Desde el Institute of Ecosystem-related Impacts Research advierten sobre los efectos en cascada de la mala construcción ante fenómenos naturales.
“No construimos sobre el riesgo: construimos el riesgo.” La forma en que edificamos, regulamos y aseguramos los inmuebles define la magnitud de las crisis cuando ocurren fenómenos naturales.

Tribuna de Anne Fornier Founder Volcano Active Foundation. Disaster Risk Reduction and Resilience Strategies. Author of the book VOLCANIQUE (edition Bold). Co-founder Institute of Ecosystem-related impacts Research junto a Carole Conforti.
Los riesgos geológicos —terremotos, deslizamientos, hundimientos, erosión— no se limitan a lo físico. Su verdadera magnitud se revela al analizar cómo construimos sobre ellos. La arquitectura, lejos de ser una barrera pasiva, actúa como interfaz entre el fenómeno natural y sus consecuencias humanas. Lo que está en juego no son solo edificios, sino sistemas complejos donde interactúan suelo, regulación, mercado y desigualdad.
Hoy, el estrés financiero derivado del riesgo territorial supera en impacto sobre la salud a factores como el tabaco o el alcohol. Esta carga no se origina en el sismo o la ladera inestable, sino en la forma en que diseñamos, edificamos, aseguramos y valoramos los activos inmobiliarios. La inseguridad habitacional, las primas crecientes de seguros, la pérdida de valor de propiedades y la fragilidad estructural generan tensiones que derivan en efectos sociales y sanitarios. Estas consecuencias no siguen una línea recta: emergen de un sistema con múltiples variables interdependientes.
Las propiedades emergentes aparecen cuando la calidad constructiva, la planificación urbana, la supervisión técnica y el entorno económico se combinan. Una edificación débil puede convertirse en desencadenante de crisis colectivas: desplazamientos masivos, colapso sanitario, pérdida de patrimonio familiar, inestabilidad financiera. El sistema produce un resultado que no se deduce de analizar los elementos por separado.
“La arquitectura no es solo técnica: es sistémica.” Cada edificio forma parte de una red de riesgos compartidos cuya estabilidad depende de decisiones constructivas aparentemente pequeñas.
Desde el Institute of Ecosystem-related Impacts Research, que tengo el honor de dirigir, analizamos como decisiones aparentemente técnicas —el tipo de cimentación, la calidad del hormigón, la adaptación al terreno— amplifican o mitigan el impacto. Una normativa laxa o una fiscalización ineficaz pueden multiplicar el daño. Pero una construcción resiliente genera efectos protectores que se expanden por el sistema: menos víctimas, activos estables, seguros sostenibles, menor estrés colectivo.
La construcción, por tanto, no es solo técnica: es sistémica. Un edificio no es un objeto aislado, sino un nodo en una red de riesgos compartidos. Construir bien no solo salva vidas: reduce la probabilidad de colapso social. Genera resiliencia emergente.
En sistemas complejos, la prevención estructural tiene un efecto multiplicador. Invertir en calidad técnica y adaptación territorial previene más que daños físicos: reduce tensión social, fragmentación económica y presión sobre la salud pública.
El terremoto de Turquía en 2023 lo evidenció con brutal claridad. Edificios sometidos a la misma sacudida respondieron de manera opuesta. La diferencia no estuvo en la naturaleza del sismo, sino en las decisiones previas: materiales, normas, supervisión. Esa construcción —o su ausencia— definió no solo los daños, sino las consecuencias sistémicas.
En definitiva, la arquitectura no es el final de la cadena de prevención. Es su origen.
“La prevención más eficaz no está después del desastre, sino antes del hormigón.” Invertir en calidad constructiva, adaptación territorial y normativa robusta tiene un efecto multiplicador sobre la salud, la economía y la cohesión social.
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