM, la colaboración con consultores especializados, la prefabricación y las maquetas digitales y físicas formaron parte de un proceso integrado. La tecnología permitió estudiar soluciones, coordinar agentes y trasladar decisiones de diseño a elementos construidos con gran precisión. Aquel proyecto mostró también el valor de una preparación prolongada: muchas ideas desarrolladas durante años encontraron allí un contexto real donde resultar útiles.
La experiencia acumulada en esas etapas ha seguido creciendo con cada proyecto. Hoy trabajamos en encargos de gran calado, como el centro de entrenamiento de élite para la Federación Saudí de Fútbol (SAF) en Yeda y los nuevos laboratorios, oficinas y sede corporativa de Vircell en Granada. Su desarrollo reúne aprendizajes procedentes del dibujo, el modelado, la coordinación BIM, el diseño computacional, la ingeniería y la construcción industrializada. Cada proyecto incorpora esa memoria técnica y cultural, adaptada a un nuevo lugar, un nuevo programa y unas nuevas responsabilidades. Sobre esa base aparece ahora la inteligencia artificial. Su incorporación forma parte de una evolución continua de herramientas y métodos. La IA participa en la generación y revisión de imágenes, la escritura, la investigación, el análisis de documentación, la organización del conocimiento y la gestión interna de los estudios. Su aportación principal consiste en aumentar la capacidad para explorar, ordenar y desarrollar ideas dentro del tiempo disponible.
La fabricación digital permitió que un archivo de ordenador se convirtiera en una pieza física milimétrica; el diseño, la fabricación y la construcción pasaron a formar un proceso continuo.
En SYSTEM la utilizamos en tareas concretas de apoyo: exploración visual, revisión de textos, preparación de propuestas, análisis de información y desarrollo de herramientas internas para controlar horas, rentabilidad, planificación, contratación y tesorería. Estas aplicaciones acompañan el trabajo del equipo y se integran en una cultura profesional construida durante años. La concepción arquitectónica, las decisiones espaciales, la coordinación técnica y la responsabilidad sobre el resultado permanecen vinculadas al criterio de arquitectos, ingenieros y colaboradores. Esta continuidad permite comprender mejor la siguiente frontera, situada en la relación entre inteligencia artificial, industrialización y construcción. Los modelos digitales incorporarán mayor capacidad de análisis, las piezas se fabricarán mediante procesos cada vez más automatizados y la obra integrará sistemas de control y maquinaria de gran precisión. El arquitecto aportará intención, criterio, sensibilidad, conocimiento del contexto y responsabilidad sobre las decisiones. Estas capacidades orientarán la potencia tecnológica hacia una arquitectura útil, rigurosa y significativa.
Como docente, animo a mis alumnos a conocer y utilizar la inteligencia artificial. También les pido que mantengan el hábito de dibujar. El lápiz ofrece una conexión directa entre la mente y la mano, permite pensar con inmediatez y ayuda a reconocer la propia voz. La IA puede ampliar esa voz cuando existe una intención previa, un criterio formado y una pregunta relevante. Cada herramienta ha añadido una capa a la profesión. El dibujo manual entrenó la observación y la paciencia. El CAD multiplicó las posibilidades de representación. El BIM conectó información y disciplinas. El diseño computacional vinculó reglas, geometría y fabricación. La ingeniería incorporó otras formas de comprender el edificio. La inteligencia artificial está ampliando la capacidad de investigar, organizar y desarrollar el pensamiento.
Mientras escribo estas líneas mantengo una conversación con una inteligencia artificial. La conversación me ayuda a ordenar recuerdos, detectar relaciones y expresar con claridad una experiencia acumulada durante casi tres décadas. La autoría se concreta en las decisiones, en la selección de los hechos, en la posición que adopta el texto y en la responsabilidad sobre cada afirmación. La transformación tecnológica de la arquitectura forma parte de una transformación humana más amplia. Todos estamos aprendiendo a convivir con herramientas capaces de intervenir en tareas ligadas a nuestra identidad profesional. Este proceso exige curiosidad, formación, criterio y una disposición permanente al aprendizaje.
La inteligencia artificial amplía la capacidad de explorar y organizar ideas, pero la concepción arquitectónica y la responsabilidad sobre la obra permanecen en el criterio humano.
Entre el tablero de dibujo y la inteligencia artificial permanece una misma voluntad: comprender un problema, imaginar posibilidades y convertir una idea en una realidad compartida. Las herramientas amplían el alcance de esa voluntad. Las personas establecen el sentido.







