Martín Lejarraga y José Botí de Martín Lejarraga Oficina de Arquitectura, analizan la analogía del cangrejo ermitaño para cuestionar la dependencia de la obra nueva y la hipertecnificación de la edificación contemporánea.
Este texto forma parte de «Horizontes Abiertos», una serie de publicaciones comisariada por Luis Sans Llopis para Construnews que aprovecha el periodo estival para invitar a destacados arquitectos e intelectuales a compartir su visión teórica sobre el presente y futuro de la disciplina. Pensada para disfrutarse con calma durante el verano, la iniciativa trasciende la mera descripción de proyectos para ofrecer una mirada holística, panóptica y profunda que pone en el centro la reflexión personal sobre la tecnología, la filosofía del oficio, las dinámicas socioambientales y la escala humana.

Mediante intervenciones como la Casa F y Villa Flori en el barrio de Ciudad Jardín en Cartagena, el autor propone rehabilitar desde el reconocimiento del potencial material, la memoria de lo construido y las estrategias climáticas mediterráneas.
La lección del cangrejo ermitaño
Hay un animal capaz de explicar, mejor que muchos tratados, uno de los desafíos más importantes de la arquitectura contemporánea. El cangrejo ermitaño nunca construye su propia casa. Cuando necesita un nuevo refugio, busca uno abandonado y lo hace suyo. Durante siglos fueron conchas vacías; hoy también pueden ser botellas, latas o cualquier otro objeto que el ser humano ha dejado atrás. Su inteligencia no consiste en fabricar una vivienda mejor, sino en reconocer cuándo una existente todavía puede seguir siéndolo.
Quizá la arquitectura haya dedicado demasiado tiempo a hacer justo lo contrario.
Durante décadas hemos asociado el progreso a construir más: más superficie, en más edificios, con más materiales, reclamando más consumo. La obra nueva se convirtió en la expresión más visible del éxito profesional, mientras que intervenir sobre lo existente parecía una disciplina menor, casi una renuncia. Sin embargo, el contexto en el que ejercemos la profesión ha cambiado profundamente. El problema ya no es cómo ocupar un territorio vacío, sino cómo seguir habitando un mundo que, en gran medida, ya ha sido antropizado.
España posee uno de los parques edificados más envejecidos de Europa. Miles de edificios necesitan adaptarse a nuevas formas de vida, mejorar su comportamiento energético o recuperar unas condiciones básicas de accesibilidad. Pero reducir la rehabilitación a un problema técnico sería desaprovechar una oportunidad mucho mayor. La cuestión no es únicamente cómo reparar edificios viejos, sino aprender a mirarlos de otra manera.
Cada edificio existente contiene una enorme cantidad de energía, materiales, tiempo, memoria e identidad. Demoler para empezar desde cero debería ser siempre la última opción. Antes conviene hacerse una pregunta mucho más sencilla: ¿qué merece permanecer? Desde nuestra experiencia hemos descubierto que los proyectos más interesantes comienzan precisamente cuando dejamos de pensar en lo que podemos añadir y empezamos a comprender todo aquello que ya está presente. No se trata de conservar por nostalgia, sino de reconocer el potencial de una arquitectura que todavía tiene cosas que ofrecer.
La Casa F, en el barrio de Ciudad Jardín de Cartagena, nació desde esa actitud. La vivienda conservaba la envolvente tradicional que caracteriza al barrio: una casa de dos alturas entre medianeras cuya imagen forma parte de la memoria colectiva del lugar, preservada por la catalogación urbanística y la protección asociada. El proyecto no pretendía sustituirla por una nueva pieza de arquitectura contemporánea, sino aceptar sus reglas y reinterpretarlas.
Durante décadas hemos construido edificios como quien fabrica un abrigo cada vez más grueso. Capas y más capas de aislamiento, membranas, barreras y sistemas destinados a separar completamente el interior del exterior. Arquitecturas extraordinariamente eficientes sobre el papel, pero incapaces de respirar por sí mismas. Edificios que necesitan permanecer continuamente conectados a una máquina que caliente, enfríe, ventile o renueve el aire para alcanzar unas condiciones de confort que antes dependían, en gran medida, de la propia arquitectura. Como si lleváramos un abrigo de alta montaña durante todo el año: perfectamente aislados del clima, pero incapaces de quitárnoslo.
La cultura mediterránea entendía el confort de otra manera. No pretendía eliminar el clima, sino convivir con él. El proyecto era, en sí mismo, la principal instalación del edificio. Orientación, sombra, patios, ventilación cruzada, muros capaces de gestionar el frescor de la noche o de proteger del calor del verano componían una inteligencia constructiva desarrollada durante siglos. Nuestros abuelos no construían así por conciencia ambiental; construían así porque era la forma más sensata de habitar este clima. La tecnología no desaparecía, simplemente ocupaba el lugar que le correspondía: complementar a la arquitectura, no sustituirla. Quizá a lo largo de estos últimos tiempos la innovación se ha convertido en dependencia. En ocasiones, avanzar consiste en recuperar una inteligencia que nunca debimos dejar atrás.
Villa Flori recupera esa manera de pensar. La antigua sucesión de pequeñas habitaciones conectadas mediante estrechos pasillos desaparece para dar lugar a un único espacio común de doble altura situado entre los dos patios, orientados a Norte y Sur). El aire, la luz y la ventilación vuelven a convertirse en materiales de proyecto. La casa no incorpora soluciones innovadoras o especialmente tecnológicas; simplemente deja que la arquitectura vuelva a hacer aquello que siempre supo hacer.
La renovación exterior responde a la misma lógica. No se introducen materiales ajenos al barrio ni un lenguaje completamente nuevo. La fachada vuelve a construirse con mortero, como tantas otras de Ciudad Jardín. Sin embargo, ese mismo revoco se reinterpreta mediante la aplicación de un esgrafiado floral que habla de quienes la habitan: dos hermanas floristas cuya vida siempre ha estado ligada a las plantas y a las flores. La arquitectura deja entonces de ser un objeto genérico para convertirse en un retrato. Habla un lenguaje nuevo utilizando exactamente las mismas palabras.
Quizá esa sea una de las funciones más olvidadas de la arquitectura.
Durante años hemos perfeccionado sistemas capaces de producir edificios cada vez más eficientes y más rápidos de construir. Sin embargo, al recorrer muchas promociones recientes, resulta difícil distinguir unas de otras. Cambian las ciudades, cambian los promotores y cambian los países, pero la arquitectura parece hablar siempre con la misma voz. Barrios enteros se construyen a partir de modelos repetidos hasta el infinito, donde la identidad del lugar y de quienes los habitan queda reducida a un catálogo de acabados.
El cangrejo ermitaño nunca ocupa dos refugios iguales. Cada nueva casa posee una forma, una historia y unas posibilidades distintas. Su inteligencia consiste precisamente en entender que no existe una solución universal.
Quizá esa sea también la diferencia entre construir edificios y hacer arquitectura.
La sostenibilidad suele medirse en emisiones, consumos o porcentajes de materiales reciclados. Todos esos indicadores son necesarios, pero ninguno resulta suficiente. La arquitectura también debería medirse por su capacidad para permanecer. Un edificio que sigue siendo útil durante décadas evita ser sustituido. Uno capaz de adaptarse a nuevos usos evita consumir nuevos recursos. No ocupamos un edificio porque sea antiguo. Lo ocupamos porque todavía contiene energía, materia, memoria e identidad. Porque todavía puede sostener nuevas historias.
Quizá el residuo no sea aquello que ha agotado su ciclo y ha perdido todo valor, sino aquello cuyo potencial de seguir siendo útil aún no hemos aprendido a reconocer. El cangrejo ermitaño nunca busca la concha perfecta. Busca aquella que puede llegar a hacer suya.




