El equipo de Santa-Cruz Arquitectura analiza cómo la disciplina debe superar la lógica de la tabula rasa para basar el diseño en la topofilia, la identidad territorial y la biofilia. A través de intervenciones patrimoniales, residenciales y corporativas como el Edificio Baltasar, Casa Ruano, las Bodegas Viña Elena o la sede de VRIO, el estudio defiende una praxis centrada en la rehabilitación adaptativa, la infraestructura verde y la preservación del paisaje cultural.
Este texto forma parte de «Horizontes Abiertos», una serie de publicaciones comisariada por Luis Sans Llopis para Construnews que aprovecha el periodo estival para invitar a destacados arquitectos e intelectuales a compartir su visión teórica sobre el presente y futuro de la disciplina. Pensada para disfrutarse con calma durante el verano, la iniciativa trasciende la mera descripción de proyectos para ofrecer una mirada holística, panóptica y profunda que pone en el centro la reflexión personal sobre la tecnología, la filosofía del oficio, las dinámicas socioambientales y la escala humana.
Volver a pertenecer: Identidad, biodiversidad y cuidado frente a una crisis socioecológica
Cada proyecto de arquitectura comienza en la manera en la que observamos el mundo y en la posición que decidimos adoptar ante aquello que vemos. La arquitectura es, en esencia, la forma en la que los seres humanos transformamos el espacio que habitamos. Esa definición, aparentemente sencilla, contiene una enorme responsabilidad. Transformar nunca es un acto neutral. Cada decisión modifica una realidad anterior, altera relaciones, consume recursos, introduce nuevos usos, desplaza otros y deja una huella que permanecerá mucho más allá de quienes la proyectaron.
Durante buena parte de la historia reciente, una parte significativa de la arquitectura, el urbanismo y la ordenación territorial ha actuado como si el lugar anterior a la intervención fuese un espacio vacío. La lógica de la tabula rasa ha permitido simplificar el territorio para hacerlo compatible con modelos abstractos de crecimiento: parcelar, urbanizar, edificar y volver a comenzar. En ese proceso, demasiadas veces se han ignorado la topografía, el agua, la vegetación, los sistemas productivos tradicionales, los hábitats, los caminos, las arquitecturas preexistentes, la memoria colectiva y las formas de vida que habían dado sentido a cada lugar.
El resultado es, además de una pérdida patrimonial o paisajística, una pérdida de identidad que provoca una progresiva desconexión emocional con el territorio que habitamos. Creemos que esta crisis de identidad forma parte de la crisis socioecológica de nuestro tiempo. No es un problema secundario ni exclusivamente cultural. Está profundamente vinculada con la emergencia climática, la pérdida de biodiversidad, el consumo de recursos, la degradación del espacio público y la fragilidad de nuestras comunidades.
Cuando un territorio pierde sus referencias, también pierde parte de su capacidad para ser comprendido, querido y cuidado.
Solemos aproximarnos a la sostenibilidad desde parámetros cuantificables: demanda energética, emisiones, consumo de agua, porcentaje de superficie permeable o procedencia de los materiales. Todos ellos son imprescindibles. Sin embargo, creemos que la transformación sostenible del hábitat requiere una mirada más amplia.
Cuando un territorio pierde sus referencias, también pierde parte de su capacidad para ser comprendido, querido y cuidado.
Hemos construido ciudades que nos separan de los procesos naturales de los que dependemos. Hemos ocultado el recorrido del agua, impermeabilizado el suelo, simplificado los ecosistemas, expulsado la vegetación espontánea y reducido la biodiversidad de nuestro hábitat. Hemos organizado buena parte del espacio público en torno al desplazamiento del vehículo privado, debilitando la relación entre las personas y reduciendo la experiencia urbana a una sucesión de trayectos.
Al mismo tiempo, la globalización ha producido una creciente homogeneización del entorno construido. Los mismos modelos residenciales, comerciales, turísticos o industriales se reproducen en lugares con climas, paisajes, culturas e historias radicalmente diferentes. Allí donde antes existían respuestas vinculadas al conocimiento acumulado de una comunidad, aparecen soluciones intercambiables que podrían pertenecer a cualquier sitio y, precisamente por ello, no terminan de pertenecer a ninguno.
Esta pérdida de singularidad tiene consecuencias profundas. Cuando dejamos de reconocer el territorio como algo propio, se debilita también nuestro vínculo con él. Y no se puede respetar ni amar aquello que no se conoce. Por eso uno de los conceptos que más nos interesa es la topofilia: el vínculo afectivo entre las personas y el lugar que habitan. No como una defensa idealizada de un pasado inmutable, sino como una realidad viva, que se transforma, incorpora nuevas capas y se reinterpreta con cada generación.
La identidad territorial está compuesta por elementos físicos, la geografía, el clima, el agua, la vegetación o la arquitectura, pero también por relatos, recuerdos, nombres, costumbres, conocimientos y formas de convivencia. De la misma manera que el autoconocimiento resulta fundamental para el desarrollo de una persona, el conocimiento de la identidad territorial es una condición esencial para construir un desarrollo urbano, social y económico verdaderamente sostenible.

Reconectar con la identidad del territorio
Un lugar contiene información. La orientación, el soleamiento, la forma en la que discurre el agua, la estructura geológica, las especies que lo habitan, sus construcciones, sus ruinas, sus recorridos y sus transformaciones anteriores constituyen un conocimiento que debemos aprender a escuchar. El proyecto así empieza con una lectura. Antes de decidir qué añadir, debemos comprender qué existe, qué relaciones conviene preservar, qué heridas deben repararse y qué posibilidades permanecen latentes.
En el Molino de la Pólvora, por ejemplo, la intervención parte de los restos de una antigua construcción vinculada a la acequia de la Aljufía, en la huerta de Murcia. Allí, la intervención no pretende imponerse sobre el paisaje, sino hacer visible una historia que estaba a punto de desaparecer. Ejemplo de ello es el vallado, un elemento introducido por motivos de seguridad y funcionalidad, se inspira en las tramas de caña que tradicionalmente delimitaban las parcelas de la huerta y en el movimiento de los cañizos junto a la acequia.
No se trata de copiar literalmente una forma tradicional, sino de establecer una continuidad sensible entre la nueva intervención y el paisaje cultural al que pertenece. La arquitectura puede actuar, así, como un dispositivo de interpretación. Puede ayudarnos a percibir aquello que siempre estuvo allí, pero que habíamos dejado de mirar.
Esta dimensión divulgativa aparece también en Raíces de Regadío, un aula móvil concebida para acercar a las nuevas generaciones el sistema histórico de acequias de Murcia. Muchos de estos canales discurren hoy ocultos bajo la ciudad, a pesar de haber estructurado durante siglos el paisaje, la producción agrícola, la biodiversidad, la toponimia y la cultura de la huerta.
Hacer visibles sus recorridos, explicar cómo funciona el sistema de riego y mostrar la flora, la fauna y las tradiciones vinculadas al agua es también una forma de aprender a leer el territorio para poder cuidarlo. Resulta significativo comprobar que muchos niños que viven en Murcia apenas han visto una acequia. La desconexión territorial no ocurre únicamente cuando se destruye físicamente un elemento. También sucede cuando desaparece del imaginario colectivo. Una sociedad que desconoce el sistema que ha construido su paisaje difícilmente podrá defenderlo.
Patrimonio y tecnología no son realidades incompatibles; la innovación puede ponerse al servicio de la historia para permitir que un edificio siga viviendo.
Dialogar con el pasado
La práctica de la tabula rasa no afecta solo a los nuevos desarrollos urbanos. También aparece cuando intervenimos sobre la arquitectura existente como si se tratara de un recipiente vacío, eliminando elementos que contenían la memoria real del edificio. La rehabilitación nos interesa especialmente porque cuestiona la idea de la necesidad de comenzar siempre desde cero. Lo más sostenible suele ser reutilizar aquello que ya tenemos, no solo por la energía y los materiales incorporados, sino porque los edificios existentes concentran historias, técnicas y relaciones urbanas que se perderían con una construcción nueva.
Pero rehabilitar no consiste en inmovilizar. Significa encontrar un equilibrio entre permanencia y transformación, entre la protección de aquello que hemos heredado y la necesidad de hacerlo compatible con la vida contemporánea.
El Edificio Baltasar, en Murcia, plantea con claridad esta tensión. La fachada neoclásica estaba protegida, mientras que el interior se encontraba prácticamente perdido. Para hacer viable su recuperación era necesario incorporar dos nuevas plantas. La pregunta no era únicamente formal: ¿es legítimo superponer una intervención contemporánea a una fachada histórica? También era económica y social. Si la operación no era viable, el edificio no se rehabilitaría y la ciudad acabaría perdiendo el patrimonio que pretendía proteger.
La sostenibilidad necesita integrar sus dimensiones ambiental, social y económica. La respuesta consistió en preservar la lectura de la fachada histórica y disponer sobre ella una intervención abstracta, ligera y deliberadamente contemporánea. La nueva envolvente de cuerdas no intenta simular una continuidad estilística ni reconstruir un pasado inexistente. Habla del paso del tiempo y establece un diálogo entre dos momentos distintos, ya que nuestra época no solo recibe patrimonio: también lo produce.
Cada intervención se convertirá, con el tiempo, en parte de la memoria de la ciudad. Por eso nos resulta especialmente cercano el lema histórico de Murcia: “Priscas Novissima Exaltat et Amor”, ensalzar y amar lo antiguo y lo nuevo. No se trata de elegir entre ambos, sino de permitir que convivan sin que uno borre al otro.
En Casa Ruano, en Águilas, el reto era diferente. El edificio, de finales del siglo XIX, se encontraba gravemente deteriorado y estaba infraprotegido: la normativa reconocía el valor de la fachada, pero no el de numerosos estucos, decoraciones y espacios interiores que todavía conservaban la identidad de la casa.
La intervención debía, además, convertir el inmueble en un edificio energéticamente eficiente. Este tipo de situaciones pone de manifiesto una falsa dicotomía: patrimonio y tecnología no son realidades incompatibles. La innovación puede ponerse al servicio de la historia. El proyecto conserva las huellas y decoraciones que todavía podían recuperarse, evita reconstruir de manera ficticia aquello que se había perdido e introduce nuevos sistemas bioclimáticos de manera reconocible. Un invernadero en cubierta y un aljibe bioclimático contribuyen al comportamiento energético del edificio sin negar su condición contemporánea.
La eficiencia no se resuelve actuando solo sobre una envolvente histórica, sino ideando una respuesta específica para ese edificio, ese clima y ese estado de conservación. El trabajo minucioso de restauradores, cerrajeros, carpinteros e instaladores convive con herramientas de cálculo, sistemas de climatización y soluciones estructurales actuales. La tecnología se convierte también en un oficio de adaptación.
Algo semejante ocurre en Bodegas Viña Elena, donde una antigua construcción ligada a la producción y a la vida familiar se transforma para acoger nuevos usos sin borrar las marcas de su historia. Los muros mantienen sus texturas y huellas; los elementos etnográficos permanecen como testimonio del pasado productivo, y una nueva estructura ligera, inspirada en las parras, permite que la vegetación colonice progresivamente las fachadas. La segunda piel vegetal, además de mejorar el comportamiento bioclimático, integra el edificio en el paisaje y hace visible el paso del tiempo. Rehabilitar significa, en estos casos, permitir que un edificio siga viviendo.
Hacer frente a la crisis de biodiversidad
La arquitectura consume territorio y, al hacerlo, transforma hábitats. Esta constatación debería ocupar una posición central en nuestra disciplina. Durante años, el debate medioambiental se ha concentrado principalmente en la eficiencia energética y la reducción de emisiones. Sin restar importancia a estas cuestiones, creemos que la crisis de biodiversidad necesita recibir una atención equivalente.
La vegetación no puede entenderse como una capa decorativa que se incorpora al proyecto. Es infraestructura: regula la temperatura, proporciona sombra, retiene agua, captura partículas, genera alimento y refugio para otras especies, mejora la calidad del aire y modifica nuestra percepción emocional del espacio. En la sede corporativa de VRIO, situada en un polígono industrial de Molina de Segura, quisimos demostrar que incluso un entorno dominado por el asfalto, el tráfico y las naves industriales puede contener un pequeño refugio climático y de biodiversidad.
La parcela no se cierra sobre sí misma. Los jardines perimetrales se ofrecen al entorno y la vegetación participa de la construcción del edificio. Los árboles de hoja caduca protegen del sol durante el verano y permiten su entrada en invierno. La cubierta ajardinada contribuye al aislamiento y a la regulación térmica, retiene agua de lluvia e incorpora un huerto. El proyecto utiliza especies adaptadas al clima, riego enterrado y sistemas de recuperación de agua, y genera hábitats mediante láminas de agua, refugios para insectos y la propia vegetación. Al poco tiempo de plantar el jardín comenzaron a aparecer mariposas entre la vegetación. Puede parecer una anécdota menor, pero para nosotros resume una idea importante: incluso una intervención limitada puede iniciar procesos de regeneración.
La biofilia, nuestra relación emocional con la naturaleza y con otros seres vivos, no debe reducirse a colocar plantas dentro de un edificio. Implica restablecer relaciones que el entorno construido ha ido interrumpiendo. En VRIO, además, esta dimensión ambiental forma parte de una estrategia más amplia de bienestar. Pasamos una parte muy importante de nuestra vida en los lugares de trabajo. Por eso la luz, el aire, la vegetación, la posibilidad de relacionarse, el acceso a espacios exteriores, la movilidad activa o una alimentación saludable no son elementos accesorios. Forman parte de la responsabilidad de la arquitectura hacia las personas.
La arquitectura corporativa puede trascender así la representación de una marca. Puede ayudar a las empresas a expresar sus valores, cuidar a sus equipos y generar un impacto positivo sobre el lugar en el que desarrollan su actividad.
El espacio público como ecosistema compartido
La misma responsabilidad adquiere otra dimensión cuando trabajamos a escala urbana. Una decisión sobre una calle, un parque o una red de espacios públicos afecta a miles de personas y también a numerosas especies con las que compartimos el territorio. El urbanismo moderno ha reducido la ciudad, en muchas ocasiones, a una retícula de desplazamiento para el vehículo privado, interrumpida de vez en cuando por una plaza o una zona verde aislada. Pero en la base de los desarrollos urbanos debe existir una infraestructura verde.
Para que la biodiversidad pueda desarrollarse, los espacios necesitan calidad ecológica y continuidad. Deben formar una red de nodos y corredores que permita el movimiento de aves, insectos y otras especies, al tiempo que mejora la experiencia urbana de las personas. En la estrategia Los Alcázares: Vuelta a las raíces, desarrollada para la recuperación del espacio público de esta población situada junto al Mar Menor, analizamos conjuntamente la movilidad, la accesibilidad, el espacio público y la infraestructura verde. El propósito era recuperar un núcleo urbano amable para el peatón, reducir la presencia dominante del vehículo e introducir una red vegetal conectada.
Para ello fue necesario estudiar la permeabilidad del suelo, la masa vegetal, las especies utilizadas, la sombra, los recorridos y la conexión entre los diferentes espacios. La infraestructura verde tiene además una relación directa con la equidad. Una ciudad sin sombra, con aceras mínimas y un tráfico agresivo excluye a muchas personas: niños, mayores, personas con movilidad reducida o cualquiera que no disponga de vehículo privado. Mejorar las condiciones para caminar o desplazarse en bicicleta se convierte en una forma de justicia urbana.
La transformación de la avenida Río Nalón, concebida como un paisaje permeable, permitió materializar algunas de estas ideas. Se trataba de una calle peatonal y comercial, pero completamente impermeabilizada y ocupada por cerramientos privados instalados por los comercios existentes que fragmentaban el espacio colectivo. La intervención recuperó la continuidad pública, incorporó arbolado y parterres y sustituyó parte de las superficies impermeables por pavimentos drenantes. De este modo, el espacio ofrece sombra, mejora la convivencia y contribuye a retener y ralentizar el agua de lluvia antes de que llegue a la red de saneamiento. En un municipio especialmente vulnerable ante episodios de inundación, la gestión del agua no puede continuar estando relegada a una infraestructura exclusivamente subterránea. Tiene que ser transversal a todas las capas urbanas.
Otros proyectos exploran esta relación entre paisaje, identidad y biodiversidad desde situaciones distintas. En el Parque Forestal de Águilas, los caminos de tierra, la recuperación de las huellas de un antiguo cebadero y un depósito de agua, y la creación de miradores hacia elementos del patrimonio local convierten el parque en una herramienta para interpretar el territorio. Su estructura paisajística reproduce tres ambientes característicos del entorno de Águilas, la sierra, la costa y Marina de Cope, mediante especies autóctonas. La intervención no introduce un paisaje genérico: ayuda a reconocer los paisajes que ya pertenecen al lugar.
En el entorno del canal del Estacio, en La Manga, dos parques próximos ensayan grados diferentes de relación entre uso humano y recuperación ecológica. Uno incorpora actividades deportivas dentro de formas inspiradas en el paisaje dunar; el otro se plantea principalmente como un reservorio para recuperar especies propias de las dunas, atravesado por pasarelas que permiten visitarlo y aprender de él. El espacio público puede construir situaciones de convivencia entre personas y naturaleza, siempre que dejemos de considerar al ser humano como el único destinatario del proyecto.
Arquitectura consciente, respetuosa y comprometida
Todos estos proyectos son distintos en escala, programa y contexto. Sin embargo, comparten una misma manera de aproximarse a la arquitectura. En nuestra práctica hemos ido construyendo una metodología basada en diferentes parámetros: estrategia, ecología, identidad, tecnología, biofilia, equidad, topofilia, salud y bienestar, arqueología, arquitectura bioclimática, artesanía, envolvente, belleza y fenomenología. No son una lista de requisitos que deban aparecer con la misma intensidad en todas las obras. Funcionan como preguntas que nos permiten tomar decisiones.
¿Qué necesita realmente este lugar?
¿Qué elementos de su identidad corren el riesgo de desaparecer?
¿Cómo se relaciona la intervención con el agua, el clima y la biodiversidad?
¿Qué recursos consume?
¿Qué puede reutilizar?
¿Cómo afecta a la salud y al bienestar de las personas?
¿Qué relaciones sociales favorece?
¿Qué oficios y conocimientos puede activar?
¿Qué relato transmite y qué patrimonio estamos construyendo para quienes vendrán después?
La arquitectura necesita belleza, pero una belleza vinculada al sentido. Una belleza que no sea indiferente al lugar, a los recursos empleados ni a las consecuencias de su construcción. Una belleza capaz de producir equilibrio, emoción y pertenencia. También necesita la tecnología. Para nosotros, la innovación aparece cuando el conocimiento técnico permite responder de manera específica a una necesidad: reforzar una estructura sin sustituirla, hacer eficiente un edificio protegido, recuperar el agua, construir una envolvente que proteja del sol o permitir que la vegetación ayude a aclimatar un espacio.
Y necesita la artesanía, entendida no como una imagen pintoresca del pasado, sino como la inteligencia de la experiencia acumulada, la adaptación y el conocimiento material. En una obra, un cerrajero, un carpintero, un jardinero o un instalador pueden convertirse en colaboradores esenciales de una investigación compartida. La disciplina se encuentra ante un cambio profundo. Durante décadas, la idea de progreso estuvo ligada a la expansión, la sustitución y la novedad. Hoy sabemos que el territorio es limitado, que los recursos no son infinitos y que muchas de las transformaciones realizadas bajo aquella lógica han producido paisajes fragmentados, ciudades vulnerables y hábitats empobrecidos.
La biofilia no debe reducirse a colocar plantas dentro de un edificio; implica restablecer relaciones ecologicas e hidrológicas que el entorno construido interrumpió.
Nuestra tarea ya no puede consistir únicamente en construir más.
Tenemos que aprender a reconstruir, rehabilitar, renaturalizar, reconectar y regenerar. A utilizar de nuevo aquello que parecía obsoleto. A introducir vida allí donde la urbanización la había expulsado. A recuperar la continuidad del agua, del suelo y de los ecosistemas. A reconocer la memoria sin convertirla en escenografía. A trabajar con el paso del tiempo en lugar de intentar borrarlo. Esto exige también recuperar la capacidad crítica de la arquitectura. Las inercias económicas y administrativas empujan con frecuencia hacia soluciones rápidas, homogéneas y aparentemente más sencillas. Defender una alternativa requiere conocimiento, perseverancia y capacidad para comunicar.
Los arquitectos no decidimos solos cómo se transforma el territorio. Trabajamos dentro de una compleja red de promotores, administraciones, empresas, normativas, constructores y comunidades. Pero eso no elimina nuestra responsabilidad. Precisamente porque la arquitectura se materializa, nuestra mirada puede contribuir a cambiar la realidad. Cada proyecto es una negociación entre lo deseable y lo posible. Ser responsables no significa ignorar los condicionantes económicos o sociales, sino integrarlos sin renunciar a los principios que dan sentido a nuestro trabajo.
Creemos que las empresas, las instituciones y los profesionales tenemos la obligación de producir un impacto positivo en nuestra sociedad. No mediante grandes declaraciones, sino a través de decisiones concretas: conservar un muro, abrir un jardín al barrio, plantar una especie autóctona, reducir una superficie impermeable, hacer visible una acequia, recuperar un oficio, generar sombra, permitir el paso del agua o evitar la ocupación innecesaria de un nuevo suelo. Son acciones pequeñas dentro de problemas inmensos. Pero la arquitectura siempre opera de esa manera: transformando lugares concretos. Actuar desde lo local no significa perder la conciencia planetaria. Significa asumir que los desafíos globales solo pueden responderse desde territorios específicos, con sus propias condiciones, culturas y recursos.
Necesitamos una conciencia global construida desde la singularidad de cada lugar.
Frente a la tabula rasa, proponemos entender el territorio como una realidad formada por capas naturales, culturales y emocionales que el proyecto puede continuar escribiendo sin borrar por completo las anteriores. Ser responsable significa reconocer el impacto de nuestras decisiones.
Creemos que el futuro de la disciplina dependerá de su capacidad para ayudarnos a volver a pertenecer: a una comunidad, a un paisaje, a un clima y a una memoria de la que no hemos dejado de formar parte. El futuro no se construirá sobre un vacío, se construirá sobre aquello que seamos capaces de reconocer, cuidar y transformar.




