Estandarizar el proceso, no la arquitectura

El diseño proyectual no se compromete al mover la fabricación de la estancia más compleja del edificio fuera del solar y coordinar dos obras en paralelo.

El Dato
Modulacción produce 94 baños industrializados en Dueñas para una obra en Mallorca, trasladados en transporte multimodal a lo largo de 1.000 km

La construcción industrializada avanza en España como respuesta a la falta de mano de obra cualificada, la presión sobre los plazos y la necesidad de un mayor control de ejecución. En este escenario, el baño se posiciona como la estancia más crítica del edificio por la alta densidad de oficios que concentra en apenas unos metros cuadrados. La propuesta de Modulacción, fabricante especializado con planta en Dueñas (Palencia), aborda este reto bajo una premisa técnica clara: estandarizar el proceso constructivo sin condicionar la libertad arquitectónica del proyectista.

Los baños industrializados no le piden al arquitecto que renuncie a su diseño, sino que colaboran en hacer que su diseño se ejecute con mayor precisión y control.  A cambio, el edificio se construye en dos obras que avanzan a la vez, una en fábrica y otra en el solar, y la estancia más compleja de la vivienda deja de resolverse a pie de tajo. Cuando se habla de industrializar la edificación ante un auditorio de arquitectos, hay una pregunta que aparece siempre, a veces en voz alta y casi siempre en la cabeza de quien escucha: ¿qué parte de mi proyecto voy a tener que ceder? Es una pregunta legítima. 

Durante décadas, prefabricar ha sido sinónimo de elegir dentro de un catálogo, de aceptar dimensiones que nadie había dibujado y de adaptar el edificio al sistema en lugar de hacerlo al revés. Buena parte del recelo que todavía despierta la construcción industrializada en los estudios procede de esa memoria.

En Modulacción, fabricante de baños industrializados, la respuesta cabe en una frase que el equipo de proyectos repite en cada sesión técnica con estudios, constructoras y promotoras: estandarizamos el proceso, no la arquitectura. Lo que se repite de forma industrial es la manera de construir el baño. Lo que el baño es, su distribución, su geometría, sus materiales y su lenguaje, sigue siendo decisión del proyectista.

Esa distinción, que sobre el papel parece un matiz, tiene consecuencias muy concretas sobre cómo se proyecta y cómo se construye. Y conecta con otra idea que interesa especialmente a quien dirige la obra: al sacar el baño del edificio, la obra se desdobla en dos.

El baño, la estancia más densa del edificio

Conviene empezar por el principio: por qué el baño. En muy pocos metros cuadrados se concentra casi todo lo que hace difícil una obra. Saneamiento con pendientes que no admite improvisación, fontanería de agua fría y caliente, electricidad en zona húmeda, ventilación, impermeabilización, refuerzos para sanitarios suspendidos, alicatados cuyo despiece tiene que cuadrar con los ejes de grifería y mecanismos, mamparas, accesorios y, cada vez más a menudo, exigencias de accesibilidad que no dejan margen en los círculos de giro ni en las alturas de uso.

En la obra convencional, todo eso lo ejecuta una sucesión de oficios que entran y salen del mismo recinto: albañil, fontanero, electricista, instalador de ventilación, impermeabilizador, alicatador, pintor, carpintero y montador de sanitarios. Cada uno trabaja sobre lo que dejó el anterior y hereda sus desviaciones. Un tabique movido un centímetro fuera de replanteo obliga a rehacer el despiece; un desagüe desplazado cambia la posición del plato; una caja de mecanismos mal nivelada rompe la modulación del azulejo. Ninguno de esos errores es grave por separado. El problema es que se acumulan, se repiten en cada unidad de un edificio plurifamiliar y se corrigen en la propia obra, con prisa y casi nunca con el arquitecto delante.

Ahí está la raíz del asunto. En muchas obras, una parte de la definición del baño no la hace el proyecto, la hace la ejecución. Los detalles llegan con un nivel próximo al anteproyecto y los encuentros se resuelven in situ, a menudo como hechos consumados que la dirección facultativa descubre en la siguiente visita. El resultado es conocido por cualquiera que haya dirigido una obra: baños que en plano son iguales y en obra no lo son, cambios sobre la marcha y un control del proceso limitado por definición, porque ese proceso está repartido entre demasiadas manos.

«En un baño de apenas unos metros cuadrados pueden llegar a intervenir ocho o nueve oficios distintos», explica Laura Fernández, CTO de Modulacción. «Cada uno hace bien su parte, pero nadie tiene una visión completa del conjunto. Además, en un proyecto convencional el baño rara vez se diseña y coordina al milímetro antes de empezar a construir. Y en un espacio tan pequeño, donde todo está relacionado y cada centímetro cuenta, una pequeña desviación condiciona al siguiente oficio, que a su vez condiciona al siguiente. Los errores se van concatenando y, muchas veces, no se detectan hasta que el baño está prácticamente terminado» 

Qué se estandariza en un baño industrializado

Industrializar el baño consiste en desplazar esa complejidad, las decisiones, la coordinación entre oficios y el control, desde la obra hacia un entorno de fabricación ordenado. Lo que viaja a la fábrica es la secuencia constructiva. El diseño se queda donde estaba.

En la planta de Modulacción, cada baño recorre una línea con un orden fijo: solera prefabricada y perfilería; instalaciones interiores; impermeabilización; revestimientos y acabados; y, por último, sanitarios y equipamiento. Cada estación añade valor y deja preparada la siguiente, y los controles de calidad forman parte del flujo en lugar de reservarse para el final. Esa secuencia es la misma para el baño de una promoción de vivienda asequible que para el de un hotel de categoría alta. Es precisamente esa repetición la que permite trabajar con holguras que en obra serían inasumibles, ajustar cada material al proyecto para reducir mermas y conseguir que el baño número cien mantenga los mismos criterios de ejecución y calidad que el primero.

El método bebe de la mejora continua de inspiración Kaizen y del pensamiento Lean, aplicados a un espacio muy acotado. Se estandariza el orden de las operaciones, los criterios de verificación, la documentación y la forma en que se comunican quienes intervienen. El objeto, en cambio, lo sigue definiendo cada proyecto.

Dicho de otro modo: la industria no le entrega al arquitecto un baño. Le ofrece una manera más precisa de construir el suyo.

Un traje a medida que se fabrica en serie

La imagen que mejor describe este planteamiento es la del sastre. No impone el corte: toma medidas, propone ajustes técnicos que mejoran la caída de la prenda y, una vez aprobado el patrón, lo reproduce con exactitud tantas veces como haga falta. En la edificación, donde un mismo tipo de baño puede repetirse decenas o cientos de veces en la misma obra, esa lógica encaja de forma natural.

El proceso arranca con la definición arquitectónica y las prestaciones establecidas por el proyectista. No se trata únicamente de definir la distribución, los materiales o los acabados del baño, sino de recoger todas las exigencias que debe cumplir: desde las derivadas del CTE y del resto de normativa aplicable hasta aquellas que el propio proyecto establezca por encima de los mínimos reglamentarios.

Hablamos, por ejemplo, de resistencia y reacción al fuego, aislamiento acústico, impermeabilización de suelos y paramentos, resbaladicidad, accesibilidad, ventilación, iluminación o de los propios requisitos de las instalaciones. Pero también de condicionantes que cada vez tienen más peso en los proyectos, como los derivados de certificaciones BREEAM, LEED o WELL, o de objetivos relacionados con la huella de carbono, el análisis de ciclo de vida, las DAP de los materiales, su contenido reciclado y reciclabilidad, las emisiones de COV, el consumo de agua o la reducción de residuos.

Con toda esa información como punto de partida, el equipo técnico de Modulacción desarrolla en BIM la arquitectura del baño y coordina las distintas instalaciones e ingenierías. Esa definición vuelve después al estudio de arquitectura para su revisión y aprobación. Solo cuando el proyectista la valida se desarrollan los planos de montaje por oficios que llegan a la línea de producción.

La aprobación del proyectista, por tanto, no es un trámite paralelo al proceso industrial: forma parte de él. Es una estación más de la secuencia y ninguna unidad pasa a fabricación sin haberla superado. 

Este punto merece subrayarse porque invierte la experiencia habitual. En la obra convencional, el arquitecto proyecta y después vigila cómo se interpreta su proyecto. En el proceso industrializado, proyecta y después valida el plano con el que se va a fabricar: Un documento que resuelve cada encuentro al milímetro, con tolerancias explícitas y sin nada pendiente de decidir en obra. La autoría no se diluye. Queda mejor protegida.

«Lo que fabricamos es el baño que ha diseñado el arquitecto», subraya Laura Fernández. «Nuestro trabajo consiste en traducir su proyecto a instrucciones de fábrica que no admiten interpretaciones, y en que sea el propio arquitecto el que las revise antes de que empecemos a producir».

El proyectista puede además incorporar los puntos de control específicos que considere necesarios, con la certificación que exija. Y, según el número de unidades, cabe trabajar sobre un baño piloto: un prototipo a escala real sobre el que revisar acabados, encuentros y ergonomía antes de lanzar la serie. Quien haya tenido que dar el visto bueno a un baño de muestra levantado a toda prisa en obra, con materiales provisionales y oficios que todavía no conocen el proyecto, entenderá la diferencia.

El proyecto más reciente de Modulacción ilustra hasta dónde llega ese margen. Para un edificio en Cala Millor (Mallorca), la compañía fabrica en Dueñas 94 baños con distintas configuraciones y acabados, revestimientos cerámicos de gran formato, que en obra exigen planeidades y replanteos muy exigentes, hornacinas e inodoros suspendidos y una red específica para recuperar el agua de duchas y lavabos. Esa agua, a través del sistema de tratamiento previsto en el edificio, se reutiliza después en las cisternas de los inodoros. Son decisiones del proyecto, no de la fábrica: entraron en el proceso como requisitos y quedaron resueltas en plano antes de producir la primera unidad.

Decidir antes, no decidir menos

El traje a medida tiene una condición, y conviene decirla con claridad: exige cerrar el diseño antes. Un pod de baño no admite que la obra termine de decidir aquello que condiciona su geometría y sus acabados. No se puede desplazar un desagüe cuando el módulo ya está fabricado, ni cambiar el formato del alicatado con el revestimiento colocado.

Por eso Modulacción recomienda a los estudios incorporar el asesoramiento del fabricante en fases tempranas, idealmente cuando la distribución de las viviendas todavía admite ajustes. El objetivo es introducir en el diseño algunos criterios que facilitan su industrialización y abaratan el conjunto desde la concepción. Entre ellos: dimensiones compatibles con el transporte y con los recorridos interiores del edificio, un despiece de alicatado pensado para el formato real de la pieza, la posición de bajantes y patinillos respecto al módulo, los registros necesarios para el mantenimiento o la manera en que la solera del baño se encuentra con el forjado.

«Cuanto antes nos sentamos con el estudio, menos hay que tocar del diseño», añade Fernández. «La mayoría de los ajustes que proponemos no los va a percibir el usuario final, pero son los que permiten fabricar con precisión y a un coste razonable».

Son decisiones que el arquitecto tendría que tomar de todos modos. La diferencia es que, en un proyecto con baños industrializados, se toman con información y en el momento en que cuestan menos, no en obra, cuando cualquier cambio arrastra plazo, sobrecoste y discusiones entre gremios.

Hay aquí una lectura de fondo para la profesión. La industrialización no reduce el trabajo de proyecto; lo adelanta y lo hace más preciso. Y, de paso, devuelve al arquitecto una parte de la definición que en la práctica se había ido desplazando hacia la ejecución.

Dos obras en paralelo: la obra off-site y la obra in situ

La segunda idea es consecuencia directa de la primera. Cuando el baño se define por completo antes de fabricarse, puede construirse fuera del edificio. Y cuando se construye fuera, el proyecto pasa a tener dos obras: la obra off-site, en la fábrica, y la obra in situ, en el solar.

Ambas parten del mismo proyecto y avanzan al mismo tiempo. Mientras en el solar se ejecuta la cimentación, la estructura, la envolvente y las redes generales de instalaciones, en la planta se fabrican los baños en condiciones controladas, sin depender de la meteorología, de la disponibilidad de cuadrillas ni de que el tajo anterior haya terminado. Cuando el edificio está preparado para recibirlos, los baños llegan terminados, probados y embalados.

El efecto sobre la planificación lo ve enseguida cualquier jefe de obra: una de las partidas más largas y fragmentadas del acabado interior deja de condicionar de la misma manera el camino crítico. Pero el efecto sobre la complejidad es todavía más relevante. La obra in situ se descarga de golpe de todo lo que el baño concentraba: la entrada y salida de varios oficios en un recinto mínimo, la coordinación entre ellos, el acopio y la gestión de decenas de referencias de material, las esperas, los repasos y la variabilidad de una unidad a otra.

Para la dirección facultativa, el cambio también es sustancial. Su control técnico pasa a ejercerse sobre un producto definido, repetible y verificado, con criterios fijados de antemano y homogéneos en todas las unidades. Revisar cien baños, fabricados en un espacio controlado con la misma secuencia y el mismo control, tiene poco que ver con revisar cien baños construidos de forma tradicional in situ.

«La obra in situ se queda con lo que de verdad le corresponde, que es el edificio», apunta Laura Fernández. «Cuando el baño llega, el jefe de obra no tiene que coordinar a nadie dentro de él. Le basta con tener preparados el hueco y el recorrido hasta llegar a él».

La obra in situ como una obra más limpia, más previsible y con menos frentes abiertos es, probablemente, la idea que mejor conecta con la práctica diaria de quien dirige. Y ayuda a situar la industrialización en su sitio: más que una alternativa a la construcción tradicional, es una forma de repartir mejor el trabajo entre dos lugares, llevando a la fábrica lo que en obra resulta más difícil de controlar.

Donde las dos obras se encuentran: montaje y conexión al edificio

Dos obras paralelas solo funcionan si su punto de encuentro está bien diseñado. En el baño industrializado, ese punto es la interfaz entre el módulo y el edificio, y ahí se concentra la parte del trabajo que sigue perteneciendo a la obra in situ.

El montaje empieza mucho antes de que llegue el camión. La obra tiene que estar preparada para recibir el producto, y eso obliga a prever desde el proyecto cinco momentos:

  1. Llegada. Accesos para el transporte desde Dueñas y espacio de descarga en el solar.
  2. Izado. Una grúa eleva los módulos hasta la planta que les corresponde, lo que exige coordinar huecos, secuencia y medios auxiliares.
  3. Posicionamiento. Las dimensiones libres y los recorridos interiores deben permitir desplazar el módulo hasta su ubicación exacta.
  4. Asentamiento. Cotas de suelo, nivelación y tolerancias de la superficie de recepción, porque el módulo se posa sobre el forjado y resuelve con él su encuentro.
  5. Conexiones. Posición real de saneamiento, agua, electricidad y ventilación, a las que el baño se conecta una vez colocado.

Bien planificada, la distancia deja de ser un límite. Ese mismo proyecto de Cala Millor es el primer suministro de Modulacción que viaja por mar: cerca de 1.000 kilómetros entre Dueñas y la obra, por carretera hasta el puerto y en barco hasta Mallorca. En un envío así, lo que en una obra peninsular se da por supuesto hay que decidirlo de antemano: cómo se protege una unidad terminada frente a las sucesivas manipulaciones, en qué orden se expiden los módulos y cómo se acompasa la fabricación con el ritmo de la obra.

Los 94 baños se entregan en menos de dos meses. A medida que llegan a la isla, se trasladan a su posición dentro del edificio y quedan instalados y listos para conectar. Las primeras unidades se abrieron e inspeccionaron junto con el cliente nada más llegar, para comprobar su estado tras el viaje y la calidad de los acabados, con resultado satisfactorio. En este tipo de obra, la logística forma parte del producto tanto como el alicatado o la grifería.

Nada de esto es nuevo para un arquitecto. Son las mismas cuestiones de coordinación que cualquier proyecto bien resuelto tiene que contemplar. Lo que cambia es que ahora son explícitas, están dibujadas y se acuerdan de antemano. La logística se diseña junto con el módulo, no como una operación posterior, y el sistema funciona en la medida en que el proyecto recoge esas reservas con la misma precisión con la que la fábrica produce el baño.

«La colocación se decide en la mesa de proyecto», resume Fernández. «Si las reservas, los accesos y las conexiones están bien resueltos, poner el módulo en su sitio es la parte más sencilla de todo el proceso».

Esa es también la razón de fondo del asesoramiento temprano: las dos obras sólo convergen sin fricción si se han proyectado pensando la una en la otra.

El baño, puerta de entrada a la industrialización del edificio

El interés creciente por los baños industrializados no surge en el vacío. El sector de la construcción en España convive desde hace años con una dificultad cada vez mayor para encontrar mano de obra cualificada en los oficios de acabado, precisamente los que más intervienen en un baño. A eso se suma la presión sobre los plazos en promociones de vivienda en alquiler, residencias, alojamientos para estudiantes u hoteles, donde cada mes de retraso en la entrega tiene un coste directo para quien promueve y explota el edificio.

Hay además una razón de oportunidad. Un estudio o una promotora que todavía no ha trabajado con construcción off-site puede empezar por el baño sin transformar el resto de su manera de proyectar ni de construir: la estructura, la fachada y las instalaciones generales siguen sus cauces habituales. Es una forma de incorporar la lógica industrial de manera acotada, medir sus efectos en una obra concreta y extenderla después a otros sistemas si los resultados lo justifican.

Para el arquitecto, esa primera experiencia suele cambiar la manera de mirar el proyecto. Quien ha visto cómo un plano validado se convierte en el total de baños de esa obra idénticos, tiende a exigir ese mismo nivel de definición al resto del edificio.

Del oficio aislado al proceso coordinado

Leídas juntas, las dos ideas describen un mismo movimiento. Estandarizar el proceso sin estandarizar la arquitectura es lo que permite sacar el baño de la obra sin empobrecer el proyecto. Y sacarlo de la obra es lo que convierte esa estandarización en ventajas que se pueden medir: plazos más cortos porque fábrica y edificio avanzan a la vez, costes más controlados porque la definición temprana reduce imprevistos y mermas, una ejecución más precisa porque desaparecen las interferencias entre gremios y una gestión de obra más sencilla porque buena parte de la coordinación se ha resuelto antes.

En ese esquema, el arquitecto no pierde protagonismo. Lo gana en el momento en que más influencia tiene sobre el resultado, que es el principio. Diseña con libertad, incorpora desde el inicio los criterios que hacen industrializable su propuesta, valida el plano con el que se va a fabricar y dirige una obra in situ con mucha menos incertidumbre.

Al principio de este artículo aparecía la pregunta que casi cualquier arquitecto se hace ante la industrialización: ¿qué parte de su proyecto tendrá que ceder? Con un proceso como el que aplica Modulacción, la respuesta es bastante menos inquietante de lo que suele temerse. La distribución, la geometría, los materiales y el carácter del baño siguen siendo suyos. Lo que cede es otra cosa: la improvisación, la dependencia de que cada oficio interprete bien lo que otro dejó a medias y la costumbre de terminar de decidir a pie de obra.

A cambio, recibe algo que la obra convencional rara vez le garantiza: que el baño que se entrega sea exactamente el que dibujó y aprobó, repetido con la misma precisión en la primera vivienda y en la última, tanto si la obra está a unas decenas de kilómetros de la fábrica como al otro lado del mar.

Estandarizamos el proceso, no la arquitectura. En esa frase cabe lo que la industria puede ofrecer hoy a quien proyecta: mantener el diseño y conseguir más control sobre su obra, no menos.

Contenido producido en el marco de la colaboración con Modulacción. Texto de Santos Garrido López.

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