Carles Cartañá Mantilla, arquitecto técnico, coautor del libro Catalunya:50 castells medievals
“Entonces vio delante de sí, en un valle, la parte más alta de una torre que apareció. No se encontraba hasta Beirut una tan bella ni tan bien construida. Era cuadrada, de piedra oscura, y tenía torrecillas alrededor. La sala estaba delante de la torre y las galerías delante de la sala. Perceval baja por allí y dice que bien le ha indicado el camino el que le había enviado hasta allí”.
Chrétien de Troyes. El cuento del Grial

Nos encontramos en la Península Ibérica, hacia finales de la llamada Alta Edad Media, entre los siglos VIII y X. Los territorios septentrionales de Al-Ándalus, que constituyen la línea defensiva contra los reinos cristianos del norte, han sido organizados en forma de fronteras o distritos militares. La llamada Frontera Superior, ubicada al nordeste de la Península, tiene como capital Zaragoza y cuenta como punta de lanza con las importantes ciudades de Lleida, Tortosa y Balaguer. Esta frontera extrema, la más septentrional i alejada del Islam recibe la denominación en lengua árabe de at-Tagr al-A’là.Castillo de Gelida
En el territorio que comprende lo que hoy llamamos la Catalunya Nova, estas ciudades fronterizas fueron fortificadas con las llamadas sudas o alcazabas, claros ejemplos de los avances de la poliorcética andalusí con respecto a las construcciones que se realizaban en aquella época en los territorios de la Europa Occidental. Se cree que sus modelos provenían de la tradición constructiva siria, desarrollada a partir de influencias romanas y bizantinas.
La organización de este territorio de frontera y su defensa se basó principalmente en todo un sistema de construcciones de variada tipología dependiendo de la función específica que realizaran. Así, además de las ya mencionadas sudas, encontramos el alcázar o palacio fortificado (al-qsar), el castillo o centro de organización de un territorio concreto (hisn o plural hussún), las rábidas o monasterios fortificados (al-ribat) i las torres o atalayas de control territorial (al-búrj y al-talay’a).

Una construcción de gran calidad
A pesar de las transformaciones sufridas por el paso del tiempo, aún hoy podemos identificar muchas de estas construcciones que destacan por su elevado nivel de calidad, tanto si nos referimos a sus materiales constructivos como a su ejecución. Ésta fue dirigida por equipos de ingenieros militares experimentados, bajo una planificación centralizada y economía de estado. Aún podemos hoy constatar la presencia de muros aparejados con sólidos sillares de textura acolchada, así como las torres cuadrangulares en las esquinas y en los puntos intermedios de las cortinas o murallas, las cuales facilitaban enormemente su defensa.
La estructura de las fortificaciones andalusíes, sus castillos, se organizaba en base a dos recintos claramente diferenciados: el núcleo principal generalmente en forma de prisma cuadrangular de difícil acceso y un segundo recinto o albacar, destinado a acoger las tropas i también a la población de la zona y sus rebaños. Atendiendo a la gran extensión de terreno que debía cubrirse, estos recintos se complementaban con un importante número de torres de defensa, así como de refugios subterráneos que permitían a la población rural resguardarse en caso de ataque.
Para completar la defensa, existía un complejo entramado de torres o almenaras que permitían la comunicación visual y sonora mediante señales realizadas con espejos y bocinas de día y hogueras de noche. Destacan las llamadas cireras (al-siràja) o luminarias ubicadas en lugares elevados. No sin razón se aseguraba que un mensaje visual enviado desde la Frontera Superior podía llegar a Córdoba en un solo día.
Dependiendo de su ubicación, estas torres podían llegar a alcanzar los 30 metros de altura. Además, disponían de una entrada elevada y de muy difícil acceso, solían tener sección circular y alzado troncocónico. Sus muros medían de tres a cuatro metros de grosor y se construían a base de piedra y argamasa de cal y modelados con la ayuda de encofrados.

Al otro lado de la frontera
Más allá de la Frontera Superior se hallaba la tierra de ifranji (los francos), el territorio gobernado por el emperador Carlomagno. Éste, a su vez, había organizado sus propias fronteras en torno a las llamadas Marcas, entre las cuales, al sur, le correspondía la llamada Marca Hispánica. Este territorio de frontera se organizó a través de los condados, al frente de los cuales se hallaban los condes, en muchos casos procedentes de la antigua nobleza visigoda. En el transcurso del tiempo, aquellos se fueron independizando de la tutela imperial para convertirse en señores de sus propias tierras y dar paso a la llamada época feudal.
El feudalismo dio lugar a una nueva organización del territorio, que correspondería a la que se llamó la Catalunya Vella. En ella destaca la importancia del castillo medieval, bajo el cual se sometía una población en un entorno básicamente de carácter rural. Primero fueron las torres de frontera, construidas en madera a la manera carolingia y más tarde en piedra a semejanza de las torres andalusinas. Hasta que en el siglo X ya aparece el castillo propiamente dicho con las funciones de defensa, residencia de los señores feudales, control sobre el territorio y símbolo de poder.
Las torres de frontera tenían forma circular, medían unos 10 metros de diámetro y 20 de altura, con división interna en diferentes plantas separadas habitualmente por techos de madera y entrada a la altura de la primera o segunda planta. En su interior se ubicaba una pequeña estancia principal bajo la cual estaban la cisterna, el almacén y la bodega. En los pisos superiores podía existir una capilla, así como el dormitorio de la pequeña guarnición con salida directa a la terraza.

La desmembración del Califato
La Frontera Superior gozó de gran estabilidad entre los siglos IX y XI, hasta la caída del califato de Córdoba i la aparición de los llamados reinos de taifas, situación que provocó su desplazamiento hacia el sur y la multiplicación de los castillos de frontera. Su modelo consiste en un núcleo central, con una sala que mejora las condiciones de vida y la aparición de estructuras auxiliares, cisterna i capilla castral.
En esta época, la influencia de la arquitectura románica proveniente de la Lombardía se aprecia claramente tanto en la construcción religiosa como en la civil. Los muros del castillo son de mampostería con aparejo irregular i relleno interior, levantados con la ayuda de encofrados. Los recintos deben ser autosuficientes para poder aguantar asedios i incursiones militares musulmanas o aceifas. Para ello aparece el segundo recinto protegido por murallas y bestorres que entronca claramente con el modelo de fortificaciones andalusinas.
Un papel destacado en el avance la línea de frontera lo tuvieron las llamadas órdenes militares, principalmente los Hospitalarios y los Templarios. Su participación en la conquista de las ciudades de Tortosa y Lleida, además de la toma de las fortificaciones de la línea del Ebro fueron altamente recompensadas con las donaciones de tierras y castillos. Su experiencia y conocimiento de las fortalezas de Tierra Santa, así como la naturaleza religiosa de estas órdenes dieron lugar ya entrado en siglo XI y sobre todo en el XII a la construcción de un nuevo tipo de fortificación. En ella destaca la presencia de un patio central rodeada del resto de dependencias castrales, así como de una muralla jalonada por torres perimetrales.
Su disponibilidad económica permitió el desarrollo de nuevos recintos y la transformación de estructuras anteriores, que fueron realizados con excelentes materiales y el uso de las más avanzadas técnicas constructivas. La función conventual de estos recintos recuerda en parte a las antiguas rábitas levantadas durante la dominación andalusina.

La Baja Edad Media es de estilo gótico
Ya entrado el siglo XIII y a principios del XIV debemos hablar en el noroeste peninsular de una etapa en la que la monarquía acabará imponiendo su autoridad sobre la nobleza territorial. Al mismo tiempo crecen las ciudades y el poder municipal. La arquitectura militar de la Corona de Aragón alcanzará en esta época su máxima expresión, sobre todo la que es refiere a la fortificación de las ciudades i villas del país, espoleada así mismo por la guerra con Francia y el reino de Castilla.
Los castillos aumentan sus dimensiones, se generaliza el uso de los dos recintos y mejoran los sistemas de defensa. Las murallas crecen en altura, aparecen las barbacanas, los taludes en la base, la excavación de fosos, las almenas, los matacanes y las troneras. El castillo refleja la realidad económica y social que le rodea y esto se traduce en un modelo de castillo-palacio de estilo gótico.
Sin olvidar su función defensiva, los recintos atienden en mayor medida la comodidad en la vida de los residentes. Crece la superficie de los diferentes espacios habitados y se mejora la construcción de cocinas, hornos, depósitos de grano, bodegas, establos, cisternas, gallineros, etc. Un elemento muy importante es la aparición de las chimeneas, así como la mejora de los elementos para la higiene como las letrinas y baños.

Llega la artillería y aparecen las fortalezas
La entrada del siglo XV será determinante para el futuro de las construcciones que nos han acompañado en este relato pues entramos en una época convulsa con la consolidación de los estados monárquicos y la aparición de nuevas fronteras. Y, sobre todo, con la generalización de las armas de fuego y el uso de la artillería. Todo ello nos conducirá al diseño de un nuevo tipo de fortificación: las fortalezas.
Los viejos castillos han quedado obsoletos y muchos de ellos han sido abandonados. La unificación de los reinos de Aragón y Castilla y la creación del Imperio Hispánico darán lugar a nuevos espacios de conflicto en Europa, el Mediterráneo y América. En este marco, fortificaciones incorporarán nuevas técnicas de la poliorcética. De los antiguos castillos hemos pasado a las fortalezas que marcarán una nueva época.
Como principales rasgos de estas nuevas fortificaciones las veremos hundirse en el terreno con el objetivo de evitar los proyectiles de la artillería. Se redondean las partes altas de las murallas, se incorpora a la piedra el uso de material cerámico, más resistente a los proyectiles y más fácil de reponer. Aparecen fosos profundos y amplios, revellines y baluartes. Se construyen terraplenes y los nuevos recintos adoptarán forma de estrella. Ahora ya sólo las grandes potencias militares de la época podrán afrontar la dimensión de los costes de la guerra.
Bibliografía utilizada en la preparación del artículo:
Jordi Tura Masnou. El esplendor de los castillos medievales catalanes. Museu d’Arqueologia de Catalunya. Agència Catalana del Patrimoni Cultural. Institut Ramon Llull. Barcelona, 20181
Francesc Xavier Hernández. Historia militar de Catalunya. Rafael Dalmau Editor. Barcelona, 2003
Eloi Biosca et altri. Des de la frontera. Castells medievals de la Marca. Edicions de la Universitat de Barcelona. Barcelona, 2001