Construir con madera: una reflexión más allá de los argumentos

La arquitectura del siglo XXI tiene en la madera un aliado estratégico para reducir emisiones, rehabilitar ciudades y superar inercias del sector

El Dato
El uso de cemento y acero representa el 8 % de las emisiones globales de CO₂, frente al 3 % de la aviación.

En el número cero del World Wood Future Magazine, Vicente Guallart recordaba que el material del siglo XIX fue el acero, el del XX el hormigón, y el del XXI será la madera. Una afirmación con la que coincido plenamente, aunque no todo el mundo la comparte.

En una conversación, con un arquitecto reconocido cuestionaba esa previsión. Sus objeciones eran dos: no hay suficiente madera en el mundo para construir todos los edificios necesarios, y no es posible levantar rascacielos con madera. Curiosamente, no mencionó el argumento habitual de la vulnerabilidad al fuego.

Sin embargo, ambas afirmaciones se sostienen mal. Los expertos aseguran que solo con la madera disponible en Finlandia se podría cubrir la demanda de Europa, y los bosques tropicales podrían abastecer al resto del mundo. En cuanto a la altura, los récords se superan constantemente. De los edificios de nueve plantas que mostrábamos en clase hace unos años hemos pasado a torres en Canadá, Noruega o Japón, como el proyecto W350 en Tokio: 70 plantas y 350 metros de altura, con un 90 % de estructura de madera. El argumento ha quedado obsoleto.

Pero más allá de estos datos, lo fundamental es cuestionarse si estamos formulando bien las preguntas. Desde la perspectiva de la sostenibilidad, quizás debamos empezar por ahí.

¿Realmente necesitamos construir más?

En los últimos años, el debate sobre la necesidad de nueva vivienda en España ha cobrado fuerza. Aunque las 600.000 unidades anuales del boom inmobiliario resultaron claramente excesivas, hoy se manejan cifras en torno a las 200.000 nuevas viviendas al año, impulsadas por una demanda real: jóvenes que no pueden emanciparse, migración internacional y una creciente tensión en los mercados urbanos.

Sin embargo, esta necesidad no debe hacernos olvidar que una parte importante del parque edificatorio español es antiguo e ineficiente. Rehabilitar no solo mejora el confort y reduce la pobreza energética, sino que también es clave para alcanzar los objetivos de descarbonización del sector. La Unión Europea apuesta por ello, y España también ha empezado a movilizar recursos con este fin.

No se trata de elegir entre construir o rehabilitar, sino de equilibrar ambas estrategias. Construir lo necesario, donde sea más urgente, y transformar lo existente para un futuro más sostenible.

¿Y necesitamos rascacielos?

El segundo argumento sobre la imposibilidad de construir en altura con madera también merece una reflexión. Más allá de si es posible —que lo es—, la pregunta es: ¿tiene sentido construir rascacielos desde el punto de vista de la sostenibilidad? El arquitecto malasio Ken Yeang, pionero en los rascacielos verdes, reconocía que no lo son. El consumo energético necesario para mover personas y agua por su interior es descomunal. En ciudades como Singapur u Hong Kong, donde el crecimiento horizontal está limitado, puede haber cierta justificación. En nuestras latitudes, no.

Madera y fuego: un falso dilema

El recuerdo de incendios urbanos como el de Lisboa sigue alimentando el miedo a construir con madera. Pero las técnicas actuales no son las del pasado. La madera estructural moderna puede ofrecer resistencias al fuego superiores al acero, que se deforma con el calor. En el edificio barcelonés de La Fàbrica del Sol reforzamos una estructura de hierro con vigas de madera contralaminada, tras consultar con bomberos. Solo hay que sobredimensionar la sección para garantizar los 90 minutos reglamentarios de protección.

Un material aliado contra el cambio climático

El cemento y el acero son responsables del 8 % de las emisiones globales de CO₂, más del doble que la aviación (3 %). Los árboles, en cambio, absorben carbono y lo fijan durante décadas. Cada metro cúbico de madera utilizado en construcción es un pequeño depósito de CO₂ que contribuimos a preservar.

Más allá de los argumentos: percepciones e intereses

¿Por qué algunos defendemos la madera y otros la rechazan? ¿Qué influye en nuestra visión más allá de los intereses económicos? Dos lecturas recientes ayudan a entenderlo. El historiador Felipe Fernández-Armesto analiza cómo la imaginación moldea nuestras ideas desde la prehistoria. Por su parte, Naomi Oreskes y Erik M. Conway revelan cómo grupos de científicos manipularon deliberadamente el conocimiento para proteger intereses económicos, desde la industria tabacalera hasta los negacionistas del cambio climático.

No todo se explica por la corrupción. También influyen la psicología, las experiencias personales, la ideología o la manera en que los medios de comunicación presentan los debates. Quizás valga la pena preguntarnos qué nos ha llevado a defender determinadas ideas. Tal vez así encontremos consensos más sólidos y más justos para todos.

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