María José Peñalver: «Se puede delegar la tarea, pero no la decisión ni su responsabilidad»

La secretaria general del Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos de España defiende que la inteligencia artificial es «una herramienta más: potente y útil, pero una herramienta», reivindica el papel integrador del arquitecto y reclama una estrategia de comunicación a largo plazo, liderada por la Administración, para revertir la imagen del sector y atraer talento joven.

El Dato
María José Peñalver (CSCAE) analiza el impacto de la IA en la responsabilidad profesional, el relevo generacional y la imagen del sector.

El sector de la edificación se encuentra en un punto de inflexión estratégico en este año 2026. La madurez de la inteligencia artificial (IA) generativa y la exigencia de una colaboración multidisciplinar real están redefiniendo de manera sin precedentes las atribuciones y los roles de todos los profesionales.

En el marco del monográfico y entrevista coral El Nuevo Paradigma Profesional y Reputacional de la Construcción, un análisis en profundidad sobre el nuevo rol profesional, la gestión de la responsabilidad ante los algoritmos, el relevo generacional y el reto urgente de transformar la imagen pública del sector para atraer el talento joven, Construnews entrevista a María José Peñalver, secretaria general del CSCAE.

Con la IA generativa asumiendo gran parte de las fases de diseño, optimización geométrica, presupuestación y cálculo normativo en 2026, ¿cuáles consideran que son las competencias genuinamente humanas que hoy definen el valor añadido de un profesional del sector?

Las competencias que hoy definen nuestro valor añadido no han cambiado; han cambiado nuestras herramientas. Al igual que hace 40 años para el cálculo de estructuras nos ayudábamos con las calculadoras científicas y hoy día utilizamos programas específicos, la IA nos ayuda a procesar más rápido, pero los conceptos los aporta el profesional.

La IA es una herramienta más: potente y útil, pero una herramienta. Genera alternativas y acelera tareas, pero no tiene criterio propio ni responde de lo que propone. La creatividad, entendida como la capacidad de sintetizar en una idea coherente exigencias que con frecuencia son contradictorias (programa, lugar, normativa, presupuesto, clima, sostenibilidad, memoria colectiva), sigue siendo una facultad humana y es el núcleo de nuestro valor añadido. Una herramienta puede proponer variantes a partir de lo ya existente, pero la intención del proyecto la define el arquitecto.

A ello se suma la formación técnico-humanística del arquitecto, que es precisamente lo que permite usar bien la herramienta. Solo quien domina los fundamentos (estructura, construcción, instalaciones, normativa, economía de la obra) sabe plantear correctamente el problema, detectar un resultado incoherente (un orden de magnitud erróneo, una solución que cumple sobre el papel, pero no se puede construir) y asumir la responsabilidad de lo que firma. Y la dimensión humana (escuchar al cliente, mediar entre intereses, entender cómo se vive y se trabaja en un espacio, valorar el impacto social y paisajístico de una intervención) no es delegable. En definitiva, las competencias son las de siempre: criterio, creatividad, visión de conjunto y responsabilidad. Lo que ha mejorado son las herramientas.

La gestión del dato y la analítica predictiva mediante IA están transformando la dirección de ejecución, el control de calidad y la seguridad. ¿Cómo está mutando el rol del técnico y del constructor a pie de obra en este nuevo ecosistema tecnológico?

Nos permite realizar simulaciones que aportan mayor planificación y eficacia en obra. Nos exige estar formados en este campo. También nos permite trabajar a distancia, ser más eficientes y tener más control de obra. La gestión del dato (modelos BIM, captura de la realidad con drones y fotogrametría, sensores, trazabilidad de materiales) y la analítica predictiva permiten anticipar interferencias entre instalaciones y estructura, ajustar la planificación, detectar desviaciones de plazo o coste y documentar de forma objetiva el control de calidad y la seguridad y salud. El técnico dedica menos tiempo a tareas repetitivas de recogida y registro de información y más a interpretar, decidir y coordinar.

Ahora bien, la obra sigue siendo un prototipo irrepetible, ejecutado in situ y con condiciones cambiantes (terreno, clima, oficios, imprevistos) que ningún modelo recoge por completo. La visita presencial, la observación directa y el criterio del técnico no se sustituyen: el trabajo a distancia es un complemento, no un sustituto de la presencia en obra. Además, el dato solo tiene valor si se interpreta desde el conocimiento del proyecto: ante una desviación, quien dirige la obra debe saber qué se pretendía, por qué y qué consecuencias tiene para el conjunto, lo que exige entender el proyecto como una unidad y no como una suma de partes. Por eso, la formación continua en estas tecnologías es una obligación profesional, no una opción.

A medida que delegamos decisiones complejas (constructivas, estructurales o de costes) a algoritmos predictivos, ¿dónde debe trazarse la línea de la responsabilidad del profesional (sea arquitecto, ingeniero o constructor)? ¿Cómo gestionan la auditoría de estos resultados?

Las decisiones las siguen tomando los profesionales. Lo que cambia es que disponemos de herramientas más potentes de análisis, que procesan más rápido que antes.

La línea de la responsabilidad no se desplaza: una herramienta no es un agente de la edificación ni responde de nada; responde quien la utiliza y hace suyo el resultado. El marco de la Ley de Ordenación de la Edificación (agentes definidos y régimen de responsabilidades del artículo 17) sigue plenamente vigente: da igual que un cálculo, una medición o una solución constructiva procedan de un programa convencional o de un sistema de IA. El proyectista, el director de obra, el director de la ejecución y el constructor responden cada uno en su ámbito. Se puede delegar la tarea, pero no la decisión ni su responsabilidad.

En cuanto a la auditoría, el resultado de un sistema de IA debe tratarse como el borrador de un colaborador: (1) comprobar los datos de partida y las hipótesis; (2) contrastarlo con verificaciones independientes y simplificadas (órdenes de magnitud, métodos manuales, otro programa); (3) comprobar el cumplimiento del CTE y de la normativa aplicable en la fuente; (4) rechazar cualquier resultado que no pueda explicarse ni justificarse; (5) dejar trazabilidad de qué herramienta y versión se ha usado y quién ha validado el resultado, y (6) mantener una supervisión humana efectiva, principio que recoge también el Reglamento europeo de IA. Esta capacidad de auditar solo la tiene quien posee una formación técnica sólida. La mejor garantía frente a los errores de un algoritmo es un profesional bien formado.

¿Cómo están conviviendo los perfiles profesionales más veteranos con los nuevos «nativos digitales de la IA» dentro de las estructuras de los estudios, promotoras y constructoras? ¿Qué estrategias de capacitación están resultando más efectivas?

La experiencia solo se adquiere con el tiempo, ejerciendo la profesión, y es indiscutible que las nuevas generaciones aportan habilidades digitales acordes con la nueva era. La fusión de ambos perfiles es necesaria para no perder la sabiduría y el conocimiento de los veteranos.

La convivencia funciona cuando se plantea como un intercambio en ambos sentidos. Los veteranos aportan criterio, memoria de patologías y de errores pasados, conocimiento de la obra real y de los oficios, y sentido de la responsabilidad; los jóvenes aportan fluidez digital y agilidad con las nuevas herramientas. Los riesgos son simétricos: que el veterano quede al margen de la tecnología y que el joven confíe en lo que produce la herramienta sin poder juzgarlo.

A nuestro juicio, las estrategias más efectivas son: equipos mixtos en proyectos reales, con tutoría y revisión conjunta de las decisiones; presencia temprana de los jóvenes en obra para contrastar el modelo con lo construido; formación continua de los veteranos en herramientas digitales, a menudo impartida por los propios compañeros jóvenes, y mantener en la formación inicial los fundamentos (dibujar, calcular, razonar una estructura, entender un detalle constructivo) antes de delegarlos en la herramienta. Sin esa base no se puede usar la IA con criterio; con ella, la IA multiplica la capacidad del profesional. En este punto, los colegios profesionales y las escuelas tienen un papel relevante en la formación continua.

La complejidad climática y tecnológica de 2026 exige que promotores, arquitectos, ingenieros y constructores colaboren desde la fase de anteproyecto. ¿Cuáles siguen siendo las principales barreras culturales y de gestión para que esta colaboración multidisciplinar sea fluida?

Hoy en día es frecuente la colaboración multidisciplinar. Es importante la figura profesional que coordine e integre todas las disciplinas, que, en el caso de la edificación y el urbanismo, es el arquitecto. Una de las principales barreras que existen hoy día es la económica. La complejidad de los trabajos y la colaboración requiere más recursos humanos y económicos.

Esta barrera tiene una raíz concreta: la colaboración temprana obliga a adelantar esfuerzo y coste a las fases de concepción y anteproyecto, que son las que más condicionan el resultado final, y los honorarios y los criterios de adjudicación (especialmente, cuando prima el precio más bajo) no suelen reconocerlo.

La colaboración no debe confundirse con fragmentación. La especialización enriquece el proyecto, pero nace de una idea única, concebida de forma unitaria, a la que se subordinan todas las aportaciones, que se integran de manera coherente. Esa labor de síntesis, que exige sensibilidad creativa y a la vez conocimiento técnico suficiente de todas las disciplinas para dialogar con cada especialista, es la que corresponde al arquitecto. La IA y las plataformas colaborativas ayudan a compartir información y a detectar colisiones, pero la integración de criterios a menudo contradictorios la resuelve una persona.

Los contratos colaborativos donde todos los agentes comparten riesgos y beneficios desde el inicio están ganando terreno. ¿Cree que nuestra cultura empresarial actual está preparada para dejar atrás el modelo tradicional de confrontación en la obra?

Lo más importante es poder ofrecer la mayor garantía al usuario final y eso implica que cada colaborador debe asumir su parte de responsabilidad, pero existen grados bien diferenciados porque el proyecto arquitectónico no se puede “fragmentar”, es un todo unitario e inescindible. Los documentos elaborados por colaboradores se deben integrar bajo la coordinación del proyectista principal. Precisamente el carácter unitario del proyecto se traduce en una obligación de coordinación e integración documental.

Un proyecto completo, coordinado y bien definido es, en sí mismo, la mejor medida preventiva del conflicto, porque elimina en origen buena parte de las discrepancias que luego se discuten en obra.

Los modelos colaborativos son viables si se cumplen varias condiciones: que se mantengan claras las atribuciones y responsabilidades de cada agente; que se garantice la independencia técnica del proyectista y de la dirección facultativa, que no pueden quedar condicionadas por un reparto de beneficios que tensione el interés del usuario. Compartir el riesgo no significa diluir la responsabilidad: el usuario final debe tener siempre un interlocutor claro y una garantía íntegra.

A pesar de la digitalización y la industrialización, la percepción pública general sigue vinculando a la construcción con conceptos obsoletos (poca cualificación, opacidad, impacto ambiental negativo). ¿Cuál es el error de comunicación más grave que hemos cometido como sector para no haber logrado revertir esta imagen?

Antes de hablar de “error de comunicación”, habría que señalar como un obstáculo para comunicar los valores del sector y su contribución al desarrollo socioeconómico del país la atomización de sus agentes. Un rasgo que, a diferencia de otros sectores donde hay un discurso más unitario y unidad de acción en torno a objetivos concretos, como el de la automoción, nos debilita y acaba perjudicando. Esto resulta, sin embargo, contradictorio porque hace tiempo que los agentes que integramos la cadena de valor de la edificación tenemos claro el camino que hay que transitar. Está marcado por directivas europeas. Por lo tanto, si el camino está trazado y ligado a la descarbonización del entorno construido para mitigar los efectos del cambio climático y dar respuesta a las necesidades de vivienda asequible y de calidad que existe en toda Europa y, de forma notoria, en nuestro país, el apoyo firme de los poderes públicos al sector, que habría de traducirse en un marco normativo claro y homogéneo, agilización de la tramitación, facilidades fiscales y financieras y acciones de formación y capacitación, debería incluir también una estrategia de comunicación a largo plazo, diseñada en colaboración con las empresas y los/as profesionales del sector. Y, por supuesto, por la parte que nos toca a cada agente del sector, de forma individual, debemos apostar por el rigor y la claridad en los mensajes que dirigimos a la ciudadanía, evitando informaciones confusas o contradictorias entre nosotros.

La descarbonización y la economía circular son el eje del sector en 2026. Sin embargo, el ciudadano medio suele recibir estos mensajes con escepticismo. ¿Cómo se debe comunicar nuestro compromiso ambiental para que sea creíble, medible y comprensible para la sociedad?

Toda acción de comunicación debe apoyarse en hechos para ser creíble. Si no hay hechos que avalen un compromiso social, el mensaje es vacuo y esto, a la larga, acaba produciendo un daño reputacional. La cadena, por lo tanto, siempre debe empezar con una acción, que es importante que pueda monitorizarse y que, además, tenga continuidad en el tiempo para demostrar que la entidad tiene un compromiso firme y decidido, y apoyarse en una comunicación clara, sencilla, rigurosa y también sostenida en el tiempo. Frente al oportunismo, esto es lo que aporta coherencia y da credibilidad y confianza.

Sufrimos una falta alarmante de relevo en los oficios y una fuga de talento técnico hacia otros sectores. ¿Cómo podemos utilizar la narrativa de la «nueva construcción tecnológica» como un imán para atraer a las nuevas generaciones?

Lo apuntábamos en una respuesta anterior: falta una estrategia de comunicación conjunta, liderada por la Administración Pública y en colaboración con las empresas y los/as profesionales del sector, con acciones a corto, medio y largo plazo, que revierta la imagen negativa de la edificación y sirva para atraer talento joven y femenino. Pero, aunque pueda ayudar a mejorar la imagen del sector en ciertos aspectos, esa estrategia no debería sustentarse tan solo en la narrativa de la construcción avanzada. Sobre todo, porque, siendo realistas, la prefabricación difícilmente podrá atender todas las necesidades del parque edificado en nuestro país, por lo que poner el foco en esta narrativa en exclusiva sería engañoso y un error para el sector.

¿Hasta qué punto todos los agentes del sector (desde la promoción hasta la obra) debemos asumir un rol activo en la divulgación pública? ¿Qué canales o formatos consideran que faltan para conectar realmente el valor de nuestro trabajo con el bienestar del ciudadano de a pie?

Hoy por hoy, una amplia mayoría de las empresas, instituciones y profesionales del sector han comprendido la importancia de integrar la comunicación en su estrategia empresarial o corporativa. Aquello que no se comunica, no existe y, en un ámbito, como la edificación, donde las decisiones de los hogares implican inversiones cuantiosas, ya sea para levantar una vivienda nueva o para una rehabilitación integral, y en este último caso, además, hay que tener en cuenta, como obstáculo, la escasa cultura del mantenimiento de los edificios que hay en España, la labor de divulgación es fundamental para que la población conozca los beneficios de disfrutar de entornos construidos de calidad para su salud. Y esto nos interpela a todos, incluidos los poderes públicos y las administraciones.

Más allá de canales o formatos, la comunicación ha de ser integral, con mensajes claros, coherentes, rigurosos, creíbles y con continuidad en el tiempo.

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