Frente a un panorama dominado tradicionalmente por la forma, la técnica y la eficiencia, la edificación actual afronta el reto de acompañar y acoger a la ciudadanía. En esta tribuna, la arquitecta Benedetta Tagliabue detalla cómo proyectar espacios desde la atención, el valor de la circularidad material e intervenciones clave como el Mercado de Santa Caterina o el Centro Kálida Sant Pau.
Este texto forma parte de «Horizontes Abiertos», una serie de publicaciones comisariada por Luis Sans Llopis para Construnews que aprovecha el periodo estival para invitar a destacados arquitectos e intelectuales a compartir su visión teórica sobre el presente y futuro de la disciplina. Pensada para disfrutarse con calma durante el verano, la iniciativa trasciende la mera descripción de proyectos para ofrecer una mirada holística, panóptica y profunda que pone en el centro la reflexión personal sobre la tecnología, la filosofía del oficio, las dinámicas socioambientales y la escala humana.
Construir entornos de cuidado
Creo que la arquitectura puede cuidar. No puede resolver por sí sola las fragilidades de una sociedad, pero puede contribuir a que la vida cotidiana sea más digna y más compartida. A veces, el cuidado empieza con un gesto sencillo: ofrecer sombra, silencio, orientación, un lugar donde sentarse o una mesa alrededor de la cual hablar.
Durante mucho tiempo, la arquitectura se ha explicado a través de la forma, la técnica o la eficiencia. Todo ello sigue siendo importante, aunque hoy debemos preguntarnos también cómo acompaña un edificio, cómo acoge una plaza y cómo puede una ciudad evitar que las personas se sientan excluidas o perdidas. En un contexto marcado por la crisis climática, la soledad urbana y una creciente sensación de vulnerabilidad, proyectar significa también prestar atención.
La arquitectura no puede resolver por sí sola las fragilidades de una sociedad, pero puede contribuir a que la vida cotidiana sea más digna y compartida
Cuidar un lugar empieza por escuchar lo que ya existe y reconocer las memorias, los usos y las relaciones que le dan vida. Cuando trabajamos en el Mercado de Santa Caterina, queríamos ayudar a que continuara siendo el corazón cotidiano del barrio. La nueva cubierta debía proteger y, al mismo tiempo, expresar la energía de todo lo que sucedía debajo. Buscábamos dar continuidad al pasado y abrirlo a una nueva etapa. Años después, el valor del proyecto se reconoce en que el mercado continúa siendo un lugar de encuentro y sigue perteneciendo al barrio.
En el Centro Kálida Sant Pau, esta idea adquirió una dimensión más íntima. El edificio acompaña a personas que atraviesan un tratamiento oncológico y a sus familias. Queríamos crear una casa abierta y luminosa, alejada del ambiente habitual de un espacio médico, donde fuera posible sentarse, conversar o simplemente preparar un té. La arquitectura no podía ni pretendía curar una enfermedad; aspiraba a reducir la sensación de aislamiento, sostener el ánimo y ofrecer cercanía cuando más se necesita.
Santa Caterina y Kálida responden a escalas y programas diferentes, aunque comparten una misma pregunta: ¿cómo puede el espacio ayudarnos a sentir que formamos parte de algo? Una ciudad que cuida necesita viviendas dignas, mercados, jardines, estaciones, escuelas y plazas capaces de generar vínculos. El espacio público puede entenderse como una extensión de la casa: un territorio compartido en el que también podamos sentirnos acogidos.
Trabajar con papel, madera, cerámica o tejidos nos recuerda que cada decisión constructiva tiene consecuencias ambientales y humanas
El cuidado alcanza igualmente a la materia y a la manera de construir. Elegir materiales cálidos, naturales o reutilizables va mucho más allá de una decisión estética. Los materiales se tocan, envejecen, guardan memoria y condicionan la forma en que se vive un espacio. Trabajar con papel, madera, cerámica o tejidos nos recuerda que la arquitectura comienza en el contacto entre los cuerpos y la materia, y que cada decisión constructiva tiene consecuencias ambientales y humanas.
En The Architecture of Virtual Water trabajamos con papel de filtro recuperado y madera natural para crear una estructura ligera, plegable y desmontable. La posibilidad de transportarla, abrirla como un acordeón, o como un gran libro, y reutilizarla después formaba parte del proyecto desde el principio. La circularidad estaba presente en la propia manera de pensar la instalación: transformar con cuidado y permitir que los materiales tuvieran más de una vida. Así, el pabellón pudo viajar desde la Bienal de Venecia hasta la Roca Barcelona Gallery y establecer, en cada lugar, una nueva relación con el público.
La instalación investigaba el agua invisible y, al mismo tiempo, reunía distintas formas de conocimiento: la investigación científica, el trabajo artesanal, la experimentación digital y la inteligencia colectiva. La tecnología amplía el campo de lo posible, mientras que la intención y la responsabilidad del proyecto continúan siendo humanas. La cuestión no reside únicamente en aquello que somos capaces de producir. También debemos preguntarnos qué merece ser construido, qué recursos requiere y qué formas de vida puede favorecer.
Una habitación puede encontrar un segundo uso, un jardín puede crecer de una forma inesperada y una comunidad puede apropiarse de un patio o de una plaza. Las necesidades se transforman y las personas continúan el proyecto. Cuando la arquitectura admite estas variaciones, deja de ser un resultado cerrado y se convierte en un marco abierto para la vida.
Cuando la arquitectura admite variaciones, deja de ser un resultado cerrado y se convierte en un marco abierto para la vida
Por eso, construir entornos de cuidado significa, para mí, crear lugares que protejan, ofrezcan belleza y hagan más fácil estar juntos. Es una arquitectura consciente de que cada proyecto pasa a formar parte de una red de relaciones humanas, materiales y ambientales. En su mejor versión, la arquitectura puede ayudarnos a sentir que pertenecemos a algún lugar. Puede hacer que el mundo, pese a su complejidad, se parezca un poco más a un hogar compartido, casi de familia.






