Contenidos
- En muchas ocasiones he llegado a obra y he tenido que explicar que una pared de tapia de 60 centímetros no es una pared aislada. Funciona muy bien, sí. Inercia térmica brutal. Almacena el calor del día y lo libera por la noche. Suaviza las oscilaciones de temperatura. Es un material noble, que respira, que envejece bien, que se ha levantado en este país desde antes de que existiera el concepto mismo de aislamiento. Pero no aísla, no en el sentido en que la normativa actual entiende el aislamiento.
- Lo que dice el CTE y lo que la realidad mide
- Antes de los resultados, recordemos qué dice la normativa.
- Tenemos una vara de medir defectuosa.
- Una metodología pensada para muros que ya no se construyen
- El siguiente debate: muro monocapa y carbono embebido
- El alcance internacional: no es solo un problema español
- Las objeciones y por qué la tesis se sostiene
- ¿Qué se debería medir? La propuesta técnica
- El reto no es técnico, es de adopción
- Descarboniza: una infraestructura para cerrar la brecha

Artículo de Jesús Morán Morán Cofundador de Umbral Arquitectura y Fundador de DESCARBONIZA.
En muchas ocasiones he llegado a obra y he tenido que explicar que una pared de tapia de 60 centímetros no es una pared aislada. Funciona muy bien, sí. Inercia térmica brutal. Almacena el calor del día y lo libera por la noche. Suaviza las oscilaciones de temperatura. Es un material noble, que respira, que envejece bien, que se ha levantado en este país desde antes de que existiera el concepto mismo de aislamiento. Pero no aísla, no en el sentido en que la normativa actual entiende el aislamiento.
Esta ha sido una conversación habitual en obra. Sobre todo, frente a albañiles, también propietarios, frente a técnicos que daban por hecho que sesenta centímetros de tierra compactada eran ya, por sí solos, una solución cerrada al problema térmico de su vivienda. Y la cuestión es que…
Lo eran y no lo eran. Tenían razón en lo que percibían —el muro, en verano, era confortable— y se equivocaban en cómo lo justificaban. Hasta que leí un estudio que me obligó a darle la vuelta a la pregunta. Y aquí es donde la cosa se pone, de verdad, interesante. El malentendido extendido: inercia no es lo mismo que aislamiento. Conviene empezar por lo más básico, porque buena parte del problema arranca aquí.
La inercia térmica es la capacidad de un material para almacenar energía en forma de calor. Un muro de gran masa —tapia, adobe, piedra, ladrillo macizo, hormigón— absorbe el calor que recibe por una de sus caras y lo va liberando, con retraso, por la otra. Funciona como una batería térmica: capta cuando hay exceso y devuelve cuando hay defecto. Suaviza las oscilaciones. Amortigua.
El aislamiento térmico, en cambio, es la capacidad de un material para frenar el paso del calor. Un buen aislante no almacena energía: la rechaza. Funciona como un abrigo: lo que está dentro se mantiene dentro, lo que está fuera se queda fuera.
Son dos fenómenos físicos distintos. No se sustituyen. No se compensan. Un edificio que funcione realmente bien en clima continental o mediterráneo necesita los dos.
La inercia, sin aislamiento, hace que el muro se cargue de la temperatura ambiente exterior y termine por traspasarla al interior, aunque con retraso. El aislamiento, sin inercia, hace que las ganancias internas —radiación solar a través de los vidrios, ocupación, equipos, electrodomésticos— queden atrapadas dentro del edificio sin que ningún elemento las absorba. Una vivienda muy aislada y sin masa térmica es, paradójicamente, vulnerable a las olas de calor: lo que entra ya no sale, porque el propio aislamiento que protege en invierno también frena la disipación nocturna en verano.
Es lo que un compañero del gremio con mucha experiencia me resumió en una sola frase: cada vatio que entra, se queda. Y esa frase, que parece anecdótica, describe el talón de Aquiles de un modelo constructivo que España ha adoptado durante los últimos veinte años sin cuestionarse demasiado: el de la fachada ligera, muy aislada, con grandes vidrios y sin masa interior. En clima del centro o el norte de Europa, donde lo difícil es retener calor, ese modelo tiene sentido. En gran parte de la península Ibérica, donde lo difícil suele ser amortiguar el exceso de calor del verano, es como pretender hacer un horno y vender lo que está dentro como confort.
Entonces, parece que la pregunta no sería por qué se construye así. Sino que nos incita a hacerlo.
Lo que dice el CTE y lo que la realidad mide
Aquí entra el estudio que explotó mi cabeza y cambió mis conversaciones en las visitas de obra. En 2020, la investigadora y arquitecta Àngels Castellarnau Visús publicó en la revista Gremium un estudio titulado Caracterización del comportamiento térmico de un muro de tapia mediante la termofluxometría. Es un trabajo riguroso, breve, accesible, y debería ser lectura obligatoria para cualquier técnico, redactor de normativa o legislador del sector de la edificación en España.
¿Qué hace el estudio? Coge un muro de tapia calicostrada de 45 centímetros, ejecutado en una vivienda de obra nueva en Ayerbe, en el prepirineo de Huesca. Densidad del cuerpo del muro: 1.850 kg/m³. Costras de mortero de cal hidráulica de 3 cm a cada cara. Zona climática D2. Y mide, in situ, durante el invierno, con termofluxómetros en ambas caras del cerramiento y considerando el flujo de calor en las dos direcciones, qué transmitancia térmica real tiene ese muro.
Antes de los resultados, recordemos qué dice la normativa.
El Código Técnico de la Edificación, en su Documento Básico de Ahorro de Energía (DB-HE), asigna a un muro de tapia de 45 cm con esa densidad una transmitancia térmica teórica de aproximadamente 1,61 W/m²·K. La bibliografía internacional —Minke, Volhard, Arnold, Heathcote— sube esa cifra hasta valores entre 2,09 y 2,11 W/m²·K, según el método de cálculo y la humedad considerada. Otros autores, en función de la densidad y el contenido de humedad, sitúan el rango entre 1,33 y 3,55 W/m²·K para muros de 45 cm. El propio estudio de Castellarnau resume: tanto el CTE como la bibliografía de referencia marcan transmitancias mayores a 1,7 W/m²·K para un muro de tapia de este espesor.
¿Qué exige el CTE como límite? Para la zona D —que cubre buena parte del interior peninsular, incluyendo Castilla, Aragón o Extremadura— el documento básico HE-1 fija una transmitancia máxima de 0,27 W/m²·K en la envolvente térmica. En zona C, 0,29. En zona B, 0,38. En zona E, las más frías, 0,23.
Hagamos la cuenta. Un muro de tapia de 45 cm, según el CTE, tiene una transmitancia entre cuatro y ocho veces peor de lo que la norma pide en cualquier zona climática del interior peninsular. Sobre el papel, la tapia tradicional es una catástrofe térmica.
Y luego está lo que ese mismo muro hace en la realidad. Castellarnau, midiendo durante el invierno con termofluxometría dinámica y considerando el flujo de calor en ambas direcciones del cerramiento, obtiene transmitancias medias corregidas comprendidas entre 0,66 y 0,99 W/m²·K. Es decir: la tapia, en la realidad, rinde hasta el doble de bien de lo que el CTE y la bibliografía dicen que rinde.
Repito por si la cifra se queda corta. El mismo muro que en el papel tiene U=1,6 W/m²·K, en la práctica medida con instrumentación calibrada y según norma internacional (ISO 9869-1:2014), rinde U=0,7-1,0. Casi la mitad.
> \*\*\[IMAGEN 2 — Curvas de comportamiento térmico de un muro de tapia de 50 cm en día tipo de verano y de invierno. Captura del Simulador de tapial.]\*\*
> \*Pie de foto: La línea verde de temperatura interior se mantiene estable mientras la línea roja del aire exterior oscila más de quince grados a lo largo del día. La inercia, en estado puro.\*
¿Significa esto que la tapia, por sí sola, ya cumple el CTE? No. Ni siquiera con el dato más favorable medido en obra llega al 0,27 W/m²·K que la norma exige para zona D. Sigue por encima del umbral. Sigue necesitando acompañamiento, en forma de aislamiento por la cara exterior, para integrarse en una envolvente que cumpla la regulación actual. Pero significa otra cosa, mucho más importante.
Tenemos una vara de medir defectuosa.
La metodología es el problema, no el material. ¿Por qué el CTE infravalora tanto el comportamiento real de un muro de tapia? Por una razón muy concreta y muy sistémica: porque la normativa española evalúa los cerramientos en régimen estacionario.
¿Qué quiere decir esto? La transmitancia térmica U que asigna la norma a un material asume condiciones idealizadas y constantes: temperaturas estables a ambos lados del muro, sin variación temporal, sin oscilaciones, sin acoplamiento entre la masa del cerramiento y las condiciones de uso. Como si el muro fuera un objeto inerte, sin más papel térmico que el de oponer cierta resistencia conductiva al paso del calor.
El problema es que los cerramientos de gran inercia no funcionan así. No funcionan así nunca. Funcionan en régimen dinámico: almacenan, amortiguan, retardan, devuelven. Su comportamiento depende de un acoplamiento complejo entre la temperatura exterior, la radiación solar, las ganancias internas, la ventilación, el uso y la propia masa del muro. La U estática, ese número que la norma escupe en una ficha, es una foto plana de un fenómeno que «se mueve».
Esa diferencia entre instantánea y movimiento, foto y película, no es un matiz académico. Es la diferencia entre acertar en el comportamiento real de un edificio o errar a propósito. Y es exactamente lo que el estudio de Castellarnau demuestra empíricamente: cuando se mide con instrumentación dinámica y se considera el flujo en las dos direcciones, los valores son la mitad de los que aparecen en la norma.
Hay además un segundo nivel de sesgo metodológico que casi nadie comenta y que conviene mencionar. La conductividad térmica de los materiales aislantes, esa cifra que aparece en las fichas técnicas y que es la base de la U que termina entrando en los cálculos de proyecto, se mide internacionalmente a 10°C. La conductividad del resto de materiales de construcción se mide a 23°C. Esto, que parece un detalle de laboratorio, es estructuralmente decisivo: beneficia a los aislantes más vendidos del mercado, que pueden presumir de una conductividad que se dispara conforme la temperatura sube por encima de esos 10°C de referencia. En la realidad, un aislante que en ficha tiene un lambda excelente puede rendir significativamente peor durante una ola de calor con temperaturas en cubierta o fachada que superan los 40°C. La norma, simplemente, no lo registra.
¿Por qué dos referencias de temperatura distintas? Porque la metodología internacional las fijó así hace décadas, por convenciones de laboratorio que ya entonces favorecían al sector industrial dominante. El problema no es que esas convenciones existan. El problema es que siguen vigentes sin actualizar, mientras los climas en los que aplicamos los edificios se han calentado y los aislantes industriales han copado el mercado por una conductividad medida en condiciones que ya no representan nada.
Existen parámetros físicos que sí describen bien el comportamiento dinámico de los muros: la difusividad térmica (la velocidad a la que una onda térmica atraviesa un material) y la efusividad térmica (la capacidad del material para intercambiar energía con su entorno). Ambos integran tres propiedades intrínsecas del material: su conductividad, su densidad y su capacidad calorífica específica. Un muro de tapia tiene difusividad muy baja y efusividad alta. Esto significa que las ondas térmicas tardan en atravesarlo y que cede su energía despacio. Exactamente lo que un cerramiento debe hacer en un clima con altas oscilaciones entre el día y la noche. Amortiguar y retardar.
El CTE no menciona estos parámetros. Su DB-HE no los exige. Las fichas técnicas de productos no las publican de forma sistemática. El sector trabaja con una sola cifra —la U estática— que es la peor cifra posible para describir el comportamiento de un muro masivo. Y trabaja así no porque no exista alternativa, sino porque la alternativa no es la opción por defecto.
Una metodología pensada para muros que ya no se construyen
Hay que entender de dónde viene esto para entender por qué cuesta tanto cambiarlo. La metodología estacionaria del CTE no es un error de diseño puntual. Es la transposición a normativa española de marcos europeos que se elaboraron en los años setenta y ochenta del siglo pasado, en un contexto de optimización energética post-crisis del petróleo, principalmente para resolver el problema térmico de los edificios del centro y el norte de Europa. Allí, lo determinante era impedir que el calor interior escapara hacia el exterior frío durante meses. La inercia no jugaba un papel central porque, en clima continental frío con ciclos térmicos largos, la masa del cerramiento se carga del frío exterior y poco más puede hacer. Lo que importaba era el aislamiento: resistencia conductiva pura. Y la U estática describe bien ese fenómeno.
En clima templado y cálido, en cambio —Mediterráneo, Centroibérico, Extremadura, Andalucía, prepirineo, todo el arco que va de Cádiz a Aragón— el problema térmico es radicalmente distinto. Hay oscilación diaria fuerte, ganancias solares masivas, picos de calor estival que rompen los ciclos largos del invierno. En estos climas, la inercia no es un capricho, es la herramienta principal de regulación térmica. Así lo demuestra la arquitectura vernácula de cada región, desde el cortijo andaluz al tapial extremeño, desde el caserío vasco a la masía catalana. Edificios que han funcionado durante siglos con técnicas que la norma actual no sabe ubicar, (o valorar).
Es, por supuesto, una paradoja. El CTE, y en concreto el DB-HE, pretende guiarnos para reducir el consumo energético de los edificios, pero está estructuralmente diseñado para penalizar los sistemas constructivos que mejor responden al clima en el que se aplica. Edificios que han demostrado durante siglos un buen comportamiento higrotérmico quedan en el papel como cerramientos deficientes. Y a esa puntuación del papel —no al comportamiento real— se ajustan las decisiones de proyecto, presupuesto, ejecución y, en muchos casos, demolición.
Porque ese es el coste oculto del que poco se habla. En muchas zonas rurales de España, los edificios tradicionales de tapia, adobe y piedra no se rehabilitan: se demuelen. ¿Por qué? Porque rehabilitar implica complicarse, implica justificar, implica salir de la zona de confort de muchos técnicos. Justificar un muro tradicional ante el CTE actual es, en la práctica, una odisea. Es más barato, más rápido y más seguro derribar y construir nuevo con sistemas industriales que sí se ajustan al «casillero normativo». La norma, así, decide qué se queda en pie y qué no. Y en su decisión, por puro sesgo metodológico, está empujando a la desaparición de un patrimonio constructivo de bajísimo impacto ambiental, ejecutado con materiales locales y técnicas centenarias.
El siguiente debate: muro monocapa y carbono embebido
Aquí entra otra capa del problema que merece su espacio, ya que conecta directamente con el debate más importante que la edificación tiene ahora sobre la mesa: el de la huella de carbono. Un muro de tapia de 60 centímetros no es solo, en realidad, un cerramiento de buen comportamiento térmico dinámico. Es también, y sobre todo, un cerramiento con una huella de carbono embebida prácticamente nula. La tierra del lugar, mezclada con paja y compactada en encofrados deslizantes, no implica transporte de larga distancia, ni proceso industrial de cocción, ni producción de aglomerantes con alta intensidad energética. La pared se hace, casi literalmente, con el suelo que se ha removido en la excavación para la cimentación. Y, al final de la vida útil del edificio, la pared se devuelve al suelo sin generar residuo.
Si hacemos la comparación con un muro convencional contemporáneo, por ejemplo, un bloque cerámico aligerado o de hormigón, cámara de aire, panel de aislamiento sintético, acabado de mortero o ladrillo cerámico de revestimiento. Cada una de esas capas implica extracción minera, transporte, fabricación industrial con altísimo consumo energético, y al final, un residuo difícil de valorar. La huella de carbono embebida, es decir, los kilos de CO₂ equivalente por metro cuadrado de cerramiento, puede ser de uno a dos órdenes de magnitud superior a la del muro monocapa de tierra.
Hasta hoy, esta dimensión del problema no ha entrado en el cálculo normativo español. El CTE evalúa el comportamiento térmico operativo del edificio —el consumo durante su uso— pero no la huella de los materiales que lo componen. Esa parte del impacto, que en muchos edificios bien diseñados puede representar la mayoría de las emisiones totales de su ciclo de vida, queda hoy fuera del marco regulatorio.
Pero esto está a punto de cambiar. El borrador del Documento Básico de Sostenibilidad Ambiental (DB-HSA) se encuentra desde noviembre de 2025 en audiencia pública, y entrará en vigor de forma escalonada: desde 2028 será obligatorio para edificios de más de 1.000 m², y desde 2030 para absolutamente todos los edificios nuevos. El DB-HSA exigirá calcular el potencial de calentamiento global del edificio a lo largo de cincuenta años, incluyendo emisiones de materiales (de la cuna a la fábrica), transporte y puesta en obra, mantenimiento y reposiciones durante medio siglo, uso operacional, y demolición y fin de vida. Todo. Sumado. En kg de CO₂ por metro cuadrado.
Y aquí hay un detalle que me da la sensación de que muy pocas personas están teniendo en cuenta: la norma penaliza usar datos genéricos. Sí haces los cálculos con la declaración ambiental de producto (DAP) verificada del fabricante, factor de calidad 1,00. Si usas valores predeterminados de bases sectoriales, factor 1,50. Un proyecto puede pasar o no pasar el umbral según la calidad de los datos que use el técnico.
Esto cambia el tablero entero. Un muro monocapa de tapia —de carbono casi nulo, sin necesidad de declaraciones ambientales complejas porque su composición es esencialmente tierra del lugar— pasará a competir, en términos de huella de carbono embebida, con sistemas industriales que arrastran A1-A3 de varios cientos de kilos de CO₂ por metro cuadrado.
Si el CTE actualizara también su HE-1 para reconocer el comportamiento dinámico real de los muros masivos, esos mismos cerramientos que hoy se demuelen serían – y es mi humilde opinión – de la noche a la mañana, la solución preferente en buena parte del territorio peninsular o no. Pero parece tan obvio: óptimos en confort, óptimos en huella, óptimos en economía local, óptimos en aprovechamiento de materiales del entorno.
Así que la pregunta no es si la tapia es buena o no. La pregunta es por qué seguimos midiéndola con una vara que ignora deliberadamente sus virtudes mientras premiamos sistemas constructivos que el DB-HSA, en muy poco tiempo, va a marcar como problemáticos por el otro lado del balance.
El alcance internacional: no es solo un problema español
Conviene ampliar el Zoom. Lo que llevamos veinte años aplicando en España no es una particularidad ibérica. Es un sesgo metodológico global, transmitido por estándares internacionales (ISO 6946, ISO 13786, EN 15804 y derivados) y replicado de país en país.
En noviembre de 2025, Chile promulgó una nueva norma térmica que castiga, exactamente con el mismo criterio que el CTE, a los muros de tierra cruda y a otros sistemas tradicionales de gran inercia. La situación chilena replica con un calco metodológico el problema español: Una estática como criterio dominante, ignorancia del comportamiento dinámico, penalización estructural de los sistemas vernáculos que mejor se adaptan a las condiciones climáticas locales. La nueva norma se ha promulgado sin que ningún medio sectorial chileno la haya puesto en debate público, en un silencio sospechosamente parecido al silencio español sobre el mismo asunto.
Esto importa por dos motivos. Primero, porque demuestra que el sesgo no es una rareza local que pueda corregirse con una enmienda autonómica o un acuerdo entre ministerios y comunidades. Es un problema arquitectónico-normativo internacional, transmitido por normas ISO que necesitan revisión profunda. Segundo, porque demuestra que la inercia tiene relevancia exactamente en los climas que hoy más sufren los efectos del cambio climático: la franja templada-cálida del planeta, donde las olas de calor se intensifican cada verano y donde la inercia constructiva es una herramienta de adaptación climática infrautilizada por culpa de un sesgo metodológico heredado del siglo pasado.
No es casualidad que algunos países hayan empezado a moverse. Francia, con su normativa RE2020, ha incorporado la huella de carbono embebida como criterio normativo a la par de la demanda operativa, y trabaja en métodos de evaluación dinámica que sí reconocen la masa térmica. El estándar Passivhaus, originalmente concebido en clima centroeuropeo y centrado en estanqueidad y aislamiento, ha tenido que desarrollar variantes específicas para clima cálido y tropical donde la inercia y la ventilación nocturna juegan un papel central que el estándar original no contemplaba. Las herramientas de simulación dinámica más usadas internacionalmente —EnergyPlus, IDA-ICE, TRNSYS, PHPP— capturan razonablemente bien la inercia siempre que el modelador no la obvie. La capacidad técnica existe. Lo que no existe, en España, es la presión normativa que la imponga como práctica por defecto.
Mientras tanto, en España, la inmensa mayoría de proyectos sigue justificando por la vía simplificada del HE-1, con sus U estáticas. Aunque la norma permite la simulación dinámica vía HE-0, mientras la vía simplificada baste para cumplir el requisito mínimo, el 95% del sector tirará por ahí. Lo que está por defecto en la herramienta y en la cultura técnica es lo que el sector ejecuta.
Las objeciones y por qué la tesis se sostiene
Creo justo dedicar un apartado a las objeciones razonables que este debate suscita. Conviene listarlas y responderlas con honestidad.
Primera objeción: el aislamiento aísla en ambos sentidos, así que un edificio muy aislado debería funcionar también bien en verano. Es cierto en lo termodinámico puro: la resistencia conductiva opera igual en flujo de calor de fuera a dentro que de dentro a fuera. Pero el efecto “horno” en verano de los edificios muy aislados sin inercia no viene de la conducción a través del muro. Viene de las ganancias internas y solares —radiación a través de los vidrios, ocupación, equipos— que entran al espacio y que, sin masa térmica que las absorba, no tienen dónde almacenarse. El aislamiento, además, frena la disipación nocturna, esa ventana de tiempo en la que el edificio podría desprenderse de su carga térmica acumulada. La fachada ligera muy aislada se comporta como una nevera al revés: lo que entra ya no sale. Inercia y ventilación nocturna son las dos palancas que evitan ese fenómeno. Sin una de las dos, hay tambaleo.
Segunda objeción: el problema no es del sistema constructivo, sino del diseño. Esta objeción tiene una parte de razón importante. Un edificio mal diseñado —con huecos sin protección solar, mala orientación, ventilación cruzada inexistente— va a tener problemas térmicos en verano, sea cual sea el sistema constructivo que se emplee. En ese sentido, la inercia compensa fallos de diseño que un edificio bien proyectado podría evitar incluso siendo ligero. Pero la objeción es solo parcial. La inercia no es solo un seguro contra el mal diseño: es un activo añadido también en edificios bien diseñados. Aun con sombreamiento óptimo y ventilación nocturna funcionando, un cerramiento con masa amortigua las oscilaciones de un modo que la fachada ligera no puede igualar. Y eso sin entrar en la dimensión higrotérmica —regulación de humedad, transpirabilidad, comportamiento ante condensaciones—, donde el muro de tierra juega en otra liga respecto a los sistemas industriales convencionales. La inercia no es una alternativa más, es un activo en sí mismo.
Tercera objeción: la inercia exige uso habitual de la vivienda para rendir. Cierto en parte. Una segunda residencia ocupada solo intermitentemente en invierno, durante fines de semana o estancias cortas, no aprovecha del todo el efecto volante térmico de la masa, porque el muro tarda en cargarse y el ocupante se va antes de que el sistema haya entrado en régimen. Pero el matiz solo aplica al invierno. En verano, llegar a una segunda vivienda estival construida con muros masivos y encontrar la casa fresca porque el cerramiento ha amortiguado tres semanas de calor previas es, precisamente, la ventaja máxima de la inercia. Mal con la intermitencia invernal, aliada absoluta en verano.
Cuarta objeción: el estudio de Castellarnau es sobre un muro de tapia de obra nueva, ejecutado con criterio, no sobre un tapial antiguo con filtraciones, heterogeneidad y grietas. Es exactamente así, y la propia autora del estudio lo explica en su metodología: descartó muros tradicionales en uso porque no garantizaban la estanqueidad mínima que exige la norma ISO 9869 para realizar la medición de termofluxometría in situ. Eligió un muro de obra nueva precisamente para poder medir. Pero la tesis del estudio —y, por extensión, la tesis de esta tribuna— no depende del caso particular medido. La crítica metodológica al CTE aplica a cualquier muro de gran inercia, esté en condiciones óptimas o no: tapia calicostrada nueva, adobe del siglo XIX, piedra del XVIII, ladrillo macizo de comienzos del XX. La metodología falla aguas arriba del caso concreto. Lo que se infravalora no es el muro estudiado: es la categoría entera de cerramientos de alta inercia.
¿Qué se debería medir? La propuesta técnica
Pongamos sobre la mesa qué cambiaría yo en el CTE si tuviera la pluma de quien lo escribe.
Primero, lo más urgente: integrar de forma estructural el régimen dinámico en la evaluación de cerramientos. La transmitancia U estática puede mantenerse como referencia general, pero no como criterio dominante para puntuar un cerramiento. La transmitancia dinámica equivalente, la difusividad y la efusividad deberían formar parte del cálculo normativo en cualquier muro con masa significativa.
Segundo, homogeneizar la temperatura de referencia para la conductividad térmica de todos los materiales. Medir aislantes a 10°C mientras se mide al resto a 23°C es un sesgo de catálogo que beneficia comercialmente a una parte muy concreta del sector y que penaliza estructuralmente a otra. En climas cálidos, donde las olas de calor llevan rutinariamente fachadas y cubiertas a más de 40°C, el rendimiento de los aislantes a 10°C es información engañosa.
Tercero, incorporar la huella de carbono embebida del cerramiento como criterio normativo a la par de la demanda operativa. El DB-HSA va exactamente en esa dirección y entrará en vigor desde 2028. Pero el HE-1 y el HSA tienen que dialogar entre ellos, no caminar en paralelo. Un edificio que cumpla los dos no es lo mismo que un edificio que optimice ambos a la vez, y la métrica integrada es lo que falta.
Cuarto, reconocer las estrategias pasivas en el cálculo normativo. Ventilación nocturna, sombreamiento dinámico, masa térmica interior aportada por particiones y forjados, ganancias solares aprovechables: todo esto interviene en el comportamiento térmico real del edificio y nada de esto aparece de forma seria en el cálculo simplificado actual.
Quinto, dar peso al comportamiento medido in situ, no solo al calculado. El estudio de Castellarnau muestra hasta qué punto el cálculo teórico se aleja de la realidad medida. En proyectos de rehabilitación, especialmente, debería existir una vía de justificación basada en medición real del cerramiento existente, no solo en valores tabulados.
Sexto, incentivar la simulación dinámica como vía preferente, no como excepción. La vía simplificada debería quedar para casos sencillos y bien tipificados. Para cualquier proyecto con cierta complejidad —rehabilitación de patrimonio, edificación con materiales no convencionales, climatologías con fuerte oscilación— la simulación dinámica debería ser el camino estándar, con herramientas accesibles y documentadas para todos los técnicos.
Algunas de estas medidas implicarían tocar normas ISO de transposición europea, pero otras —la integración con el DB-HSA, la flexibilización de la vía de justificación, el reconocimiento de la medición in situ— son perfectamente abordables en el ámbito español. Y deberían abordarse.
El reto no es técnico, es de adopción
Quiero cerrar el cuerpo analítico de esta tribuna con una observación que escuché en el debate posterior que hubo en un post que publiqué en LinkedIn y que me quedó dándole vueltas. Cuando en estructuras pasamos del canon vitruviano y de las reglas empíricas de la mampostería a la simulación por elementos finitos, no lo hicimos porque la norma nos obligara primero. Lo hicimos porque la simulación daba edificios más seguros y más baratos. Hubo un incentivo claro, técnico y económico, para abandonar lo viejo. En cálculo estructural, hoy, la optimización es brutal y nadie discute la transición.
En cálculo térmico no tenemos ese incentivo. La vía simplificada del HE-1 ya basta para cumplir. Pasar a la simulación dinámica es más trabajo, más coste, más formación, y al final del proyecto el sello del visto bueno municipal y/o del colegio profesional de turno es exactamente el mismo. ¿Por qué iba a moverse el sector?
Esto me lleva a pensar que no se trata de un reto técnico. La capacidad de cálculo existe, las herramientas están desarrolladas, los conceptos físicos están claros desde hace décadas. Se trata de adopción. Es un problema de cultura técnica -refiriéndome a todas las constructoras que han perdido los saberes tradicionales-, de defaults en las herramientas, de incentivos en la verificación normativa y, por supuesto, de presión regulatoria.
Aquí el sector más convencido tiene una responsabilidad clara: ser valiente. El CTE permite, en su artículo 5.1.3 y derivados, las soluciones alternativas justificadas. Es una vía poco usada, exigente en documentación y en argumentación técnica, pero está ahí. Y, paradójicamente, ahí está justamente el espacio donde quienes caminamos este sendero podemos empujar el cambio antes de que la norma lo recoja. No es cómoda, no es rápida, pero es la puerta que la propia norma deja entreabierta. Y es emocionante.
Lo intenté ya en 2017, dirigiendo mis primeras obras de construcción con paja y partes de autoconstrucción, justo cuando empezaba a interiorizar lo que significaba construir con coherencia material. Aprendí entonces algo que sigo confirmando hoy: esa puerta normativa funciona, pero exige un técnico convencido detrás, con motivación y pasión. Y la inmensa mayoría del sector, hoy, no quiere empujarla. Y creo que es por falta de incentivo y por aversión razonable al riesgo administrativo.
Por eso el cambio de fondo no puede depender solo de la valentía individual. Tiene que llegar por la metodología. Por el cambio de defaults. Por la presión normativa que convierta la simulación dinámica y la huella de carbono embebida en parámetros de cumplimiento obligatorio. Y por construir, en paralelo, las alternativas concretas que el sector pueda usar ya, sin esperar al BOE. De ahí nace Descarboniza.
Descarboniza: una infraestructura para cerrar la brecha
Llevo más de diez años construyendo con conciencia material. Aprendí a levantar muros de paja antes de que la sostenibilidad fuera tendencia. Estuve en Dinamarca adquiriendo la sensibilidad para entender que un edificio puede —y debe— respetar el lugar donde se levanta. Pasé un año viviendo en un pueblo de mil doscientos habitantes en Extremadura levantando una casa de paja con técnicas industrializadas a pequeña escala, con la convicción de que aquello podía ser escalable. Vengo de Lafábrika detodalavida y de la autoconstrucción. No me dedico a esto porque esté de moda.
Y en todo ese recorrido la conclusión ha sido la misma: el conocimiento técnico está disponible. No existe infraestructura cultural, formativa y técnica que permita al profesional “medio” aplicarlo en su día a día sin sentirse aislado, sin tener que reinventar la rueda en cada proyecto, sin tener que pelearse con herramientas pensadas para otro contexto, otro clima u otra cultura constructiva.
Descarboniza.com es mi apuesta para construir esa infraestructura.
Hoy es un directorio público de productos, materiales, fabricantes, constructoras, estudios de arquitectura, ingenierías y organizaciones que están haciendo construcción de bajo impacto en España. Es una base creciente de declaraciones ambientales de producto (DAP) verificadas y abiertas. Es un comparador de sistemas constructivos donde el técnico puede ver lado a lado dos cubiertas, dos fachadas o dos suelos con su huella de carbono embebida, su precio por metro cuadrado y su espesor real. Es un punto de encuentro entre profesionales que comparten un camino. Cada uno empujando en su sitio.
Y dentro de Descarboniza Labs estamos abriendo lo que, en mi opinión, mejor responde al problema central de esta tribuna: una herramienta de cálculo dinámico accesible para muros de gran inercia.

El mismo muro de tapia descrito por tres métricas distintas. La U estática del CTE (1,32 W/m²·K) frente a la U dinámica según ISO 13786 (0,09 W/m²·K) y un desfase térmico de 16,4 horas. La inercia, invisible en la primera, dominante en las otras dos.

Salida del Simulador de tapial. La herramienta no solo calcula transmitancias dinámicas según ISO 13786; las traduce a un párrafo de texto utilizable directamente en una memoria de proyecto. El pico de calor del mediodía llega al interior a las 05:22, atenuado un 93%.
La herramienta también traduce el resultado a lenguaje útil para obra: cuándo llega al interior el pico de calor del mediodía, en qué porcentaje queda atenuado, y —lo que en mi opinión es lo más valioso— qué vías del propio CTE permiten justificar normativamente un muro que no cumple por la tabla simplificada. Porque el CTE, contra la creencia generalizada, deja abiertos varios caminos que el sector apenas usa: la simulación dinámica reconocida del procedimiento general (DB-HE 1 apartado 3.1.1.1 más CTE Parte I Art. 5), la compensación por K global en reformas (DB-HE 1 apartado 3.1.1.2 final), la demostración de demanda total de calefacción y refrigeración inferior a 15 kWh/m²·año (DB-HE 1 apartado 3.1.1.6), la excepción para edificios catalogados (CTE Parte I Art. 2 de viabilidad), o el reconocimiento explícito de la EN ISO 13786:2017 para valores térmicos de diseño en productos de alta inercia (DB-HE 1, apartado 3.1.7 punto 7).

La vía simplificada no es la única ruta. El propio CTE habilita al menos seis caminos para justificar normativamente un muro de tapia que no cumple por la tabla 3.1.1.a. La mayoría del sector ignora todos menos el primero.
La idea es sencilla. Si la vía simplificada del HE-1 es la opción por defecto porque es la única que el técnico medio puede usar sin esfuerzo desmesurado, la respuesta no puede ser solo cambiar la norma. La respuesta tiene que ser, también, proporcionar una alternativa al alcance de ese técnico medio. Una herramienta que aproxime, de forma simplificada pero honesta, lo que hoy solo es viable con HULC —engorroso de narices— o con CYPETHERM HE Plus —licencia comercial—. Una herramienta pensada específicamente para el clima ibérico, para los materiales tradicionales (tapia, adobe, BTC, piedra, ladrillo macizo), y para la realidad de proyecto del estudio pequeño y mediano que no tiene departamento de simulación energética propio.
No pretende sustituir a las herramientas profesionales para los casos complejos. Pretende ser la primera puerta de entrada al cálculo dinámico para quien hasta ahora se ha quedado en la vía simplificada por mera fricción operativa. Que cualquier técnico pueda introducir su proyecto, sus materiales reales, su zona climática, sus huecos, y obtener una estimación de comportamiento dinámico decente sin pelearse con interfaces hostiles. Que la difusividad, la efusividad y la transmitancia térmica periódica dejen de ser parámetros de doctorado para convertirse en datos visibles en pantalla. Que el muro de tapia, el de BTC, el de adobe con aislamiento exterior aparezcan en el catálogo como sistemas comparables a un trasdosado de pladur, no como exotismos que hay que justificar aparte.
La adopción llega cuando la alternativa empieza a ser más fácil que la opción por defecto. Eso es lo que estamos intentando construir.
La vara que decide qué edificios se quedan en pie. Volvamos al principio.
Llevo algunos años ya comentando en obra que una pared de tapia de 60 centímetros no es una pared aislada. La frase, hoy, sigue siendo verdad. Pero sin contexto, es una trampa: al decirla en obra estoy dando por bueno, implícitamente, el marco con el que la normativa mide. Y ese marco es defectuoso.
Lo defectuoso del marco no está en que exija aislamiento. Exigir aislamiento en clima continental español es razonable. Lo defectuoso está en cómo mide la realidad: en estacionario un fenómeno que es dinámico, en condiciones idealizadas un edificio que vive en condiciones reales.
La metodología decide qué edificios se quedan en pie y cuáles se demuelen. Decide qué materiales se prescriben y cuáles se descartan. Decide qué construcción tradicional sobrevive y cuál se sustituye por sistemas industriales de altísima huella de carbono embebida. Decide, indirectamente, el destino energético, ambiental y patrimonial del parque edificado español de la próxima generación.
El debate llega justo a tiempo. En 2028 entra DB-HSA. En 2030 será obligatorio para todos los edificios nuevos. Si el HSA exige descontar carbono embebido, y la tapia tiene huella casi nula, y el HE-1 sigue impidiendo prescribirla por no llegar a U=0,27… la incoherencia interna del propio CTE se va a hacer insostenible.
A falta de voluntad, necesitamos alternativas concretas que el sector pueda adoptar sin esperar al BOE.
Cambiemos la vara.





