Pedro García Fernández: “La industrialización no es fabricar más, es fabricar mejor y con método”

El CEO de Modulaccion explica cómo la falta de mano de obra ha acelerado el paso hacia modelos industriales

El Dato
Modulaccion ha pasado de producir unos 800 baños anuales a proyectar 4.600 unidades al año gracias a la industrialización

La industrialización en la construcción ya no es una hipótesis. Es una necesidad estructural vinculada directamente a la falta de mano de obra, la necesidad de eficiencia y la presión por mejorar calidad y plazos. En este contexto, Modulaccion se posiciona como uno de los actores que está impulsando este cambio desde la fabricación industrial de baños.

“La calidad no puede depender del estado de ánimo del trabajador, sino de un sistema bien definido”. Entrevista a Pedro D. García Fernández, director general en Modulaccion, en el contexto del primer monográfico de datos sobre industrialización en España impulsado por Construnews.

La industrialización se ha convertido en uno de los grandes temas del sector. Desde vuestra experiencia, ¿cómo nace Modulaccion y qué problema venís a resolver?

Durante muchos años, el sector de la construcción funcionó con una inercia muy clara, apoyado en una disponibilidad de mano de obra que parecía inagotable y en unos procesos que, aunque poco eficientes, eran capaces de responder a la demanda. Sin embargo, tras la crisis inmobiliaria, ese equilibrio se rompió. Cuando la actividad empezó a recuperarse, nos encontramos con que queríamos construir al mismo ritmo, con los mismos plazos y con las mismas exigencias, pero sin las personas necesarias para hacerlo posible. Ese desajuste es el verdadero origen de Modulaccion.

En nuestro caso, esa experiencia no es teórica, sino vivida desde dentro de la obra durante muchos años. Detectamos que el problema no era puntual, sino estructural, y que no se iba a resolver simplemente esperando a que el mercado laboral se reorganizara. Por eso empezamos a explorar soluciones prefabricadas que nos permitieran reducir la dependencia de la ejecución in situ, y poco a poco fuimos evolucionando hacia un modelo completamente industrializado.

El objetivo no era solo fabricar elementos fuera de la obra, sino replantear la forma en la que se construye. Entendimos que había partes del edificio, como el baño, donde la complejidad técnica y la repetición hacían especialmente evidente la necesidad de un cambio. Ahí es donde decidimos concentrar nuestros esfuerzos, no como una solución puntual, sino como una forma distinta de entender todo el proceso constructivo.

¿Qué significa realmente industrializar la construcción?

La palabra industrialización se utiliza mucho, pero a menudo de manera poco precisa. Para nosotros no tiene que ver únicamente con fabricar en una nave o con trasladar parte del trabajo fuera de la obra. Industrializar significa, sobre todo, diseñar un sistema en el que el resultado no dependa de factores variables o difíciles de controlar, como puede ser la experiencia puntual de un operario o las condiciones específicas de un día de trabajo.

En el modelo tradicional, una gran parte de la calidad final depende de cómo cada persona interpreta el proyecto en el momento de ejecutarlo. Eso introduce una variabilidad enorme, que se traduce en errores, ajustes continuos y una falta de homogeneidad que el sector ha asumido durante décadas como algo inevitable. Nosotros creemos que esa variabilidad no es inevitable, sino que es consecuencia de no haber diseñado el proceso con suficiente precisión.

Industrializar implica definir cada fase, cada material, cada secuencia y cada control de forma que el resultado sea siempre el mismo. La calidad deja de ser algo que se comprueba al final y pasa a ser algo que se incorpora desde el principio, en el diseño del propio sistema. No se trata de simplificar el trabajo, sino de hacerlo más previsible, más controlado y menos dependiente de la improvisación.

La industrialización nace como respuesta directa a la falta estructural de mano de obra en el sector

¿Cómo se traduce esto en capacidad productiva y escalabilidad?

El cambio más visible es el aumento de la capacidad productiva, pero lo realmente importante es cómo se consigue ese aumento. Nosotros hemos pasado de fabricar en torno a 800 baños al año a proyectar una capacidad cercana a los 4.600. Ese crecimiento no se explica solo por tener más espacio o más maquinaria, sino por haber cambiado completamente la lógica de producción.

Cuando trabajas con un enfoque tradicional, cada unidad es casi un proyecto en sí misma, con variaciones, ajustes y decisiones que se toman sobre la marcha. Eso hace muy difícil escalar, porque cada incremento de producción implica multiplicar también la complejidad. En cambio, cuando trabajas por componentes, con procesos definidos y repetibles, puedes aumentar el volumen sin que aumente en la misma proporción la incertidumbre.

La clave está en dejar de pensar en el producto final como algo único y empezar a entenderlo como la suma de procesos que pueden ser optimizados, medidos y replicados. Ese cambio de mentalidad es lo que permite que la producción crezca de forma ordenada y sostenible en el tiempo.

¿Dónde está realmente el éxito de este modelo industrializado?

El éxito no está en la fabricación, sino en todo lo que ocurre antes. En nuestra experiencia, alrededor del noventa por ciento del resultado final se decide en las fases iniciales del proyecto. Si el diseño no está bien definido, si las interfaces no están claras o si no hay una coordinación real entre los agentes, la industrialización pierde gran parte de su potencial.

Por eso insistimos tanto en que la industrialización no empieza en la fábrica. Empieza en el proyecto, en la manera en la que se conciben los espacios, en cómo se resuelven las conexiones y en cómo se integran las distintas disciplinas. El uso de herramientas como BIM es fundamental en este sentido, porque permite anticipar problemas que en el modelo tradicional solo se detectan cuando ya es demasiado tarde.

Cuando ese trabajo previo está bien hecho, la fabricación y la instalación en obra fluyen con mucha más naturalidad. Pero cuando no lo está, la industrialización no desaparece, simplemente se vuelve más difícil y pierde eficiencia.

El baño es un elemento especialmente complejo dentro del edificio. ¿Por qué es un buen candidato para la industrialización?

El baño concentra en muy poco espacio una cantidad enorme de complejidad técnica. En unos pocos metros cuadrados conviven instalaciones de fontanería, electricidad, ventilación, sistemas de impermeabilización, revestimientos, carpinterías y equipamiento sanitario. Además, intervienen múltiples proveedores y materiales, cada uno con sus propias tolerancias y requisitos.

En una obra tradicional, esa complejidad se gestiona a través de la coordinación entre oficios, lo que introduce una gran cantidad de puntos críticos donde pueden aparecer errores. Basta con que una instalación no esté en la posición exacta o que un revestimiento tenga una pequeña desviación para que se genere un efecto en cadena que obliga a rehacer o ajustar trabajos posteriores.

Cuando analizas el baño desde una lógica industrial, esa complejidad no desaparece, pero se traslada a un entorno donde puede ser controlada. El despiece completo del baño revela un número muy elevado de componentes, pero también permite organizar ese conjunto como un sistema coherente. Y es precisamente ahí donde la industrialización aporta más valor: en la capacidad de integrar, coordinar y verificar todos esos elementos antes de que lleguen a obra.

El modelo industrial permite garantizar calidad homogénea independientemente del operario

¿Qué papel juega la digitalización en este proceso?

La digitalización es absolutamente fundamental. Sin una base de datos sólida y sin capacidad de seguimiento del proceso, la industrialización se queda en una simple prefabricación mejor organizada. Para que el sistema funcione realmente, necesitas conocer en todo momento qué está ocurriendo, qué materiales se están utilizando, qué controles se han realizado y en qué punto se encuentra cada unidad.

En nuestro caso, cada baño tiene asociada una información completa que incluye materiales, procesos, controles de calidad y trazabilidad. Esto no solo permite fabricar con mayor precisión, sino que también facilita el aprendizaje continuo. Cada dato que recoges es una oportunidad para mejorar el sistema, detectar desviaciones y optimizar procesos.

Además, la digitalización conecta directamente con el futuro del sector. La posibilidad de incorporar pasaportes digitales de producto, integrar información con modelos BIM o gestionar el ciclo de vida del edificio a partir de datos reales abre un campo enorme de posibilidades que todavía está empezando a desarrollarse.

¿Cómo ves el grado de implantación de la industrialización en España frente a otros países?

España está avanzando, pero lo hace de manera desigual. Hay empresas, promotoras y constructoras que han entendido claramente el valor de la industrialización y están apostando por ella de forma decidida. Pero también hay una parte importante del sector que todavía está en fases iniciales, explorando y evaluando cómo incorporar estos sistemas.

En otros países europeos, determinadas soluciones industrializadas ya forman parte del estándar en algunas tipologías de edificios. Aquí todavía estamos en un proceso de transición, donde conviven modelos tradicionales con nuevas metodologías. Eso no es necesariamente negativo, pero sí implica que el cambio requiere tiempo y, sobre todo, pedagogía.

Es importante acompañar a los distintos agentes para que entiendan que la industrialización no es simplemente una alternativa técnica, sino una forma distinta de organizar el trabajo. Si ese cambio no se comprende, es fácil que surjan resistencias o que se intente aplicar el sistema sin adaptar el resto del proceso, lo que puede generar frustración.

¿Cuál es el principal valor que aporta la industrialización frente al modelo tradicional?

El principal valor es la reducción de la incertidumbre. En la construcción tradicional, es muy difícil garantizar con precisión plazos, costes y niveles de calidad, porque intervienen demasiadas variables que no están completamente controladas. Cada obra es, en cierto modo, un prototipo.

Cuando trabajas con un sistema industrializado, esa variabilidad se reduce de manera muy significativa. Un elemento que sale de fábrica tiene unas condiciones mucho más claras en términos de tiempo, coste y calidad. Eso no significa que no existan riesgos, pero sí que están mucho más acotados.

Esa previsibilidad tiene un impacto directo en todos los agentes del proceso. Para la constructora, significa menos desviaciones y menos problemas en obra. Para el promotor, mayor seguridad en la inversión. Y para el usuario final, un producto más homogéneo y fiable.

¿Estamos ante un cambio de paradigma en la construcción?

Sí, pero es un cambio que hay que entender bien. No se trata simplemente de construir más rápido o de sustituir unos materiales por otros. Se trata de cambiar la manera en la que se piensa el proceso constructivo en su conjunto.

La industrialización no elimina la complejidad de construir, porque la construcción seguirá siendo una actividad compleja. Lo que hace es gestionar esa complejidad de una manera distinta, más cercana a la lógica de la industria, donde los procesos están definidos, medidos y optimizados.

En ese sentido, el verdadero cambio no es tecnológico, sino cultural. Es pasar de un modelo basado en la improvisación y la adaptación continua a otro basado en la planificación, el control y el aprendizaje acumulativo. Y eso no ocurre de un día para otro, pero es el camino que el sector ya ha empezado a recorrer.

La digitalización y el dato se consolidan como la base para escalar la construcción industrializada

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