EL BAJÓN DEL [SIM]. O cómo sobrevir al día después de un festival de industrialización

Tras meses de intensa coordinación técnica y logística, Jorge Consuegra analiza sus dinámicas de gestión, el impacto en los asistentes y el reto de dar continuidad al debate del sector.

Tras el cierre de la convocatoria del congreso [SIM], el equipo organizador repasa la trastienda operativa, los aprendizajes derivados del evento y las dinámicas emocionales y profesionales que implica reunir al sector de la edificación industrializada.

Texto de Jorge Consuegra de Metápolis estudio, en relación a [SIM 2026]. Hay una sensación bastante extraña que aparece cuando termina un festival. Llevas días rodeado de gente, música, conversaciones, ruido, estímulos y una intensidad emocional que acaba convirtiéndose en tu estado natural. Durante unas horas, o unos días, vives en una especie de realidad paralela donde todo sucede demasiado deprisa y dormir parece una actividad perfectamente prescindible.

Y entonces llega el lunes. El silencio. La resaca emocional. Esa sensación de haber vivido algo extraordinario y de que, de repente, alguien ha desenchufado el mundo.

Pues algo parecido sucede cuando organizas un congreso como el [SIM]. Y lo curioso es que nadie te prepara para esa parte.

Durante meses, tu cabeza funciona como una centralita de emergencias. Ponentes que confirmar, empresas que convencer, patrocinios que negociar, programas que modificar, visitas técnicas que coordinar, inscripciones que gestionar, autobuses, acreditaciones, vídeos, escenarios, correos electrónicos que se multiplican mientras duermes y problemas que aparecen justo cuando pensabas que ya estaba todo resuelto.

Y, entre medias, intentar que todo aquello tenga sentido.

Porque organizar el [SIM] implicaba algo bastante más complicado que conseguir que 250 personas coincidieran en el Colegio de Aparejadores de Madrid. Había que construir un relato, provocar conversaciones, reunir sensibilidades diferentes y demostrar que la industrialización de la construcción merece una discusión bastante más profunda que una sucesión de presentaciones comerciales.

Pero llega el martes 13 de octubre y todo empieza a suceder. Lo que durante meses eran nombres en una hoja de cálculo se convierte en personas. Las conversaciones por correo electrónico adquieren voz, los proyectos aparecen en una pantalla y las ideas empiezan a circular por los pasillos.

De repente, todo tiene volumen.

Estás en una especie de estado de hiperactividad permanente. Apenas tienes tiempo para escuchar una ponencia completa porque siempre hay alguien que necesita algo, un problema que resolver o una decisión que tomar.

Te cruzas con personas a las que llevabas meses queriendo conocer. Algunas te dan las gracias. Otras te cuentan algo que deberías haber previsto. Hay abrazos, felicitaciones, nervios, improvisaciones y conversaciones que empiezan con un café y terminan convirtiéndose en posibles proyectos.

Y mientras tanto, intentas disfrutar de algo que tú mismo has organizado, aunque apenas puedas detenerte a contemplarlo. Es una contradicción bastante absurda.

Diseñas una experiencia para cientos de personas y acabas siendo probablemente una de las pocas que no puede vivirla completamente.

El miércoles estás en Móstoles, recorriendo una promoción de 606 viviendas industrializadas de Grupo Avintia. El jueves, escuchando hablar de investigación, procesos industriales y nuevas formas de producir arquitectura. Después llega el [SIM Club], donde las conversaciones abandonan el protocolo y empiezan a aparecer las ideas que difícilmente surgen detrás de un atril.

El viernes, cuando todo termina, sigues funcionando por pura inercia. Además, el martes vuelves a la carga con workshops y la proyección de la película “El Arquitecto”, una vieja amiga que conoces muy bien, llevas un año ayudando a darle visibilidad.

Todavía hay que recoger, despedirse, resolver cuestiones pendientes, agradecer, comprobar que nadie se ha quedado olvidado en algún autobús y empezar a responder los primeros mensajes.

Y entonces llega el silencio.

Ese silencio tan incómodo que aparece cuando desaparece algo que ha ocupado prácticamente todos tus pensamientos durante meses.

El teléfono sigue sonando, pero ya no con la misma urgencia. El correo continúa llegando, aunque ninguna respuesta parece cuestión de vida o muerte. Ya no tienes que revisar el programa por decimoséptima vez ni preguntarte si alguien habrá entendido dónde tiene que estar a las nueve de la mañana.

Y descubres que tu cabeza todavía no se ha enterado de que el congreso ha terminado.

Sigues pensando en cosas que habría que solucionar. Te despiertas recordando una conversación pendiente. Repasas mentalmente los errores, las decisiones improvisadas y las oportunidades que quizá se escaparon.

Hay algo especialmente perverso en ese momento: cuando termina la intensidad, empieza el análisis.

Y con él, una especie de resaca que mezcla satisfacción, cansancio, nostalgia y una autocrítica bastante poco compasiva.

Recuerdas las caras de quienes estaban escuchando una ponencia. Las conversaciones con los patrocinadores. La emoción de la hija de Rafael Leoz después de proyectar el cortometraje dedicado a su padre. Las personas que se acercaron a felicitarte. Las que te hicieron preguntas incómodas. Las que viajaron para estar allí. Las que, probablemente, nunca sabrán cuántas cosas tuvieron que suceder para que todo pareciera razonablemente sencillo.

También recuerdas lo que salió mal. Porque siempre hay cosas que salen mal. Y, curiosamente, esas son las que más tiempo permanecen en la cabeza de quien organiza.

Puedes recibir cincuenta felicitaciones y pasarte la noche pensando en un fallo de sonido, una transición mal resuelta o una conversación a la que no pudiste dedicar el tiempo suficiente.

Supongo que es una deformación profesional. Cuando trabajas diseñando experiencias, desarrollas una capacidad casi enfermiza para detectar todo aquello que podría haberse hecho mejor.

Pero hay algo más.

Durante el [SIM] se produce una acumulación de emociones que apenas tienes tiempo de procesar. Estás tan concentrado en que todo funcione que vas guardando sensaciones en algún lugar de la cabeza, como quien acumula archivos en el escritorio del ordenador con la promesa de ordenarlos algún día.

Y cuando todo termina, esos archivos empiezan a abrirse solos. Algunas emociones llegan con varios días de retraso. Una conversación que en su momento parecía irrelevante adquiere otro significado. Una fotografía te devuelve a un instante que apenas recordabas. Un mensaje de agradecimiento consigue emocionarte más que cualquier aplauso.

Y empiezas a entender qué ha sucedido realmente.

Quizá lo más interesante de organizar un encuentro como el [SIM] sea precisamente eso: comprobar que las cosas importantes no siempre suceden donde estaban programadas.

A veces aparecen en una conversación de cinco minutos entre dos personas que no se conocían. En una pregunta incómoda durante una visita técnica. En una discrepancia entre un fabricante y un arquitecto. En alguien que descubre una manera diferente de trabajar. En una empresa que comprende que necesita escuchar más a quienes utilizan sus sistemas.

Esas pequeñas conexiones son difíciles de medir. No aparecen en las estadísticas de asistencia ni en los informes de impacto. Pero probablemente sean una de las razones por las que merece la pena organizar todo este lío.

Ahora toca filtrar.

Separar el entusiasmo del resultado. Escuchar las críticas sin convertirlas en una condena personal. Entender qué funcionó, qué fue simplemente aceptable y qué deberíamos replantearnos por completo. Porque el cansancio también distorsiona la memoria. Puede hacerte creer que todo fue extraordinario o que nada estuvo a la altura de lo que imaginabas.

Necesitamos cierta distancia. Volver a escuchar algunas intervenciones. Hablar con los participantes. Revisar las encuestas. Preguntar a los patrocinadores qué obtuvieron realmente de su participación. Analizar si las conversaciones que queríamos provocar llegaron a producirse.

Y aceptar que algunas decisiones que parecían brillantes sobre el papel quizá no lo fueron tanto en la práctica. Todo eso llegará. Ahora mismo, sin embargo, hay algo que todavía cuesta explicar. Es la sensación de haber compartido durante cuatro días una pequeña obsesión colectiva con personas que, de una manera u otra, creen que la construcción necesita evolucionar.

Durante unos días conseguimos que todas ellas coincidieran en un mismo lugar. Y eso genera una energía bastante difícil de reproducir en una reunión de Teams. Supongo que por eso existe este bajón.

Porque durante meses has imaginado algo que todavía no existía. Después lo ves suceder delante de ti. Y, cuando empiezas a acostumbrarte a que sea real, desaparece.

Quedan las fotografías, las grabaciones, los contactos, las conversaciones pendientes y una cantidad indecente de correos electrónicos. También queda una responsabilidad. La de conseguir que todo lo que se habló durante el [SIM] tenga alguna consecuencia fuera del auditorio.

Y, por supuesto, queda el [SIM] 2027.

Ya estamos trabajando en él. Mario, lo tenemos que superar.

Aunque quizá deberíamos concedernos unos días para asimilar lo que acaba de pasar. Lo digo mientras tengo abiertas tres pestañas con ideas para la próxima edición, una lista de cosas que mejorar y varios mensajes pendientes de contestar.

Hay resacas que se curan descansando. Esta, por lo visto, se cura organizando otro festival.

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