
El arquitecto Manuel Costoya, fundador y director de proyectos del estudio MCEA Arquitectura y certificado Passivhaus Designer, analiza, el impacto de la industrialización, el diseño climático pasivo y la necesidad de evitar la homogeneización formal en la edificación contemporánea.
Este texto forma parte de «Horizontes Abiertos», una serie de publicaciones comisariada por Luis Sans Llopis para Construnews que aprovecha el periodo estival para invitar a destacados arquitectos e intelectuales a compartir su visión teórica sobre el presente y futuro de la disciplina. Pensada para disfrutarse con calma durante el verano, la iniciativa trasciende la mera descripción de proyectos para ofrecer una mirada holística, panóptica y profunda que pone en el centro la reflexión personal sobre la tecnología, la filosofía del oficio, las dinámicas socioambientales y la escala humana.
LA INCERTIDUMBRE COMO MATERIAL DE CONSTRUCCIÓN
En una visión rápida del panorama construido actual, podemos constatar que una parte de la arquitectura reciente parece haber recuperado la forma como criterio de partida del proyecto arquitectónico. Antes de conocer con precisión el lugar, el clima, el programa o la manera de habitar, el edificio ya dispone de una imagen reconocible y exportable a cualquier punto de nuestra geografía. La arquitectura como medio de aprovechamiento de las condiciones del entorno desaparece y las ciudades se homogenizan, eliminando el valor de lo local.
El debate surgido en medios generalistas en torno a los llamados bloques cebra resulta significativo. El término se ha utilizado para describir promociones residenciales de franjas blancas y oscuras repetidas en ciudades y contextos muy distintos. Más allá de una determinada combinación cromática, su interés reside en que ha puesto de manifiesto el riesgo de convertir la arquitectura en un producto visual previamente definido, reconocible y fácilmente reproducible con independencia del lugar en el que se implanta.
La crítica no debería dirigirse exclusivamente contra una estética concreta más o menos contemporánea. El problema reside en que la forma deja de ser la consecuencia del proyecto y pasa a convertirse en su principal condición de partida, obviando en gran medida los condicionantes específicos de cada proyecto, de cada ubicación o de cada climatología. Cuando esto ocurre, el lugar, la orientación, el clima, la construcción o las necesidades de los usuarios corren el riesgo de quedar subordinados a una imagen decidida de antemano.
Dentro de cien años, cuando se estudie la edificación de nuestro tiempo, la irrupción de la construcción offsite y la modulación marcará un hito fundamental en la historia urbana
A este proceso de homogenización tan extendido e implantado ya en nuestra geografía, consideramos necesario confrontar una forma de trabajar que parte de una posición claramente no formalista, entendiendo este término no como una renuncia a la forma, tan inherente a la propia arquitectura, sino como el rechazo a establecerla previamente como objetivo del proyecto. No consideramos irrelevante la imagen final del edificio; simplemente tratamos de no anticiparla.
Entendemos el proyecto como un proceso en el que la forma aparece al resolver de manera simultánea el programa, la economía, la construcción, la eficiencia energética, el mantenimiento y la relación con el entorno. La identidad del edificio no se busca mediante un gesto autónomo, sino que surge como consecuencia de la precisión con la que se organizan todas esas decisiones. Lo constante no es una estética determinada, sino el método mediante el que cada proyecto encuentra su propia respuesta.
A esta posición se añade otra cuestión de peso creciente: la voluntad de no cerrar completamente la forma en la fase de proyecto.
Frente a una arquitectura concebida como una imagen fija, nos interesan los edificios capaces de admitir distintos estados. Podríamos hablar de una forma inconclusa, aunque no en el sentido de una construcción inacabada, sino de una arquitectura que deja una parte de su configuración en manos de otros agentes distintos al proyectista: los usuarios, la luz, las sombras, el clima o las estaciones.
La incertidumbre a la que hacemos referencia no debe entenderse como una falta de definición del proyecto. Muy al contrario, exige una definición todavía más precisa. Consiste en asumir que determinadas condiciones no pueden, ni probablemente deban, quedar completamente determinadas durante la fase de proyecto. Si asumimos eso, quizás estemos también asumiendo inconscientemente una renuncia al ego del arquitecto que proyecta formas perfectas e inmutables que se sitúan por encima de sus contextos.
Dentro de cien años, cuando se estudie la edificación de nuestro tiempo, la irrupción de la construcción offsite y la modulación marcará un hito fundamental en la historia urbana
El arquitecto no determina todas las imágenes posibles del edificio. Proyecta las reglas que permiten que esas imágenes cambien sin que el conjunto pierda su identidad.
Esta idea puede materializarse de formas muy distintas. En algunos proyectos es el usuario quien completa la arquitectura; en otros es la luz, el clima o la propia variación de las estaciones.
La reconstrucción del RESIDENCIAL SAN MATEO, en Lorca, fue uno de los primeros proyectos en los que tratamos de incorporar al proyecto esta idea de forma explícita. El edificio debía devolver sus viviendas a 96 propietarios que ya habían habitado el conjunto demolido tras el terremoto de 2011.
El proceso de proyecto colaborativo desarrollado con ellos incorporó sus experiencias y su forma de habitar el edificio pre-existente durante tantos años, dando lugar a la definición de 45 tipologías de viviendas diferentes. La cuestión que surgió entonces fue si esa capacidad de intervención de los habitantes, esa libertad de decidir individualmente dentro del conjunto, debía terminar en el proyecto o si debía prolongarse más allá en el tiempo. Nuestra respuesta fue que la voluntad individual que había sido recogida e introducida en la fase de proyecto debía extenderse y hacerse visible durante toda la vida útil del edificio.
Por ello, el sistema de contraventanas plegables que proyectamos en la fachada trataba de trasladar esa diversidad a la imagen del edificio. La fachada se concibe como un lienzo en blanco, liso, sin sombras, en el que cada habitante puede modificar libremente su porción de fachada según sus necesidades de privacidad, el uso que le diesen a las estancias, la incidencia solar, la temperatura…, buscando con ello una imagen del edificio en permanente cambio en la que la imagen colectiva es modificada por la voluntad individual de cada uno de los habitantes.
Esta reflexión encontró una nueva interpretación en el proyecto del CENTRO DEPORTIVO ES PUIG D’EN VALLS, en Ibiza. En este caso, el agente que completa la arquitectura o que opera con el sistema no es principalmente el usuario, como en el caso del Residencial San Mateo, sino la luz.
La intervención solicitada consistía en cubrir unas pistas deportivas exteriores que habían sido utilizadas durante mucho tiempo en esa misma ubicación. A ese encargo se añadió un matiz importante: la intervención a realizar debería hacerse conservando las características de la práctica deportiva al aire libre que se había realizado allí durante tantos años. Por ello, consideramos que el elemento que debía dar continuidad a esa transición hacia un edificio cerrado debían ser los intensos matices cromáticos de la luz de la isla. Para ello, concebimos el edificio como una caja de resonancia en la que un sistema compuesto de celosías de ladrillo blanco cálido que tamizan la luz, el pavimento del color azul tan presente en el paisaje balear y una cubierta interior reflectante produjese un cambio cromático continuo en el espacio desde los tonos más cálidos a los más fríos según la hora del día.
La construcción permanece estable, pero el espacio interior modifica continuamente su color, su profundidad y su percepción. La envolvente no se limita a cerrar: actúa como un filtro que permite que el paso del tiempo siga siendo perceptible dentro del edificio, tratando de aproximar la experiencia del usuario a la práctica deportiva en un espacio exterior.
En el PABELLÓN MUNICIPAL DE DEPORTES DE SAN VICENTE DEL RASPEIG, la transformación de la forma, o de su percepción, se produce mediante la superposición de dos geometrías en las hojas de fachada: un rayado horizontal exterior y un damero interior.
Según la relación entre la iluminación exterior, la luz de los espacios interiores y la posición del observador, ambas tramas se superponen, con mayor intensidad de una u otra, cambiando con ello la composición de sus fachadas. No existe movimiento físico de ninguno de los elementos constructivos que componen la edificación, pero tampoco una percepción única del edificio, sino un sistema en permanente cambio de composición y de color según los condicionantes de luz y de la posición del espectador.
El proyecto de las 138 VIVIENDAS promovido por Grupo Lar y Praemia Reims en la ciudad de Murcia trasladó esta reflexión a los criterios y a la lógica de una promoción inmobiliaria actual.
En este caso, la fuerte penalización solar de las fachadas con orientación este y oeste nos llevó a concluir que las protecciones solares del edificio debían representar el mecanismo de actuación que permitiese introducir la capacidad de transformación explorada en los proyectos anteriores. Para ello, decidimos organizar la envolvente en tres planos bien diferenciados: la envolvente térmica del edificio, constituido por un plano blanco sin texturas; una segunda piel de protecciones solares móviles verticales, más eficientes frente a orientaciones este y oeste; y un plano horizontal en cada una de las plantas formado por terrazas y celosías prefabricadas de hormigón.
En este caso, la composición de las fachadas cambia por la combinación de dos variables: el recorrido del sol, que modifica la composición de las sombras proyectadas sobre la envolvente térmica, pero también por la posición que cada usuario da a las protecciones solares, de un modo similar a la forma en la que ya habíamos proyectado en el Residencial San Mateo. De esta forma, el sistema proyectado no surge como un sistema artificial ajeno a los condicionantes del entorno, sino que busca que la adaptación a las condiciones cambiantes presentes en él, se convierta en el hilo conductor de las modificaciones que se introducen en la composición de sus fachadas, tratando con ello de reducir la radiación solar y mejorar el grado de privacidad de las viviendas y sus terrazas. La imagen no es autónoma respecto al comportamiento ambiental de la fachada: es una consecuencia directa de él, y su adaptación y modificación se convierte en el elemento de singularización de este edificio respecto a los que se sitúan en su entorno.
Hablar de una forma inconclusa no significa renunciar al control. Exige, en realidad, un control mayor. Para que un edificio pueda admitir variaciones sin perder su coherencia, es necesario definir con precisión los límites de esas transformaciones, su funcionamiento constructivo, su mantenimiento y su incidencia energética. La apertura de su forma a modificaciones no definidas en proyecto no procede de la indeterminación, sino del establecimiento de reglas claras capaces de incorporar aquello que el proyecto no puede ni debe fijar completamente.
Pero tampoco buscamos que los edificios cambien por el simple hecho de cambiar. En todos estos proyectos, la transformación constituye la manifestación visible de su relación con el contexto. El usuario modifica la fachada porque cambian sus necesidades; las protecciones solares se desplazan porque varía la radiación; la luz transforma el espacio porque cambia a lo largo del día; la percepción de la envolvente se altera según la iluminación y la posición del observador. La arquitectura no permanece ajena a esas condiciones, sino que se configura para recibirlas y responder a ellas, haciendo visible su relación y vinculación al contexto en el que se sitúa.
Frente a una forma predeterminada, capaz de reproducirse sin apenas modificaciones en lugares, climas y situaciones sociales diferentes, proponemos una arquitectura cuya imagen no pueda separarse completamente de las condiciones que la rodean. No se trata únicamente de que cada proyecto encuentre una respuesta específica durante su diseño, sino de permitir que el entorno siga proyectando el edificio después de terminada la obra.
Dentro de cien años, cuando se estudie la edificación de nuestro tiempo, la irrupción de la construcción offsite y la modulación marcará un hito fundamental en la historia urbana
Quizá una arquitectura verdaderamente vinculada a su contexto deba asumir esta doble renuncia: no anticipar completamente su forma al inicio del proyecto y no agotarla completamente al finalizar la construcción. Construimos aquello que debe permanecer. Dejamos que el tiempo complete aquello que necesariamente debe cambiar.





