Desde el diseño interior se pueden anticipar, integrar y humanizar las soluciones de accesibilidad, evitando que se conviertan en adaptaciones forzadas o impuestas por normativa. El reto está en proyectar desde el detalle, con sensibilidad, para crear espacios bellos, funcionales e inclusivos.
Por Sandra Guiu, Interiorista colegiada y actual Decana del CODIC (Col·legi de Dissenyadors d’Interiors i Decoradors de Catalunya), y vocal de la junta del Consejo de diseñadores de Interior de España.
La accesibilidad universal se ha convertido en un principio fundamental del diseño contemporáneo, la arquitectura y el interiorismo. Desde la teoría, representa la posibilidad de que cualquier persona pueda usar, comprender y disfrutar un espacio sin barreras ni obstáculos, independientemente de su edad, capacidades físicas, sensoriales o cognitivas. Sin embargo, trasladar este concepto a la práctica profesional sigue siendo un reto, especialmente cuando nos encontramos con limitaciones reales de edificios existentes, presupuestos ajustados o normativas patrimoniales que condicionan las intervenciones. La distancia entre la teoría y la realidad es notable, y como diseñadores de interiores, somos quienes debemos cerrar esa brecha.
En el plano teórico, los principios de accesibilidad están claramente definidos. Normativas nacionales e internacionales, guías de diseño universal y criterios de inclusión establecen parámetros técnicos como anchura de pasillos, radios de giro, alturas de muebles, iluminación, contraste cromático y ergonomía. Además, la visión moderna de la accesibilidad va más allá de la eliminación de barreras físicas. Hoy se considera la accesibilidad sensorial, cognitiva y emocional, prestando atención a la orientación dentro del espacio, la legibilidad de la señalética, la calidad acústica, el confort lumínico y la facilidad de uso de mobiliario y tecnología. En este sentido, la teoría ofrece un marco sólido que permite a los profesionales proyectar entornos inclusivos y funcionales, donde la diversidad de usuarios se convierte en un eje central del diseño.
La accesibilidad universal no debe ser una adaptación tardía, sino un principio integrado desde el inicio del proyecto.
Sin embargo, la realidad profesional es más compleja. En muchas ocasiones, trabajamos en edificios existentes con estructuras antiguas, limitaciones constructivas, características patrimoniales o instalaciones obsoletas que dificultan la aplicación de los criterios ideales. Los presupuestos, los plazos ajustados y la percepción del cliente, que a menudo ve la accesibilidad como un sobrecoste o una obligación legal, generan un entorno en el que las soluciones se aplican de manera mínima y poco integrada. Esto provoca que la accesibilidad se perciba como una capa añadida al proyecto, más que como un elemento intrínseco al diseño. El resultado puede ser un espacio técnicamente “accesible”, pero poco intuitivo, incómodo o poco acogedor para los usuarios reales.
Es aquí donde el diseñador de interiores desempeña un papel determinante. Nuestro trabajo se sitúa en la escala humana, en el detalle y en la experiencia cotidiana. Definir recorridos fluidos, elegir materiales antideslizantes, distribuir la iluminación de forma estratégica, seleccionar mobiliario ergonómico u organizar la jerarquía espacial son decisiones que impactan directamente en la accesibilidad. Además, un enfoque integrador permite que estas soluciones se perciban como naturales y coherentes con la estética del proyecto, evitando la sensación de adaptación forzada. Cuando la accesibilidad se diseña desde el inicio, deja de ser un requisito técnico y se convierte en un valor añadido que mejora la experiencia de todos los usuarios.
El diseño interior tiene el poder de transformar espacios en entornos inclusivos, bellos y funcionales para todas las personas.
Entre las tendencias más relevantes en accesibilidad y diseño de interiores destaca la integración de soluciones invisibles, que garantizan funcionalidad sin comprometer la estética. El diseño centrado en la experiencia del usuario, basado en la observación de cómo se utilizan realmente los espacios, permite anticipar necesidades y crear entornos flexibles que se adapten a diferentes perfiles. La tecnología inclusiva, como domótica accesible, sistemas de control intuitivos o señalización inteligente, amplía las posibilidades de uso sin alterar la coherencia del espacio. También se observa un enfoque intergeneracional, que combina criterios de accesibilidad con ergonomía y confort para personas de todas las edades, desde niños hasta mayores, incorporando mobiliario y equipamiento versátil y evolutivo.
La accesibilidad, además, se ha consolidado como un indicador de responsabilidad social, calidad de diseño y sostenibilidad. Espacios accesibles son espacios más flexibles, seguros y duraderos, capaces de responder a los cambios de la sociedad y a la diversidad de sus usuarios. Para los diseñadores de interiores, esto implica un ejercicio de anticipación y creatividad, transformando un requisito normativo en una oportunidad para proyectar ambientes más humanos, funcionales y estéticamente cuidados.
En conclusión, desde la perspectiva del diseño de interiores, la accesibilidad universal no representa una limitación, sino un catalizador de calidad y excelencia. Integrar criterios de accesibilidad desde la concepción del proyecto permite cerrar la brecha entre teoría y práctica, generar espacios inclusivos y garantizar que todas las personas puedan disfrutar de entornos seguros, cómodos y elegantes. Diseñar accesibilidad no es diseñar para unos pocos; es diseñar mejor para todos, con sensibilidad, rigor y visión de futuro, aportando valor tangible y humano a cada proyecto. Un enfoque consciente y creativo convierte la accesibilidad en un factor que enriquece la arquitectura interior y fortalece la experiencia de quienes habitan y disfrutan los espacios, haciendo del diseño una herramienta verdaderamente inclusiva.
La accesibilidad real va más allá de la normativa: implica sensibilidad, observación y compromiso con el uso cotidiano del espacio.
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