El arquitecto Luis Sans Llopis, curator de la serie estival ‘Horizontes Abiertos’ de Construnews y director de Luis Sans Arquitectura, examina la metamorfosis organizativa que atraviesa la edificación contemporánea. Tras la superación del tablero de dibujo y la consolidación de la metodología BIM y la inteligencia artificial, Sans plantea la progresiva extinción del estudio hipertrofiado en favor del ‘despacho-orquesta’, un modelo donde el profesional opera como integrador de tecnologías emergentes, datos y talento multidisciplinar distribuido.
Este texto forma parte de «Horizontes Abiertos», una serie de publicaciones comisariada por Luis Sans Llopis para Construnews que aprovecha el periodo estival para invitar a destacados arquitectos e intelectuales a compartir su visión teórica sobre el presente y futuro de la disciplina. Pensada para disfrutarse con calma durante el verano, la iniciativa trasciende la mera descripción de proyectos para ofrecer una mirada holística, panóptica y profunda que pone en el centro la reflexión personal sobre la tecnología, la filosofía del oficio, las dinámicas socioambientales y la escala humana.
DE LOS GRANDES DESPACHOS A LOS FUTUROS DESPACHOS-ORQUESTA
La evolución de una profesión que siempre ha sabido reinventarse
Hubo un tiempo en el que el prestigio de un estudio de arquitectura podía medirse por el número de tableros de dibujo alineados en una misma sala. Decenas de delineantes trabajaban simultáneamente sobre planos de papel vegetal, mientras arquitectos, calculistas y delineantes compartían un mismo espacio físico para resolver, casi artesanalmente, la complejidad de cada proyecto. Aquellos grandes despachos no eran únicamente una expresión de éxito profesional; eran, sobre todo, la respuesta lógica a las limitaciones tecnológicas de su tiempo.
Durante buena parte del siglo XX, proyectar un edificio significaba producir una enorme cantidad de documentación gráfica. Cada modificación implicaba redibujar plantas, secciones, alzados y detalles constructivos. La coordinación entre arquitectura, estructura e instalaciones dependía de largas jornadas de revisión y de la proximidad entre los distintos equipos. En ese contexto, crecer significaba contratar más personas. El tamaño del despacho era directamente proporcional a su capacidad de producción.
Sin embargo, pocas profesiones han experimentado una transformación tecnológica tan intensa como la arquitectura en apenas cuarenta años. La llegada del dibujo asistido por ordenador sustituyó el tablero por la pantalla, pero apenas alteró la estructura de los estudios. Más tarde, la metodología BIM cambió un paradigma que había permanecido prácticamente inalterado durante décadas: el edificio dejó de ser un conjunto de dibujos para convertirse en un modelo digital cargado de información. Los planos pasaron a ser una consecuencia del proyecto y no el proyecto en sí.
Hoy asistimos a una transformación todavía más profunda. La inteligencia artificial no representa únicamente una nueva herramienta de trabajo. Está modificando la naturaleza de muchas de las tareas que tradicionalmente definían la actividad del arquitecto. Redacta memorias, interpreta normativa, genera imágenes, optimiza soluciones constructivas, compara alternativas energéticas y automatiza procesos que hasta hace muy poco exigían horas de trabajo especializado. Sin embargo, reducir esta revolución a la aparición de nuevas herramientas sería un error.
La verdadera transformación no es tecnológica, es organizativa: el estudio hipertrofiado pasa de ser una garantía de capacidad a convertirse en una carga.
La historia demuestra que cada gran cambio tecnológico termina alterando la forma en que se organizan las profesiones. La máquina de vapor transformó la industria; Internet modificó el comercio y la comunicación; la inteligencia artificial está comenzando a redefinir cómo se produce conocimiento. La arquitectura no será una excepción.
Durante décadas, los despachos crecían incorporando nuevos departamentos y especialidades bajo un mismo techo. Era la única forma de gestionar la complejidad creciente de los proyectos. Pero cuando gran parte de la información puede producirse, compartirse y coordinarse en tiempo real desde cualquier lugar del mundo, esa estructura deja de ser una necesidad para convertirse, en muchos casos, en una carga.
Es aquí donde aparece un nuevo modelo que propongo denominar despacho-orquesta. La metáfora no es casual.
Durante mucho tiempo entendimos los estudios de arquitectura como fábricas de planos. El trabajo se organizaba de forma secuencial y jerárquica, donde cada departamento ejecutaba una parte del proceso. Una orquesta funciona de manera muy distinta. Ningún músico interpreta toda la obra por sí solo. Cada instrumento interviene cuando la partitura lo requiere y es el director quien consigue que todas esas contribuciones individuales se conviertan en una única pieza coherente.
El despacho-orquesta no necesita reunir permanentemente a todos los especialistas. Su fortaleza no reside en acumular recursos, sino en saber activarlos en el momento adecuado. Arquitectos, ingenieros, consultores energéticos, especialistas en fabricación digital, expertos en inteligencia artificial, economistas, sociólogos o programadores pueden participar en un mismo proyecto desde lugares diferentes, conectados por plataformas digitales y por un objetivo común.
La inteligencia artificial puede proponer soluciones, pero no comprende el contexto cultural de un lugar, la memoria de una ciudad ni el valor de un espacio bien concebido.
En este escenario, el arquitecto recupera una condición que siempre le ha pertenecido, aunque ahora adquiere una dimensión completamente nueva: la de integrador de conocimiento.
Su principal aportación ya no será producir toda la documentación del proyecto, sino formular las preguntas adecuadas, seleccionar a los colaboradores idóneos, interpretar información compleja, tomar decisiones y garantizar que todas las piezas del proceso respondan a una visión arquitectónica coherente.
Paradójicamente, cuanto más avanza la tecnología, más importante se vuelve el criterio humano.
La inteligencia artificial puede proponer soluciones, pero no comprende el contexto cultural de un lugar, la memoria de una ciudad, las aspiraciones de una comunidad o el valor intangible de un espacio bien concebido. Puede acelerar decisiones, pero difícilmente podrá sustituir la capacidad de otorgar significado a la arquitectura. Esta evolución también obligará a replantear el modelo económico de los estudios. Durante décadas, el crecimiento de un despacho se medía por el número de empleados, los metros cuadrados de oficina o la capacidad de producir documentación. En los próximos años, esos indicadores perderán relevancia frente a otros como la capacidad para coordinar talento distribuido, integrar tecnologías emergentes, construir redes de colaboración y generar valor mediante el conocimiento.
La transformación alcanzará igualmente a las escuelas de arquitectura. Resulta difícil imaginar que continúen formando profesionales para un modelo organizativo que comienza a desaparecer. Si el arquitecto del futuro será un director de sistemas complejos, la enseñanza deberá incorporar competencias relacionadas con la gestión interdisciplinar, la estrategia, la inteligencia artificial, el análisis de datos, la comunicación y el liderazgo, sin renunciar al pensamiento crítico ni a la cultura arquitectónica que siempre han definido la profesión. Quizá dentro de veinte años los estudiantes observen las fotografías de aquellos grandes despachos repletos de tableros de dibujo con la misma curiosidad con la que hoy contemplamos los talleres de los maestros constructores del siglo XIX. No porque fueran peores, sino porque respondían a un mundo distinto.
Cada época ha construido la arquitectura con las herramientas de las que disponía. El tablero dio paso al ordenador; el ordenador evolucionó hacia el modelo digital; el modelo digital comienza ahora a convivir con sistemas inteligentes capaces de colaborar en el proceso de proyecto. Pero la verdadera revolución no consiste en que una inteligencia artificial pueda diseñar un edificio. La verdadera revolución será la desaparición progresiva del despacho tradicional como modelo organizativo dominante y el nacimiento del despacho-orquesta: una estructura ligera, distribuida y profundamente conectada, donde el valor del arquitecto ya no se mide por la cantidad de información que produce, sino por su capacidad para dirigir, integrar y dar sentido al conocimiento colectivo.
La verdadera revolución no consiste en que una inteligencia artificial diseñe un edificio, sino en el nacimiento del despacho-orquesta como estructura ligera y conectada.
Quizá ese sea el verdadero reto de la arquitectura del siglo XXI. No aprender a competir con la inteligencia artificial, sino aprender a dirigir una nueva orquesta en la que personas, tecnología y creatividad interpreten, por primera vez, una misma partitura.






