El arquitecto André de Sá Moreira, especialista en la experiencia digital de espacios históricos y proyectista en la firma Histovery, reflexiona sobre el impacto del incendio de la catedral de Notre-Dame de París en 2019 y cómo la tecnología HistoPad permite articular una respuesta rigurosa, ética y pedagógica ante la fragilidad de la edificación patrimonial.
Este texto forma parte de «Horizontes Abiertos», una serie de publicaciones comisariada por Luis Sans Llopis para Construnews que aprovecha el periodo estival para invitar a destacados arquitectos e intelectuales a compartir su visión teórica sobre el presente y futuro de la disciplina. Pensada para disfrutarse con calma durante el verano, la iniciativa trasciende la mera descripción de proyectos para ofrecer una mirada holística, panóptica y profunda que pone en el centro la reflexión personal sobre la tecnología, la filosofía del oficio, las dinámicas socioambientales y la escala humana.
El arquitecto como guardián de la memoria
Hay un instante, en la noche del 15 de abril de 2019, que no he dejado de pensar desde entonces. Frente a las pantallas que retransmitían el incendio de Notre-Dame, millones de personas descubrieron algo que quienes trabajamos con el patrimonio sabíamos desde hacía tiempo, aunque rara vez lo decíamos en voz alta: un edificio no es solo piedra, plomo y madera. Es memoria acumulada, es tiempo hecho materia. Y esa memoria, por sólida que parezca, es también extraordinariamente frágil. Bastaron unas horas para que ochocientos sesenta años de historia estuvieran a punto de desaparecer.
Me formé como arquitecto en la Escuela de Versalles, un lugar donde la disciplina se enseña, inevitablemente, mirando hacia atrás: hacia los órdenes clásicos, hacia las proporciones que Le Vau y Mansart discutían con los jardineros de Le Nôtre, hacia una idea de la arquitectura como diálogo entre generaciones que nunca se conocieron, pero que, de algún modo, siguen conversando a través de los muros. Y no solo con los clásicos: nuestra disciplina tiene también su propio santoral moderno, al que rezamos con una devoción que rara vez nos atrevemos a llamar por su nombre. Citamos a Mies van der Rohe: «Menos es más» con la misma solemnidad con que un monaguillo recita el catecismo; tratamos el Modulor de Le Corbusier como si fuera tabla de la ley bajada del Sinaí, y en cualquier escuela de arquitectura basta pronunciar «Gaudí» o «Ronchamp» para que se haga un silencio casi litúrgico. Los arquitectos, tan orgullosos de nuestro racionalismo, hemos construido con esmero nuestra propia iconografía sagrada: solo que, en vez de santos, canonizamos sillas. Esa formación me dejó una certeza que ha guiado buena parte de mi trabajo desde entonces: el arquitecto no proyecta solo espacio, proyecta también tiempo. Cada intervención sobre un edificio existente es, en el fondo, una negociación con quienes vinieron antes y con quienes vendrán después.
Cuando empecé a trabajar en Histovery, hace ya varios años, muchos colegas me miraron con una mezcla de curiosidad y escepticismo. ¿Qué hacía un arquitecto diseñando experiencias de realidad aumentada para museos y monumentos? ¿No era eso, en el mejor de los casos, una curiosidad tecnológica ajena a la verdadera disciplina, y en el peor, una forma de banalizar el patrimonio convirtiéndolo en espectáculo? Confieso que yo mismo me hice esa pregunta muchas veces. Pero cuanto más avanzaba en este camino, más se me revelaba una paradoja que hoy considero central para entender el oficio: en un mundo donde la memoria material es cada vez más vulnerable, al fuego, al abandono, a la especulación, al propio paso del tiempo, la tecnología no es el enemigo de la autenticidad patrimonial. Puede ser, si se usa con rigor y humildad, su aliada más eficaz.
En un mundo donde la memoria material es cada vez más vulnerable al fuego, al abandono o a la especulación, la tecnología no es el enemigo de la autenticidad patrimonial, sino su aliada más eficaz
El HistoPad, la tableta de realidad aumentada que desarrollamos en Histovery, nació de una convicción sencilla: que un visitante que camina hoy por un palacio, una catedral o unas ruinas no necesita solamente información, necesita viajar en el tiempo, necesita presenciar los hechos y sentir la historia. Necesita sentir, aunque sea durante unos segundos, que las salas vacías vuelven a habitarse, que los andamios de un chantier en construcción se llenan de canteros y carpinteros, que una estancia despojada por el tiempo recupera sus tapices, su mobiliario, su luz. No se trata de sustituir la piedra original por una ficción digital, sino de devolverle al visitante la capacidad de imaginar lo que la piedra, por sí sola, ya no puede contarle. La tecnología, en este sentido, no compite con la arquitectura: la completa. Actúa como una prótesis de la memoria en un mundo que ha perdido buena parte de su capacidad de leer los edificios como documentos históricos.
Cuando participé en el proyecto de la exposición itinerante sobre Notre-Dame de París, esta convicción se puso a prueba de una manera que no había experimentado antes. Desde entonces, la exposición ha viajado por quince capitales de todo el mundo, incluyendo Madrid, y en cada ciudad he podido comprobar que la fascinación por Notre-Dame no conoce fronteras ni idiomas. Se trataba de reconstruir digitalmente, con el máximo rigor científico posible, ochocientos sesenta años de transformaciones de la catedral: las fases medievales, las intervenciones de Viollet-le-Duc en el siglo XIX, los grandes acontecimientos históricos que había acogido su nave, desde la coronación de Napoleón hasta el Te Deum por la Liberación de París, los ecos del incendio, la reconstrucción en curso. Trabajar codo con codo con historiadores del arte, arqueólogos, comités científicos y equipos de modelado 3D me enseñó algo que ninguna clase de proyectos me había enseñado: que reconstruir no es simplemente devolver una forma perdida, sino tomar decisiones profundamente éticas sobre qué versión del pasado merece ser contada, con qué grado de certeza, y con qué honestidad hacia lo que no sabemos. Cada reconstitución digital que hacíamos debía responder a la pregunta más incómoda de nuestra disciplina: ¿tenemos derecho a inventar lo que la historia no nos ha legado con precisión? La respuesta que fuimos construyendo, sesión tras sesión, comité tras comité, fue que sí, pero solo si se hace con la transparencia suficiente para que el visitante sepa distinguir entre el dato verificado y la hipótesis razonada. En Francia tenemos una expresión para esto, le devoir de mémoire, el deber de memoria: la idea de que transmitir el pasado con honestidad no es un ejercicio estético, sino una obligación moral hacia quienes vendrán. Esa disciplina de la verdad, aplicada al mundo digital, me parece hoy uno de los grandes retos éticos de la arquitectura contemporánea, mucho más allá de mi campo específico de trabajo.
Porque lo que Notre-Dame puso ante los ojos del mundo entero fue, en realidad, un dilema que atraviesa toda intervención sobre el patrimonio construido, desde la restauración de una fachada modesta hasta la reconstrucción de una catedral gótica: ¿reconstruimos para volver a como era, o reconstruimos para seguir siendo lo que somos? Viollet-le-Duc, con sus intervenciones tan admiradas como discutidas, ya se había hecho esta pregunta un siglo y medio antes, y su respuesta, restaurar no es reponer, sino restablecer un estado que quizá nunca existió tal cual, pero que resulta coherente con el espíritu del edificio, sigue resonando en cada decisión que tomamos hoy, ya sea con cincel o con software de fotogrametría. La tecnología no ha resuelto este dilema. Lo ha hecho más visible, más democrático y, me atrevo a decir, más honesto, porque permite mostrar simultáneamente varias hipótesis, varias capas temporales, sin necesidad de elegir una sola verdad congelada en piedra.
Reconstruir no es simplemente devolver una forma perdida, sino tomar decisiones profundamente éticas sobre qué versión del pasado merece ser contada y con qué grado de certeza.
Confieso que en este punto mis propias convicciones se dividen. Entiendo, y en gran medida comparto, la decisión de reconstruir la flecha de Viollet-le-Duc à l’identique: Notre-Dame es un símbolo colectivo, no un lienzo para la experimentación de turno, y ese gesto de continuidad ha tenido además la virtud de revivir oficios, canteros, carpinteros de armadura, plomeros de vidriera, que sin este proyecto habrían seguido desapareciendo. Pero como arquitecto no puedo evitar pensar que se perdió también algo. Las propuestas que imaginaban una aguja de cristal o una cubierta contemporánea fueron descartadas casi de inmediato, y con ellas la oportunidad de añadir, con honestidad, una capa más a un edificio que siempre fue un collage de épocas superpuestas. Reconstruirla exactamente igual la convierte, paradójicamente, en el único momento de su historia de ochocientos sesenta años en que la catedral deja de transformarse.
Esta experiencia me ha llevado a repensar el propio papel del arquitecto en el siglo XXI. Durante mucho tiempo, nuestra disciplina se definió, sobre todo, por la capacidad de proyectar hacia el futuro: nuevos programas, nuevos materiales, nuevas formas de habitar. Y sigue siendo así, por supuesto; el reto de la vivienda, la crisis climática, la transición energética y la regeneración urbana exigen toda nuestra capacidad de imaginación hacia delante. Pero creo que hay una dimensión del oficio que hemos descuidado, o que al menos yo había subestimado en mis primeros años de formación: la del arquitecto como guardián de la memoria, como traductor entre el pasado y las generaciones futuras. No me refiero solo a la restauración patrimonial en sentido estricto, sino a una sensibilidad más amplia: la de entender que todo edificio que construimos hoy será, dentro de cien o doscientos años, el patrimonio que alguien intentará explicar, proteger o reinterpretar. Proyectar con esa conciencia, pensando en cómo será leído nuestro trabajo por quienes ya no podrán preguntarnos directamente qué quisimos decir, cambia, y creo que mejora, la manera en que diseñamos.
Hay quien teme que la digitalización del patrimonio conduzca a una suerte de desmaterialización de la experiencia, a sustituir la visita real por un simulacro cómodo desde el sofá. He escuchado esa crítica muchas veces y la entiendo, pero mi experiencia me dice lo contrario. Cada proyecto de realidad aumentada en el que he trabajado ha tenido, paradójicamente, el efecto de devolver a la gente las ganas de estar físicamente en el lugar, de tocar la piedra fría de una nave gótica sabiendo, gracias a la tableta que llevan en la mano, todo lo que esa piedra ha atravesado. La tecnología bien empleada no aleja del monumento: lo hace más legible, y por tanto, más amado. Y lo que se ama, se protege mejor. En un momento en que tantos monumentos en el mundo, desde catedrales europeas hasta yacimientos arqueológicos en zonas de conflicto, sufren negligencia, abandono o destrucción deliberada, esta capacidad de generar afecto hacia el patrimonio a través de nuevas herramientas no me parece un lujo estético, sino una necesidad urgente.
Volviendo a esa noche de abril, frente a las llamas, recuerdo haber pensado con una angustia muy concreta que estábamos perdiendo no solo un edificio extraordinario, sino un trozo de vida irremplazable de ochocientos sesenta años de saber constructivo, de decisiones tomadas por generaciones de canteros, carpinteros, vidrieros y arquitectos que ya no podían defender su obra. Meses después, trabajando en la reconstrucción digital de esa misma catedral, entendí que nuestra responsabilidad como arquitectos no termina cuando entregamos un proyecto. Continúa, de manera silenciosa pero constante, en la forma en que depositamos materia tangible sobre un planeta que, poco a poco, se va llenando de lo que construimos, en la manera en que dejamos rastro legible de nuestras decisiones, en la voluntad de que quienes vengan después de nosotros, dentro de cincuenta, cien o quinientos años, puedan reconstruir no solo la forma de nuestros edificios, sino también las razones que nos llevaron a levantarlos así.
Cada decisión constructiva depositada sobre un planeta que se llena de lo edificado debe dejar un rastro legible de sus razones para quien venga después.
Voilà, quizá, el verdadero oficio, despojado de solemnidad: no tanto construir templos para la posteridad como dejar, simplemente, las cuentas claras para quien venga después. Ese es un horizonte abierto: ni guardianes ni sacerdotes de nada, solo gente de oficio que construye sabiendo que alguien, algún día, se preguntará por qué lo hizo así.





