David Masip: “El verdadero reto no es elegir materiales, sino transformar la industria que los produce”

Desde Batlleiroig analizan cómo el pasaporte digital, la taxonomía europea y la trazabilidad ambiental están transformando la práctica arquitectónica y los procesos de proyecto.

El Dato
El 85 % de los edificios en Europa fueron construidos antes del año 2000 y el 75 % presenta un bajo rendimiento energético, según datos de la Unión Europea.

Contenidos

Entrevista a David Masip, arquitecto experto en sostenibilidad en Batlleiroig en relación con el monográfico y entrevista coral, Materiales y sostenibilidad: incluyendo el pasaporte digital, la taxonomía europea y cómo las empresas están respondiendo a estas exigencias.

La sostenibilidad ha dejado de ser un atributo añadido para convertirse en un eje estructural del sector de la construcción. La entrada en escena del pasaporte digital de producto, la aplicación de la taxonomía europea y la creciente exigencia de trazabilidad y datos ambientales están modificando la forma de proyectar, construir y promover. En esta entrevista coral, distintos perfiles del sector analizan cómo está impactando esta transformación en su trabajo diario y qué retos y oportunidades plantea a medio plazo.

¿Cómo están cambiando los criterios de selección de materiales en proyectos y obras a raíz de las nuevas exigencias de sostenibilidad y del marco regulatorio europeo?

Hago una pequeña aclaración en relación con el concepto “material”, ya que en el ámbito de la sostenibilidad suele generar confusión y es relevante entender la diferencia. La literatura identifica que el término “material” hace referencia a la materia prima en su estado original, es decir, a un elemento que no ha sufrido transformación. En el ámbito de la construcción y la sostenibilidad, debemos hablar más bien de productos, componentes o sistemas.

No debería existir un criterio que discrimine un material u otro en el sector de la construcción. Tanto la madera como el hormigón tienen propiedades magníficas de las que no podemos prescindir.

Sí existen, en cambio, procesos industriales o extractivos más o menos agresivos, y son estos los que dotan de mayor o menor impacto a los productos de construcción. La “sostenibilidad” de los materiales de construcción está sujeta a la propia industria, y en los últimos años la gran mayoría está avanzando hacia una mejora de su desempeño medioambiental.

Actualmente no existe ningún tipo de normativa que limite el carbono embebido de los materiales en un proyecto. Si bien es cierto que las diferentes certificaciones de sostenibilidad han empujado al sector a reportar sus impactos y nos han permitido, por primera vez como arquitectos, cuantificar nuestro impacto e identificar mejoras en nuestra práctica.

En las nuevas oficinas INSPIRE que hemos diseñado en Batlleiroig, hemos analizado desde las fases iniciales las diferentes soluciones estructurales en relación con la huella de carbono final del proyecto. El resultado ha derivado en un edificio de estructura mixta, utilizando cada material de la manera más óptima.

Desde su experiencia, ¿la información ambiental disponible hoy sobre los materiales es realmente útil, comprensible y comparable para quienes proyectan, dirigen obra o promueven?

Actualmente la información es bastante opaca y, en función de la base de datos que se utilice, los valores pueden resultar algo incongruentes. Digamos que todavía estamos en un estado muy inicial, aunque vamos en buen camino.

Hay muchas empresas que saben que están haciendo las cosas bien y han realizado un esfuerzo muy elevado para obtener Declaraciones Ambientales de Producto (DAP) y reportar sus impactos. Pero, por otro lado, sigue habiendo demasiada poca información: no todos los productos disponen de una DAP. Esto dificulta su comparabilidad y complica la toma de decisiones en función del desempeño medioambiental.

En Batlleiroig hemos analizado diferentes sistemas constructivos a través de distintos vectores, como el GWP potencial de calentamiento global CO₂, el consumo de energía y el consumo de agua. Con un poco de formación es posible identificar la información medioambiental y sus impactos reportados. Internamente, esto nos está ayudando mucho a la hora de elegir sistemas constructivos de bajo impacto. Empresas como Zinco, Duravit, Saint-Gobain, Breinco, Wicona o Cemex están realizando avances significativos en este ámbito.

La ‘sostenibilidad’ de los materiales de construcción está sujeta a la propia industria

El pasaporte digital de producto apunta a ser una herramienta clave en los próximos años. ¿Cree que facilitará la toma de decisiones o añadirá una nueva capa de complejidad técnica y administrativa?

Hoy en día los proyectos ya disponen de una gran cantidad de información que, con cierto esfuerzo, podría ser equivalente a un Product Passport. Lo que me parece más interesante es que esta iniciativa podría llegar a definir una metodología o un marco común. Esto ayudaría enormemente a las generaciones futuras a la hora de enfrentarse a proyectos de demolición y de impulsar una mayor circularidad y trazabilidad de los recursos.

¿Qué dificultades reales encuentran los distintos agentes del sector para integrar datos ambientales, trazabilidad y criterios de circularidad en el día a día del proyecto y la obra?

La dificultad actual radica en la inexistente interoperabilidad entre los distintos softwares y herramientas de cálculo. Los programas utilizados para modelar arquitectura no son los mismos que los empleados para realizar presupuestos o cálculos medioambientales.

Si bien es cierto que, desde la llegada del BIM, se han agilizado muchos procesos y empiezan a existir herramientas que dialogan entre sí, seguimos estando lejos de contar con sistemas plenamente integrados y eficientes.

Respecto a la integración de criterios de circularidad, una de las principales dificultades que encontramos en la práctica profesional es la ausencia de referentes claros y de un marco normativo común que facilite su aplicación sistemática en el proyecto y en obra.

Sin embargo, incluso en este contexto, es posible avanzar mediante estrategias concretas y realistas. Un ejemplo es el proyecto de transformación de la Rambla de la Girada en Vilafranca del Penedès, desarrollado en 2024, donde se replantea una rambla tradicional como un espacio público 100 % permeable. La intervención propone devolver el agua de lluvia al ciclo natural, utilizándola como recurso para potenciar la biodiversidad del entorno.

El proyecto incorpora pavimentos drenantes y cunetas vegetales laterales que regulan la escorrentía en episodios de lluvia intensa. Además, se reutilizan materiales procedentes de la propia obra para conformar pequeños diques de contención en las cunetas, reduciendo la necesidad de nuevos recursos y mejorando la gestión hídrica.

Fotos © DEL RIO BANI

¿Está influyendo ya la taxonomía europea en la viabilidad económica de los proyectos, el acceso a financiación o la contratación pública?

Lo más interesante de todo este proceso es que, por primera vez en el sector de la construcción, no solo se habla de dinero. Han entrado en juego conceptos como el cambio climático, la economía circular y, en algunos casos, se pone a las personas en el centro, que no debemos olvidar que son para quienes realmente hacemos los proyectos.

Sobre la viabilidad económica no tengo una respuesta clara y no me atrevo a especular. Sin embargo, sí puedo afirmar que los proyectos que siguen los criterios de la taxonomía europea son activos más resilientes y eficientes. Esto los posiciona favorablemente en términos de durabilidad y adaptabilidad en el tiempo, incluso ante situaciones de emergencia climática.

¿Existe una brecha entre los objetivos normativos de sostenibilidad y los tiempos, costes y dinámicas reales de la construcción?

La normativa actual se ha centrado principalmente en el carbono operacional y no tanto en el carbono embebido, como se menciona en la reciente actualización de la EPBD. Desde hace unos años ya estamos proyectando edificios nZEB y el objetivo es alcanzar edificios ZEB de cara a 2030. El verdadero problema radica en el parque edificado existente.

La Unión Europea señala que el 85 % de los edificios fueron construidos antes del año 2000 y que, de estos, el 75 % presenta un bajo rendimiento energético. Esto se debe a que la mayoría fueron construidos antes de que existiera una normativa exigente en materia energética. Por tanto, los esfuerzos deben centrarse en la rehabilitación del parque existente, más que en los edificios nuevos, que ya cuentan con un marco regulatorio bastante definido.

¿Cómo está afectando esta transición a la relación entre promotores, proyectistas, direcciones facultativas, constructoras y proveedores de materiales?

Identificamos esta transición como un escenario positivo. Muchos de los proyectos ambiciosos en términos de desempeño medioambiental parten de un compromiso claro del cliente o de la propiedad. Si esperáramos únicamente a la normativa, no avanzaríamos.

Es cierto que se añade complejidad al proceso. Lo que identificamos hoy en día es la necesidad de disponer de más tiempo para elaborar los proyectos respecto a lo que era habitual. La sostenibilidad requiere iteraciones de simulación energética y de cálculo de carbono embebido para comparar soluciones e identificar la más adecuada para cada proyecto. Esto aporta una mirada más analítica al sector, que consideramos completamente positiva.

Además, este enfoque hace cómplice al cliente y a los distintos stakeholders. Todos se sienten más implicados en el desarrollo y la toma de decisiones, y comprenden mejor el fundamento de las decisiones finales.

Las nuevas exigencias representan una gran oportunidad para volver a proyectar de forma más consciente y contextual

¿Considera que arquitectos, arquitectos técnicos y equipos de obra están suficientemente formados para interpretar y aplicar correctamente esta nueva capa de información técnica y ambiental?

No, claramente no. El sector es lo suficientemente complejo como para que todo el mundo domine todos los ámbitos. Por ello, cada vez surgen más especializaciones. Esto abre un abanico de oportunidades para nuevas posiciones profesionales y expertos específicos.

La co-creación y el desarrollo de proyectos con equipos multidisciplinares aportan una mirada integral que enriquece el resultado final.

¿Qué riesgos identifica en una implantación acelerada de nuevas exigencias sin una coordinación clara entre normativa, industria y práctica profesional?

El único riesgo que identifico es la responsabilidad última que recae sobre los despachos de arquitectura. Si aumentamos las exigencias en todos los aspectos, también es necesario ajustar las responsabilidades de los equipos, lo que inevitablemente se traduce en un incremento de honorarios.

Para despachos pequeños o proyectos con presupuestos reducidos, añadir complejidad a la ecuación puede resultar perjudicial. Transmitir esta realidad a los clientes no siempre es sencillo. Instituciones como los colegios de arquitectos deberían contribuir a redefinir el rol del arquitecto en relación con estas nuevas demandas.

En nuestro caso, uno de los éxitos del despacho es precisamente la mirada transversal en los proyectos, desde las tres disciplinas que trabajamos: paisaje, planeamiento y edificación.

Mirando a medio plazo, ¿qué oportunidades concretas puede generar esta transformación para mejorar la calidad del proyecto, la eficiencia de la obra y la competitividad del sector?

Durante algunos años, bajo la influencia del movimiento del estilo internacional, se construyeron proyectos con una estética muy homogénea, generalmente muy acristalada y poco adaptada a la zona climática en la que se implantaban.

Las nuevas exigencias representan una gran oportunidad. Nosotros lo definimos como la búsqueda de una estética basada en la sostenibilidad, que en el fondo supone volver a los orígenes y proyectar de forma más consciente y contextual.

El proyecto Entegra de Batlleiroig fue pionero en este sentido, optimizando la relación hueco-opaco según la orientación y aplicando estrategias de ventilación natural en las oficinas. En definitiva, se trata de lo mismo: lograr una integración real entre ciudad y naturaleza.

“No, claramente no” —sobre si el sector está suficientemente formado para interpretar la nueva capa de información ambiental.

Fotos © Oriol Gómez

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